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lunes, 12 de noviembre de 2012
Meditación: Martes de la semana 32 de tiempo ordinario; ciclo B. 13 de Noviembre, 2012.
Meditación: Martes de la semana 32 de tiempo ordinario; ciclo B. 13 de Noviembre, 2012.
El servicio a Dios no nos lleva al engreimiento, sino a la humildad de sentirnos instrumentos para ayudar a Dios y a los demás,
“En aquel tiempo, dijo el Señor: -«Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: "En seguida, ven y ponte a la mesa"? ¿No le diréis: "Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú"? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer" (Lucas 17,7-10).
1. “-Jesús decía: «Cuando un criado vuestro, labrador o pastor, vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dirá: "Ven enseguida a la mesa?" No, más bien le decís: «Prepárame de cenar, ponte el delantal y sírveme mientras yo como y bebo. Después comerás y beberás tú.» Jesús no justifica esa situación de desnivel social, sino que la constata. A partir del cap. 14, el evangelista nos pone en aviso contra los fariseos y los ricos, especialmente. Los fariseos creen tener derechos sobre Dios, y quizá lo que censuras, Señor, sea eso, más que a los discípulos, que no tienen esa costumbre de tiranizar a los sirvientes que ya han trabajado todo el día.
-“¿Se tendrá que estar agradecido al criado porque ha hecho lo que se le ha mandado?” El relato va hacia el consejo de «hacer todo lo que Dios ha mandado». Hemos de ver esa parábola en el contexto de un Dios «padre» amante y servicial que se desvivirá por sus servidores: «¿Qué hará el dueño de la casa? Yo os lo digo, se pondrá en actitud de servicio, hará que se coloquen a la mesa, y, pasando junto a ellos, los servirá» (Lc 12,37).
Pero aquí se subraya nuestra actitud de humildad; hemos de decir: «Somos servidores inútiles, hemos hecho lo que debíamos hacer.» Jesús, pienso que quieres destruir la arrogancia de los fariseos, que a fuerza de buenas obras, pensaban que adquirían unos derechos sobre Dios, por sus propios méritos. Otras veces nos decías: no os gloriéis de vuestras obras ante Dios... y ahora lo dices de otro modo. Santa Teresa de Lisieux había comprendido muy bien esa lección capital cuando decía que se presentaría ante Dios con «las manos vacías». Señor, quiero hacer las cosas gratuitamente, por ti, por amor: sin esperar recompensa. Concédenos, Señor, estar a tu servicio desinteresadamente (Noel Quesson).
Dice un dicho popular: "Nadie es necesario, pero todos podemos ser útiles". A veces pensamos que somos imprescindibles, que nuestra aportación es irremplazable. Pero en realidad, indispensable solo es el Señor. Y también podemos verlo al revés: si tenemos a Jesús, lo tenemos todo; mientras él no falte, todo va bien. Los ministerios, en la Iglesia, no son para crecimiento personal, sino para el crecimiento de la comunidad.
Jesús, veo que lo que esperas de nosotros es que estemos siempre dispuestos, como el Buen Pastor, a cuidar de los tuyos, que son nuestros también. No podemos sentarnos a la mesa mientras no lo sirvamos en los hambrientos, sedientos, desnudos, enfermos y encarcelados.
Decía uno: “Siempre llamó mi atención aquella gente con un corazón sencillo, aquellos que hacen de lo complejo, de lo sofisticado, algo cotidiano, entendible por todos. Gente que quizás habla de cosas importantes, pero tiene en su forma de expresarse una capacidad de llegar al fondo de su mensaje de inmediato. Sea cual fuere el tema del que esas personas hablan, llegan al corazón, el alma se siente atraída. Gente muy sencilla, que quizás sólo nos sirve o ayuda en determinado punto de nuestras vidas. Rostros sonrientes, dispuestos a ayudarnos, adaptarse y comprender.
¡Dan ganas de sentarse a hablar con esa gente, a saber de su vida! Ellos no buscan complejidades, no desconfían más de la cuenta, hablan de modo abierto y claro, tienden a creer y a confiar, ven en la gente lo bueno. La simpleza de corazón se opone a esa otra postura, la de buscar siempre los motivos para no creer, la de dudar de todo, la de complicar las cosas, la de plantear siempre obstáculos y objeciones, la de esperar que finalmente algo nos de la excusa para descalificar.
Esta actitud frente a la vida, la de hacer lo complejo algo sencillo, la de creer, confiar, de poner una sonrisa y un deseo de hacerse entender y querer por el prójimo, es una parte importante del amor. Porque el amor es simple y Dios es simple, El hace las cosas de Su Reino sencillas para nosotros. Pero también pone un velo entre Sus misterios y nuestro entendimiento. Es por este motivo que es tan importante no querer ver o saber más allá de lo que Dios quiera que veamos. ¡Sólo creer en El!
Esta actitud, la de creer, proviene de un corazón sencillo. Creer, con un alma abierta a las cosas del Reino, más allá de que la mente, nuestro intelecto, no alcance a comprender lo que percibe. Es muy difícil tener fe en Dios si queremos procesar todo a través de nuestra razón”. Nuestro orgullo lo complica todo, queremos controlarlo todo. “Y que difícil es la prueba cuando Dios da la gracia de tener una mente desarrollada, una educación elevada. El propio don que Dios da se puede transformar en el motor de nuestra soberbia: vaya, si somos gente inteligente, ¿como podemos creer en estos tiempos en estas cosas, inexplicables para la ciencia del hombre? Cuanta soberbia se esconde en esta pregunta, pero cuan a menudo se la escucha, o se la piensa. El mundo moderno ha desarrollado tal soberbia, que ha dejado poco espacio para las cosas del Señor, que son por supuesto inexplicables, porque pertenecen a un nivel de pensamiento, el Pensamiento Divino, al que el hombre jamás podrá llegar”.
Cuando alguien ha de ejercer su autoridad, muchas veces se cubre de apariencia, por ejemplo un profesor intentará disimular lo que no sabe, para explicar las cosas dando la impresión de que controla toda su especialidad, porque necesita dar esa imagen de persona que sabe más de lo que sabe. En cambio, el sencillo es el que no quiere dar más imagen que mostrarse como es, sin aparentar, y qué mezcla más fascinante, cuando un sabio es sencillo y puede responder cuando algo no lo sabe con un sencillo “no lo sé”. Se llega así a superar una prueba importante, la de la apariencia, así los pastores nos enseñan el camino a Belén: “Sólo aceptar, orar, adorar al Señor, y disfrutar de los pequeños detalles que él nos permite ver, de Su maravilloso Reino.
Se me ocurre que una buena petición es: "Señor mío y Dios mío, quítame todo lo que me aleja de Ti. Señor mío y Dios mío, dame todo lo que me acerca a Ti. Señor mío y Dios mío, despójame de mí mismo para darme todo a Ti" (S. Nicolás de Flüe). Te pido, Señor, lo que necesite para ser buen instrumentos tuyo: "De que tú y yo nos portemos como Dios quiere —no lo olvides— dependen muchas cosas grandes" (J. Escrivá, Camino755).
Para ser buen instrumento he de ver como don divino las cualidades que tengo, y usar esos talentos. También se necesita humildad, una perfecta subordinación a la voluntad divina, y una unión con el artista, como el barro en manos del alfarero, como el pincel en manos del pintor, y para esto necesito vida interior y obediencia (más que decir o pensar, hacer las cosas). “Las obras de Dios son perfectas” (Dt 32,4), y cuando Dios nos da unos dones, también nos da los medios para usarlos dignamente” (s. Tomás de Aquino). Es lo que se dice en la ordenación en palabras de S. Pablo: el que ha comenzado la buena obra en ti la llevará a término.
Dame, Señor, la rectitud de intención y humildad en todas mis obras. “Soli Deo honor et gloria”, “sólo para Dios el honor y la gloria” (1 Tim 1,17). Esa humildad de instrumentos arraigará en mi corazón, si procuro la unión con la Voluntad de Dios en lo cotidiano. El modelo es la Virgen: “Illum oportet crescere, me autem minui” (conviene que Él crezca, y yo disminuya: Jn 3,30).
2. Ahora Pablo va dirigiéndose a diversas personas: -“Vosotros los hombres de edad... Vosotras las mujeres de edad... Vosotros los jóvenes...” Cada uno recibe el evangelio según su estado, su situación y su edad. No hay que copiarse los unos a los otros. Cada uno tiene un papel diferente según sus posibilidades. Según mi situación, ¿qué papel debo cumplir yo?
-“Sobriedad... Dignidad... Ponderación... Fortaleza en la fe... Caridad... Perseverancia... Gente de buen consejo... Sensatez... Buenas amas de casa...” Va dando el Apóstol consejos muy «humanos»: virtudes naturales, como¡la «ponderación»! Se ve que les convenía a los de Creta. Y a nosotros.
-“Muéstrate dechado de buenas obras y conducta intachable... Para que el adversario se avergüence no teniendo nada malo que decir de nosotros”. Es lo primero que nos exigen los no creyentes. Que los cristianos den prueba de lo que «dicen», en primer lugar ¡viviendo los valores esenciales de la simple humanidad! ¡Perdón, Señor, por dar tan a menudo, una mala imagen de Ti!
-“Porque la gracia salvadora de Dios se ha manifestado a todos los hombres. Por ella aprendemos a rechazar el pecado y las pasiones”. El humanismo de Pablo no se basa solo en no embriagarse, amar a su mujer o a su marido, llevar bien el cuidado de la casa, tener buena conducta... Todo esto es obra de Dios, fundamentado en la gracia, el don gratuito de Dios que está siempre ahí. En el fondo, Dios quiere, en primer lugar ¡que seamos hombres cabales! Y, para ello, nos da su gracia.
-“Para vivir en el mundo presente con sensatez, justicia, piedad...” ¡Qué modestia en todo esto! ¿Soy «sensato»? ¿Soy «justo»? ¿Soy «piadoso»? Pienso en lo que esto puede significar para mí, como comportamientos concretos.
-“Aguardando la dicha que esperamos y la Manifestación de la gloria de Jesucristo, nuestro gran Dios y Salvador”. ¡He ahí el «sentido»! Es el carácter específico del cristiano: hombre como todos los demás, invitado a vivir los mismos valores que sus contemporáneos, «sabe a donde va», está orientado, su conducta tiene un Sentido, un objetivo final. Y, para Pablo, ese objetivo del hombre, que justifica y polariza todos sus esfuerzos, es el encuentro de Jesucristo.
-“Porque se entregó por nosotros para rescatarnos de todas nuestras faltas, y purificarnos para hacer de nosotros un pueblo elegido, entregado a hacer el bien”. Toda la «bondad» del mundo dimana de su sacrificio.
Todo el «bien» que se hace en el mundo proviene del don de sí mismo que nos ha sido hecho. ¡Señor Jesús, purifícanos! ¡Señor Jesús, haz que seamos «entregados» en la práctica del bien! Dame, Señor, mucho entusiasmo, mucho ardor: haz de mí un apasionado de Ti (Noel Quesson).
3. De nuevo el salmo insiste en las cualidades básicas, en esas virtudes humanas: "haz el bien, practica la lealtad, sea el Señor tu delicia, apártate del mal y haz el bien". Acudimos a la Santísima Virgen, para que demos ejemplo, de personas de corazón, gente de bien.
Llucià Pou Sabaté
Fuente: www.almudi.org
jueves, 8 de noviembre de 2012
Meditación: Sábado de la semana 31 de tiempo ordinario; ciclo B. 10 de Noviembre, 2012.
Meditación: Sábado de la semana 31 de tiempo ordinario; ciclo B. 10 de Noviembre, 2012.
San Pablo nos recuerda el modo de vivir el desprendimiento que Jesús nos indica para vivir felices
“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: -«Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas. El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.» Oyeron esto los fariseos, amigos del dinero, y se burlaban de él. Jesús les dijo: -«Vosotros presumís de observantes delante de la gente, pero Dios os conoce por dentro. La arrogancia con los hombres Dios la detesta»” (Lucas 16,9-15).
1. Continúa el Evangelio con la parábola de ayer, la del administrador injusto. Jesús, nos enseñas cómo actuar con el dinero: -“Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas”. Son palabras enigmáticas. Por un lado, Señor, me parece que nos indicas que el dinero y todos los demás bienes de este mundo son buenos, si se usan bien. Necesitamos comer y vestirnos, apoyos materiales. Estas cosas pueden también estorbar. No entiendo este "ganarse amigos" con el dinero. Supongo que te refieres, Señor, a compartirlo con los demás. Hay gente tan pobre que solo posee dinero, y vive para eso. La ambición, la codicia y la avaricia no ayudan a la persona, lo degradan y le ponen triste. Como aquel que era rico de sí mismo, se fue triste y no pudo ver la entrega al Reino de Dios, que acogen los que no están llenos de sí.
-“El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?” Aquí nos haces ver que si el dinero sirve de algo es porque lo administramos bien, según el amor. La misma tierra y todo lo que posee está en nuestras manos para poder hacer el bien, poder desarrollar la creación como amor de Dios.
“Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.» ¡Qué pena, ser esclavo del dinero! En otros momentos nos dijiste que los pobres no pueden entender lo del cielo, como un camello no puede pasar por el agujero de la aguja. Por tanto, en sí el dinero no es un bien, sino un medio para poder hacer el bien, no cuenta el “tener” sino el “ser”.
Los dos señores en pugna son el amor a Dios y al dinero. Y la decisión en favor de uno nos coloca automáticamente en el bando adverso al otro. El dinero puede brindar consideración y respetabilidad en las sociedades humanas del presente, pero esa consideración es engaño y abominación ante los ojos de Dios.
Con el amor de Dios, el dinero puede "servir" y llegar así a ser un símbolo del amor. Lo de ganar amigos con el dinero injusto era lo que hizo el de la parábola del "administrador astuto". El dinero es algo "no importante", "un bien ajeno", a veces para algunos un "bien mal adquirido", pero "con el cual se puede servir" (Noel Quesson).
“Oyeron esto los fariseos, amigos del dinero, y se burlaban de él”. No le gustó eso a los fariseos, y también se burlarán de nosotros, si no aceptamos la pillería de quedarnos con el dinero de otros, si nos negamos a negocios sucios y trampas que otros hacen, Jesús les dijo: -«Vosotros presumís de observantes delante de la gente, pero Dios os conoce por dentro. La arrogancia con los hombres Dios la detesta»”
Jesús, te pido ser sencillo, no cerrado como esos “observantes” que se creen perfectos. Todo lo que tengo, Jesús, te lo debo a Ti: familia, inteligencia, riquezas. Tú me has dado más o menos talentos para que los haga rendir. Si vivo con la certeza de que todo lo que tengo es prestado y procuro utilizar mis talentos para darte gloria, entonces Tú podrás premiarme con la filiación divina, con la vida eterna.
Jesús, me recuerdas que no puedo servir a Dios y al dinero. El corazón acaba escogiendo: o amo a Dios sobre todas las cosas o acabaré amando a todas las cosas sobre Dios con una comezón de querer más que no acaba nunca. Si hago las cosas por Dios, usaré las cosas como medios, no como fines; y ese desprendimiento hace que saboree las cosas con libertad.
“La abundancia de riquezas no sólo no sacia la ambición del rico, sino que la aumenta, como sucede con el fuego que se fomenta más cuando encuentra mayores elementos que devorar. Por otra parte, los males que parecen propios de la pobreza son comunes a las riquezas, mientras que los de las riquezas son propios exclusivamente de ellas” (San Juan Crisóstomo).
Vivimos en una sociedad de querer tener cosas, a veces superfluas, inútiles. Le llamamos “sociedad de consumo”. Esto tiene sus inconvenientes, como la avidez desmesurada, acumulación desmedida, compulsiva y egoísta. En cambio, la generosidad de socorrer a los necesitados nos hace felices, a imagen de Cristo que se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza. Se da totalmente en la Eucaristía, donde vemos que lo más frágil de la tierra, el don desinteresado, de quedarnos sin lo nuestro porque lo damos, entonces somos ricos, y esa cosa tan frágil que es el amor en realidad es la fuerza más grande del mundo. Señor, al pedirte el pan de cada día, te pido lo que necesitemos los demás y yo, y sobre todo te pido ese amor.
2. Pablo nos cuenta que recibe en la cárcel un “paquete” con ayuda: –“Hermanos, me alegré mucho en el Señor de que pudierais expresar de nuevo vuestro interés por mí”. Es tan bonito ayudar al necesitado; y es tan bonito el agradecimiento…
-“No lo digo movido por la necesidad, pues he aprendido a contentarme con lo que tengo. Sé andar escaso y sobrado... Estar saciado y pasar hambre... Vivir en la abundancia y falto de todo...” Sabe vivir en pobreza y en la abundancia, es libre porque ama, y ese amor a Cristo le hace feliz en cualquier situación. “Sólo Dios basta”, decía santo Tomás de Aquino siguiendo esa idea. ¡He ahí un verdadero secreto de felicidad! Ah, si llegáramos también nosotros a tomar la vida tal como se presenta... a saber apreciar las cosas buenas cuando las tenemos -sin exceso para no apegarnos a ellas-; pero también a saber aceptar las privaciones, ¡cuando todo «falta»! De otra parte, esto es fácil de decir pero no deja de ser un ideal. San Pablo, hombre libre, ruega por nosotros.
-“Todo lo puedo en «aquél que me conforta»”. Nos da el Señor su fortaleza, y eso no se refiere a que lo hagamos todo bien, pues también nos dijo san Pablo: «no hago el bien que quisiera» (Romanos,7-19); pero al mismo tiempo, precisamente con la humildad de no llegar a mucho con nuestras fuerzas, podemos decir con san Pablo que con Dios lo podemos todo…
-“Nado en la abundancia después de haber recibido lo que me habéis enviado, como suave aroma, «sacrificio» que Dios acepta con agrado. Y mi Dios proveerá con magnificencia a todas vuestras necesidades conforme a su riqueza en Cristo Jesús”. Es el final de la carta a los Filipenses. Aquí vemos que la caridad, ayudar a los demás, es una ofrenda a Dios: «incienso perfumado, un sacrificio aceptable que agrada a Dios».
3. Cuando estamos enfermos o necesitados, ¡cómo se nota una visita amiga! La alabanza del salmo nos anima a descubrir y atender las necesidades de los demás: "dichoso el que se apiada y presta... reparte limosna a los pobres, su caridad es constante, sin falta". Dios no se dejará ganar en generosidad, como nos ha recordado el Apóstol: "Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús".
Que sepamos "arreglarnos" con poco y con mucho, "en pobreza y abundancia, en hartura y en hambre". Sin codicia ni avaricia ni afán de poseer, conformándonos con lo que nos va deparando la vida. ¿No es ése el secreto de la verdadera felicidad y de la credibilidad ante los demás? Ni riquezas, ni miseria. No servir a dos señores. Considerar a Cristo como el valor fundamental, y todo lo demás, como nos decía ayer Pablo, pérdida y basura (J. Aldazábal). Hoy podemos sacar el propósito, con ayuda de la Virgen, de no valorar en mucho las cosas materiales, una cierta indiferencia para administrar lo que tengamos en bien de los demás, por amor.
Llucià Pou Sabaté
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Fuente: www.almudi.org
miércoles, 7 de noviembre de 2012
Lectio: Viernes XXX Semana Tiempo Ordinario. Ciclo B. 9 de Noviembre, 2012
Meditación: Viernes de la semana XXXI de tiempo ordinario; ciclo B. 9 de Noviembre, 2012.
Con la misma dedicación que la astucia de los hijos de la luz, pero por amor, hemos de trabajar como buenos administradores de los dones que Dios nos concede
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: "¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido." El administrador se puso a echar sus cálculos: "¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa." Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: "¿Cuánto debes a mi amo?" Éste respondió: "Cien barriles de aceite." El le dijo: "Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta." Luego dijo a otro: "Y tú, ¿cuánto debes?" Él contestó: "Cien fanegas de trigo." Le dijo: "Aquí está tu recibo, escribe ochenta." Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que habla procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz» (Lucas 16,1-8).
1. Una vez más, Lucas es el único que relata la parábola:
-“Un hombre rico tenía un administrador... que fue denunciado por malbaratar su hacienda." Y el amo le dice: “¿Qué oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración". No somos "propietarios" sino "administradores". Todo lo que poseo: mis bienes, mis cualidades, mis riquezas intelectuales y morales, mis facultades afectivas, los aspectos de mi carácter... De todo ello, se me pedirá cuenta. No soy más que el gerente de todo esto que me ha sido "confiado" por Dios, y que continúa perteneciendo a Dios. No tengo derecho a "malbaratar" los dones de Dios. Tendré que dar cuenta de las riquezas que no hubiere acrecentado.
-“El administrador pensó: Qué voy a hacer ahora... para que cuando me echen de la administración, haya quien me reciba”... Se trata de asegurar el futuro. ¿Tengo yo también esa preocupación... que evidentemente hay que referirla al "futuro escatológico"? Jesús, a menudo ha repetido la idea de que nuestra vida aquí abajo y nuestras decisiones actuales, comprometen nuestro "futuro eterno". El gerente aprovecha el tiempo que le queda, para preparar su porvenir.
-“El amo alabó al administrador injusto”: no entendemos exactamente el por qué, pero sí el mensaje de Jesús: que con buen humor, no tengamos apego a las cosas de la tierra, más o menos riquezas, sino que pensemos en aprovechar los dones que nos concede. La idea no es tanto ver las trampas en la economía, que las había y hay, sino que seamos tan espabilados para nuestras cosas como ese gerente lo fue para las suyas.
Quizá se refiere también a la sagacidad del administrador en que hace actuales unas deudas que podían caducar, con el año sabático (cada 7 años, en teoría había un perdón, y el gran perdón cada 50). Al renovar los recibos, quizá también había una nueva deuda viva, que podía llevarse ante el juez, de manera que el amo salía ganando porque era dinero más seguro aunque en menor cantidad que el otro que –en mayor cantidad- ya era menos probable que cobrara, a la vez que el administrador se conseguía un amigo para después del despido por rebajar el precio de la deuda… Pero la idea de fondo que nos dices, Señor, es "atesorar riquezas en el cielo" (Mt 6,20): seguir a Cristo con más libertad e imitarlo más de cerca. La santidad es un don de su Espíritu (1 Tes 4,8). De aquí sacó Teresa de Lisieux su técnica de preferir y recomendar las virtudes pequeñas más que las "grandes" en las cuales fácilmente se infiltra, o la falaz presunción, como dice el Kempis, que luego falla como la de Pedro (Jn 13,37 ss), o la satisfacción venosa del amor propio, como en el fariseo que Jesús nos presenta (18,9ss), cuya soberbia, notémoslo bien, no consistía en cosas temporales, riquezas o mando, sino en el orden espiritual, en pretender que poseía virtudes (Servicio bíblico latinoamericano).
-“Porque los "Hijos de este mundo" son más astutos para sus cosas que los "Hijos de la luz"”. Quiere decir que hemos de estar despiertos, para las tareas del Evangelio.¡Desoladora constatación! En los asuntos económicos y financieros, los hombres despliegan maravillas de ingenio y de inteligencia para asegurar el mejor rendimiento, la eficacia. El hombre moderno, sobre todo es muy sensible a ese aspecto. ¡Y Jesús no parece reprochárselo! Jesús reprocha más bien a los cristianos el hecho de no tener el mismo ingenio ni la misma inteligencia para "sus asuntos espirituales". El Reino de Dios, en algunos aspectos, no está condenado a la ineficacia ni a la incomprensibilidad. ¿Pongo yo todas mis cualidades humanas, todo mi ingenio, al servicio del Reino? "Hijos de la luz" (Noel Quesson).
“Hijos de Dios. —Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras.
”—El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna” (J. Escrivá).
2. –“Hermanos, sed imitadores míos y fijaos en los que viven según el modelo que tenéis en nosotros”, nos dice san Pablo hoy. Esta es también una fórmula que hoy nos choca. Sin embargo es pronunciada sin orgullo. Toma de nuevo una fórmula de Jesús: «se coloca la lámpara sobre el lampadario... a fin que los hombres vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos...» Dar ejemplo. Tratar de ser un modelo para los demás. Irradiar. No vivir para sí. Atraer.
-“Porque os lo dije a menudo y ahora lo repito llorando: muchos viven como «enemigos de la cruz de Cristo». Van a la perdición. Su Dios es el vientre...” El objetivo de su vida es terreno. La condena, aquí también, es vigorosa. «Su Dios es el vientre.» Cuán frecuente hoy, como en tiempo de san Pablo, nos dejamos acaparar por las «cosas de la tierra», por todo lo que nos impide ver más lejos y más alto: entonces, estamos faltos ya de horizonte... nuestro objetivo es terreno... nuestra existencia corre el riesgo de concentrarse en Si misma.
El «vientre» es una imagen que representa todo lo que, siendo perecedero, ocupa demasiado lugar en la vida, todo lo que «achata la existencia» reduciéndola a un horizonte demasiado restringido, desprovisto de más elevadas aspiraciones. Se trata tanto de comidas demasiado copiosas y refinadas, como de placeres sexuales no controlados... pero se trata también de nuestros egoísmos perezosos, y de esa búsqueda del confort tranquilo y comodón que nos hace olvidar a los demás...
Antes de aplicar estos textos a los otros miro hasta qué punto estoy yo apegado a ellos. ¿Cuál es mi objetivo?
-“Pero nosotros somos «ciudadanos del cielo»; y es a este título que esperamos como salvador al Señor Jesús...” Oponiéndose a esas perspectivas demasiado pequeñas porque se reducen a la tierra, Pablo propone «esperar la Venida del Señor». Jesús es «el que viene». Nuestra vida es una larga marcha. Nuestro fin es grandioso, es infinito. Nuestro fin es Dios... No hay que detenerse antes: por lo tanto decimos que nuestro horizonte es inmenso... ¡somos ciudadanos «del cielo»! Nuestra patria está en el cielo. Aquí abajo estamos «de paso». Nuestra vida, ya empezada, se acaba allá arriba. ¿Me es familiar esta perspectiva?
-“Esperamos al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene sobre todas las cosas”. ¡Para esto hemos sido hechos! No, no hay en estas palabras ningún «desprecio» del cuerpo ni «del mundo». Por el contrario, es una visión más completa del cuerpo y del «mundo»: las enfermedades y limitaciones de nuestra «pobre» carne -que constatamos más cuando nos vamos acercando a la muerte, pero que existen desde la juventud- son sólo temporales. De hecho, nuestros cuerpos están destinados a la resurrección, «¡a imagen de su Cuerpo glorioso!».
Gracias, Señor, gracias. Amo absoluto de la materia, Jesús tiene «poder» de dominarlo todo y de comunicarnos su vida. ¿Tengo, de veras, esta esperanza? Y además ¿empiezo ya a orientar según ella mi existencia, mi manera de apreciarlo todo?
-“Así, hermanos míos queridos, que sois mi gozo, manteneos firmes en el Señor”. Ninguna tristeza. Puesto que el Señor hace al hombre más hombre, puesto que vamos hacia aquello que nos ha prometido y donde él está ya, ¿por qué estaríamos tristes? Tenemos que anunciar y vivir una gozosa noticia: ¡Cristo viene a instaurar en el hombre una fiesta eterna!
3. Por eso cantamos con el salmo: “¡Qué alegría cuando me dijeron: / "Vamos a la casa del Señor"! / Ya están pisando nuestros pies / tus umbrales, Jerusalén.
Allá suben las tribus, / las tribus del Señor, / según la costumbre de Israel, / a celebrar el nombre del Señor; / en ella están los tribunales de justicia, / en el palacio de David”.
Llucià Pou Sabaté
Fuente: www.almudi.org
Meditación: Jueves de la semana 31 de tiempo ordinario; ciclo B. 8 de Noviembre, 2012.
Meditación: Jueves de la semana 31 de tiempo ordinario; ciclo B. 8 de Noviembre, 2012.
El amor de Jesús nos hace felices, en la esperanza del cielo, y por ese tesoro podemos renunciar a toda cosa humana
“En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: -«Ése acoge a los pecadores y come con ellos.» Jesús les dijo esta parábola: -«Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: "¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido." Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: "¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido." Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta» (Lucas 15,1-10).
1. El capítulo 15 de san Lucas ha sido llamado "el corazón del evangelio". Ha sido llamado “el evangelio de la misericordia” por Juan Pablo II: hoy leemos la de la oveja descarriada y la de la moneda perdida. La del hijo pródigo, la más famosa, la leemos en Cuaresma.
Los fariseos y los letrados murmuraban de él porque acogía a los publicanos y pecadores y comía con ellos. La lección, por tanto, va para estas personas que no tienen misericordia, que solían acercarse en masa para escuchar a Jesús pero lo criticaban diciendo: "Este hombre acepta a los pecadores y come con ellos". Nos dejaron sin querer una de las definiciones de Jesús: "aquel que acepta bien a los pecadores". He ahí una revelación sorprendente de Dios. Jesús les dice:
-“Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una ¿no deja las noventa y nueve en el campo para ir en busca”... La aritmética de Dios no es la nuestra. El número, la cantidad nos impresionan siempre. Para Dios "uno" iguala a "noventa y nueve". Cada hombre tiene un valor inestimable. Misterio del respeto que Dios tiene para cada uno de nosotros. ¡Tú nos amas, Señor, con un amor "personal", "individualizado"! Pienso por contraste mi poco interés en recordar los nombres de este niño, de la persona que me atendió en tal ocasión… y cada uno de ellos, es amado por Dios. El Buen Pastor es Cristo: “puso la oveja sobre sus hombros, porque, al asumir la naturaleza humana, Él mismo cargó con nuestros pecados” (San Gregorio Magno).
La parábola es una explicación de la conducta de Jesús, y nos explica que frente a Él, quien le juzga acaba por ser juzgado en aquello mismo que juzga. La estructura de esta parábola, como la de la dracma perdida, son similares: expresan la alegría por haber encontrado lo perdido y Jesús añade que así es la alegría en el cielo por el arrepentimiento de un pecador de manera que el oyente entiende que la actitud del pastor o de la mujer, su alegría, representan a Dios que no se queda cruzado de brazos ante nuestras debilidades, sale a buscar lo perdido, y con un celo hace lo necesario para encontrarnos, pero sobre todo se alegra cuando le buscamos a él: “mas esta fuerza tiene el amor, si es perfecto, que olvidamos nuestro contento por contentar a quien amamos. Y verdaderamente es así que, aunque sean grandísimos trabajos, entendiendo contentamos a Dios, se nos hacen dulces” (Santa Teresa de Jesús; cf Biblia de Navarra).
-...“Para ir en busca de "la descarriada", hasta que la encuentra” Me la imagino. Es precisamente aquella que se ha escapado, o que se ha perdido, Es aquella la que embarga todo el pensamiento del pastor. Sólo ella cuenta, por el momento. ¡Es así nuestro Dios! Un Dios que sigue pensando en los que le han abandonado, un Dios que ama a los que no le aman, un Dios que anda en busca de sus "hijos dispersos" ¡La oveja que causa preocupación a Dios! ¿Soy quizá yo?
-“Cuando la encuentra, se la carga en los hombros, muy contento...” Un hombre, un pastor feliz, sonriente, exultante, muy contento. ¡Así se nos presenta Dios!
-“Y de regreso a su casa, reúne a sus amigos y a sus vecinos para decirles: "alegraos conmigo, porque he encontrado mi oveja, la que había perdido"”. Alegraos conmigo, dice Dios. Dios es un ser que se alegra, y de su alegría, hace partícipes a los demás. La "alegría de Dios" es encontrar de nuevo a los hijos que estaban perdidos.
-“Os digo: "Lo mismo pasa en el cielo, da más alegría un pecador que se enmienda, que noventa y nueve justos que no necesitan enmendarse, convertirse"”. En el cielo hay alegría ¿Quién quiere alegrarse conmigo, dice Dios? ¡Un solo pecador que se convierte! ¿Lo he oído bien? ¡Un solo pecador que se convierte! ¡Uno solo! pasa a tener una importancia desmesurada a los ojos de Dios. Parece que sólo "él" es el que cuenta. Y tú, ¡no te contentas con esperar que ella vuelva! Tú saliste a buscarla. ¿Y yo? ¿Tengo ese mismo afán por la salvación de los hombres? ¿Tengo, como Dios, un corazón misionero? ¿enviado para salvar lo que se ha perdido?
-“Y, si una mujer tiene diez monedas de plata y se le pierde una, ¿no enciende un candil, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla?” Lucas es el único que nos cuenta esa parábola "femenina", que nos repite lo mismo; con otra imagen. "Alumbrar"... "barrer"... "buscar con cuidado..." Yo, pecador, como todos los pecadores, soy objeto de ese amor (Noel Quesson).
La Virgen María, en su Magníficat, cantaba a Dios porque "acogió a Israel su siervo acordándose de su misericordia". Si al pueblo elegido de Israel le tuvo que perdonar, también a nosotros, que no somos mucho mejores. Pero la lección se orienta a nuestra actitud con los demás, cuando fallan. Sería una pena que estuviéramos retratados en los fariseos que murmuran por el perdón que Dios da a los pecadores, o en la figura del hermano mayor del hijo pródigo que no quería participar en la fiesta que el padre organizó por la vuelta del hermano pequeño. ¿Tenemos corazón mezquino o corazón de buen pastor?
Si somos tolerantes y sabemos perdonar con elegancia, entonces sí nos podemos llamar discípulos de Jesús. La imagen de Jesús como Buen Pastor que carga sobre sus hombros a la oveja descarriada (la famosa estatua del siglo III que se conserva en el Museo de Letrán en Roma), debería ser una de nuestras preferidas: nos enseña a ser buenos pastores y a no comportarnos como los fariseos puritanos que se creen justos, sino como seguidores de Jesús, que no vino a condenar sino a perdonar y a salvar (J. Aldazábal).
Quizá la nota dominante en las parábolas de la misericordia es la alegría que reina en el ambiente. Gracia en griego se dice "járis" y va unida con la alegría, que se dice "jára". No importa si nos sentimos pecadores, pues Jesús dice: “No he venido para los sanos, sino para los enfermos” (Mc 2,17). Malo sería que nos sintamos sanos que no lo necesitan. Sentado entre estos hombres que parecen muy alejados de Dios, Jesús se nos muestra entrañablemente humano. No se aparta de ellos, sino que busca su trato. La oración de hoy nos debe llevar a aumentar nuestra confianza en Jesús cuanto mayores sean nuestras necesidades; especialmente si en alguna ocasión sentimos con más fuerza la propia flaqueza. Y pediremos con más confianza por aquellos que están alejados del Señor. La vida de Jesús estuvo totalmente entregada a sus hermanos los hombres (Gal 2,20), con un amor tan grande que llegará dar la vida por todos (Jn 13,1). Cuanto más necesitados nos encontramos, más atenciones tiene con nosotros. Esta misericordia supera cualquier cálculo y medida humana. El Buen Pastor no da por definitivamente perdida a ninguna de sus ovejas. Con esta parábola, el Señor expresa su inmensa alegría ante la conversión de un pecador; un gozo divino que está por encima de toda lógica humana. Es la alegría de Dios cuando recomenzamos en nuestro camino, quizá después de pequeños o grandes fracasos. Existe también una alegría muy particular cuando hemos acercado a un amigo o a un pariente al sacramento del perdón, donde Jesucristo le esperaba con los brazos abiertos. Jesucristo sale muchas veces a buscarnos. Jesús se acerca al pecador con respeto, con delicadeza. Sus palabras son siempre expresión de su amor por cada alma. Los cuidados y atenciones de la misericordia divina sobre el pecador arrepentido son abrumadores. Nos perdona y olvida para siempre nuestros pecados. Lo que era muerte se convierte en fuente de vida. Nos muestra el Señor el valor que para Él tiene una sola alma y los esfuerzos que hace para que no se pierda. Este interés es el que debemos tener para que los demás no se extravíen y, si están lejos de Dios, para que vuelvan. Pidámoselo a Nuestra Madre (F. Fernández Carvajal).
2. Sigue San Pablo: “-Recibí la circuncisión... Soy de la raza de Israel... Hebreo, hijo de hebreo. Fariseo... Había llegado a ser irreprochable... ¡Tendría razones para poner mi confianza en esas cualidades humanas!” Quizá formamos parte de una clase social alta, o tenemos posición o talento, o estamos avanzados o comprometidos... y podemos pensar que somos más que los que no son «como nosotros»...
-“Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida, a causa de Cristo”: se dice en griego que «en ellas no veo ya más que "basura", "cosas de desecho", "inmundicias"». Y el término latino en la traducción de san Jerónimo, es «stercora», ¡que significa «estercolero»!
-“Considero todo esto como una «pérdida» ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor...” El «encuentro personal» con Cristo es lo importante. Todo lo restante es irrisorio. Para Pablo, los valores de este mundo son inútiles en orden a la salvación esencial: e incluso llegan a ser obstáculos, de los que hay que desprenderse para «ganar a Cristo». En el mundo moderno, aceptamos mal, en general, esas condenas radicales de san Pablo. Sin embargo hay que escucharlas. De otra parte, en la pluma de san Pablo, lo primero no es el desprecio del mundo, es la «elección positiva» que justifica los rechazos: «¡escogí perderlo todo... para conocer a Jesucristo!» ¡Señor, abre mi ser a tu influencia! ¡Señor Jesucristo, haz que te conozca!
«Conocer» a Jesús: llegar a ser suyo, no hacer sino uno, preferir revivir sus misterios, compartir su suerte. ¡Danos, Señor, esa pasión amorosa de Ti, que arde en el corazón de san Pablo (Noel Quesson).
3. Una madre de familia o un sacerdote pueden renunciar cierta gloria mundana, y bastarles plenamente ese "tesoro" por el que vale la pena dejar todo lo demás, con la alegría del salmista: "que se alegren los que buscan al Señor, buscad continuamente su rostro".
Llucià Pou Sabaté
Fuente: www.almudi.org
martes, 6 de noviembre de 2012
Meditación: Miércoles de la semana 31 de tiempo ordinario; ciclo B. 7 de noviembre, 2012.
Meditación: Miércoles de la semana 31 de tiempo ordinario; ciclo B. 7 de noviembre, 2012.
El amor a la pobreza y renuncia va unido a la esperanza de la vida plena en Jesús, la vida eterna
“En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: -«Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mi no puede ser discípulo mio. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: "Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar. ¿0 qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío»” (Lucas 14,25-33).
1. Un gran gentío acompañaba a Jesús por el camino; él se volvió y les dijo: "Si uno quiere ser de los míos y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas y hasta a su propia vida, no puede ser discípulo mío". Jesús, no va a ser fácil seguirte. Parece que por eso algunos no aceptan tu invitación al banquete de su Reino, la exigencia no gusta, ya no se trata sólo de sentarse a tu mesa, sino "posponer al padre y a la madre, a la familia, e incluso a sí mismo"… Quiero entenderte, Señor, pues tú quieres que amemos a los nuestros. El amor filial, el amor conyugal, el amor fraterno son "sagrados". Ayúdame a entender que el amor de Dios, que sostiene y anima todos los demás amores, debe ser mayor todavía.
«Si alguno de los que me siguen no aborrece a su padre y madre, y a la mujer y a los hijos, y a los hermanos y hermanas, y aun a su vida misma, no puede ser mi discípulo». Son términos duros. Ciertamente, ni el odiar ni el aborrecer castellanos expresan bien el pensamiento original de Jesús. De todas maneras, fuertes fueron las palabras del Señor, ya que tampoco se reducen al amar menos, como a veces se interpreta templadamente, para suavizar la frase. Es tremenda esa expresión tan tajante no porque implique una actitud negativa o despiadada, ya que el Jesús que habla ahora es el mismo que ordena amar a los demás como a la propia alma, y que entrega su vida por los hombres: esta locución indica, sencillamente, que ante Dios no caben medias tintas. Se podría traducir las palabras de Cristo por amar más, amar mejor; más bien, por no amar con un amor egoísta ni tampoco con un amor a corto alcance: debemos amar con el Amor de Dios» (J. Escrivá, Es Cristo que pasa 97).
Jesús, ¿cómo amaste Tú a tu familia en la tierra: a María y a José? El Evangelio nos lo resume con una breve frase: «Y bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto» (Lucas 13,34). Siendo Dios, obedeciste a tus padres de la tierra, ayudándoles en sus necesidades: a tu Madre en las labores de la casa, y a José en su taller de artesano. Sin embargo, cuando te «pierdes» en el Templo, haciendo sufrir a tus padres, les recuerdas: «¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?» (Lucas 2,49). Jesús, el amor grande que tuviste a tus padres nunca supuso un obstáculo para hacer la voluntad de tu Padre. Por eso, en el momento de la cruz, aun sabiendo que rompías el corazón de tu Madre santísima, obedeciste fielmente a la misión que Dios te había confiado. Que aprenda de tu vida a amar a mi familia con hechos, y a amar más aún a Dios, cumpliendo siempre primero su voluntad (Pablo Cardona).
-“Quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío.” Hoy queremos un cristianismo a "a la carta", pero tú, Jesús, renunciaste a tu poder para ser Salvador de todos. Nos dices que también nosotros debemos saber llevar la cruz de cada día, para hacer el bien como tú y contigo (J. Aldazábal). Sufriste el suplicio de los desertores y de los esclavos, Señor… quiero vivir contigo ese camino, de la Pasión y Gloria. Te pido quitar de mi vida apegamientos que me impidan ese camino. Sé que cuando la fe está enraizada en la cruz, el sacrificio en vez de alejarnos de Dios nos une a Ti: nos hace colaboradores de tu Redención: «Inmolemos cada día nuestra persona y toda nuestra actividad, imitemos la pasión de Cristo con nuestros propios padecimientos, honremos su sangre con nuestra propia sangre, subamos con denuedo a la Cruz. Si quieres imitar a Simón de Cirene, toma la cruz y sigue al Señor» (San Gregorio Nacianceno).
-“Quién es el que quiere edificar una torre... construir. Quién es el rey que parte a guerrear... combatir”. Dos empresas que requieren reflexión y perseverancia.
-“Que no empieza por sentarse... Para calcular el gasto… Para ver si podrá afrontar al adversario.” Reflexionar es algo importante, analizar las consecuencias de nuestros actos.
-“De igual manera, todo aquel de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”. ¿Qué "he arriesgado" yo por Jesús? En la alegría del don total (Noel Quesson).
2. Ayer Pablo nos trajo el himno de abajamiento de Jesús y de obediencia, y por eso fue ensalzado y salvación para todos. Hoy sigue:
-“Amados míos, vosotros que habéis «obedecido» siempre, trabajad con temor de Dios y con temblor, por vuestra salvación”. Ser servidor, esclavo de Dios: obedecer, trabajar –como nos dice el Evangelio- llevando la cruz.
«Las pequeñas circunstancias son "unos superiores" fieles: no nos dejan un momento, y los "sí" que hemos de decirles se suceden sin interrupción.
Cuando se las acepta, sin resistencia, se encuentra uno maravillosamente liberado de sí mismo...» (Madeleine Delbrêl)
-“Pues Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, porque quiere vuestro bien”. Dios está ahí y no le vemos.
Suena el teléfono. Llaman a la puerta. Llora un niño. He recibido una carta. Se me ha pedido tal cosa… con ojos de Fe, veo la realidad invisible de tu Presencia, Señor, que no eres un ser lejano. “El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias.
Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima.
El mismo Padre amoroso que ahora nos atrae suavemente hacia Él, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones” (J. Escrivá). Está aquí, donde estoy, donde actúo. Suscitas y produces en nosotros el "querer" y el "obrar".
La acción de Dios se sitúa al nivel más profundo, el de nuestra libertad: actúa sobre la fuente misma de nuestros actos. Transforma nuestras pobres acciones en «quereres decisivos».
Es verdad, Señor, soy débil. Tengo buenas intenciones, pero soy a menudo incapaz de «realizarlas»: ¡Ven y actúa en mi voluntad!
-“Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones... Como hijos de Dios, irreprochables y sin tacha, en medio de una generación desviada y perversa... Brillad como "focos de luz" presentando a ese mundo la Palabra de vida...” Sólo Tú Señor, puedes concedernos que obremos como hijos tuyos, honrándote como un hijo honra a su padre.
«No murmurar contra Dios...» «No recriminar...» Sí, esto sería lo ideal, sería una actitud verdaderamente filial y amorosa.
«Brillar como un foco de luz....» ¿Es luz lo que emana, cada día, de mi vida? «Presentar al mundo la Palabra de vida...» «¿Habla de Dios, mi vida?, ¿habla de la Vida?»
-“En el día de Cristo... Mi carrera y mi fatiga no habrán sido en vano”. Pablo vive en la espera de «ese día». ¿Y yo?
-“Y aun cuando mi sangre fuera derramada como libación sobre el sacrificio y la ofrenda de vuestra fe, me alegro y me congratulo... De igual manera, también vosotros debéis alegraros y congratularos conmigo”. Pablo está en la cárcel. Ve próxima su muerte. Efectivamente, le cortarán la cabeza a las puertas de Roma. Pero está alegre. Su sacrificio es una comunión con Jesús, una imitación de Jesús: esto le llena de gozo.
¿Por qué punto mi vida esta algo unida «al sacrificio de Jesús»? ¿Puedo decir, como san Pablo que me regocijo de mis responsabilidades y de mis cargas más pesadas? (Noel Quesson).
3. Hoy se nos muestra un programa de crecimiento en nuestra fe y de testimonio ante los demás, que se ve en nuestro modo de obrar sin necesidad de discursos. Un cristiano debe tener valentía para ser distinto; para ir contra corriente, si hace falta; para seguir los caminos de Dios y no dejarse contaminar por la mentalidad del mundo.
Necesitará esa valentía de la que habla también el salmo: "espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor", porque solo con esperanza de una Vida más rica podemos superar la tendencia natural a proteger la vida natural por encima de todo.
Una de las cosas que podemos aportar a este mundo es la esperanza, "mostrando una razón para vivir". Pablo transmite a su comunidad la convicción de que vale la pena vivir los valores del evangelio, que todo lo que ha hecho valía la pena: "mis trabajos no fueron inútiles ni mis fatigas tampoco". Más aún, si hay que dar la propia vida, "yo estoy alegre y me asocio a vuestra alegría", y les pide a ellos lo mismo: "por vuestra parte estad alegres y asociaos a la mía". Eso se llama contagiar esperanza, comunicar optimismo. Un optimismo que sólo puede venir de la fe, de la convicción de que "es Dios quien activa en vosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor".
La Plegaria Eucarística Vb pide a Dios, para los que van a comulgar, que se dejen llenar de este espíritu: "que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando". Es la consigna de Pablo: "mostrando una razón para vivir".
Llucià Pou Sabaté
Fuente: www.almudi.org
lunes, 5 de noviembre de 2012
Meditación: Mártires de España siglo XX
Meditación: Mártires de España siglo XX
EL MARTIRIO SUPREMO TESTIMONIO DE LA VERDAD DE LA FE
HOMILÍA DEL CARDENAL SARAIVA
Eminentísimos Señores Cardenales,
Excelentísimos Señores Obispos y hermanos en el sacerdocio,
Respetables autoridades,
Hermanas y hermanos en Cristo:
1. Por encargo y delegación del Papa Benedicto XVI, he tenido la dicha de hacer público el documento mediante el cual el Santo Padre proclama beatos a cuatrocientos noventa y ocho mártires que derramaron su sangre por la fe durante la persecución religiosa en España, en los años mil novecientos treinta y cuatro, treinta y seis y treinta y siete. Entre ellos hay obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos, mujeres y hombres; tres de ellos tenían dieciséis años y el mayor setenta y ocho.
Este grupo tan numeroso de beatos manifestaron hasta el martirio su amor a Jesucristo, su fidelidad a la Iglesia Católica y su intercesión ante Dios por todo el mundo. Antes de morir perdonaron a quienes les perseguían –es más, rezaron por ellos–, como consta en los procesos de beatificación instruidos en las archidiócesis de Barcelona, Burgos, Madrid, Mérida-Badajoz, Oviedo, Sevilla y Toledo; y en las diócesis de Albacete, Ciudad Real, Cuenca, Gerona, Jaén, Málaga y Santander.
El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe” (a 2473). En efecto, seguir a Jesús, significa seguirlo también en el dolor y aceptar las persecuciones por amor del Evangelio (cf. Mt 24,9-14;Mc.13,9-13; Lc 21,12-19): “Y seréis odiados de todos por causad e mi nombre” (Mc 13,13; cf. Jn 15,21). Cristo nos había anticipado que nuestras vidas estarían vinculadas a su destino.
2. El logotipo de esta beatificación, de una importancia notable por el gran número de nuevos beatos, tiene como elemento central una cruz de color rojo, símbolo del amor llevado hasta derramar la sangre por Cristo. Acompaña a la cruz una palma estilizada, que intencionalmente se asemeja a unas lenguas de fuego, en la que vemos representada la victoria alcanzada por los mártires con su fe que vence al mundo (cfr. 1 Jn 1, 4), así como también el fuego del Espíritu Santo que se posa sobre los Apóstoles el día de Pentecostés, y asimismo la zarza que arde y no se consuma con una llama, en la que Dios se presenta a Moisés en el relato del Éxodo y es expresión de su mismo ser: el Amor que se da y nunca se extingue.
Estos símbolos están enmarcados por una leyenda circular, que recuerda un mapa del mundo: “Beatificación mártires de España”. Dice «mártires de España» y no «mártires españoles», porque España es el lugar donde fueron martirizados, y es también la Patria de gran parte de ellos, pero hay también quienes provenían de otras naciones, concretamente de Francia, México y Cuba. En cualquier caso, los mártires no son patrimonio exclusivo de una diócesis o nación, sino que, por su especial participación en la Cruz de Cristo, Redentor del universo, pertenecen al mundo entero, a la Iglesia universal.
Se ha elegido como lema para esta beatificación unas palabras del Señor recogidas en el Evangelio de San Mateo: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 14). Como declara el Concilio Vaticano II al comienzo de su Constitución sobre la Iglesia, Jesucristo es la luz de las gentes; esa luz se refleja a lo largo de los siglos en el rostro de la Iglesia y hoy, de manera especial, resplandece en los mártires cuya memoria estamos celebrando. Jesucristo es la luz del mundo (Jn 1, 5-9), que alumbra nuestras inteligencias para que, conociendo la verdad, vivamos de acuerdo con nuestra dignidad de personas humanas y de hijos de Dios y seamos también nosotros luz del mundo que alumbra a todos los hombres con el testimonio de una vida vivida en plena coherencia con la fe que profesamos.
3. «He combatido bien mi batalla, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe» (2 Tim 4, 7). Así escribe San Pablo, ya al final de su vida, en el texto de la segunda lectura de este domingo. Con su muerte, estos mártires hicieron realidad las mismas convicciones de San Pablo.
Los mártires no consiguieron la gloria sólo para sí mismos. Su sangre, que empapó la tierra, fue riego que produjo fecundidad y abundancia de frutos. Así lo expresaba, invitándonos a conservar la memoria de los mártires, el Santo Padre Juan Pablo II en uno de sus discursos: «Si se perdiera la memoria de los cristianos que han entregado su vida por confesar la fe, el tiempo presente, con sus proyectos y sus ideales, perdería una de sus características más valiosas, ya que los grandes valores humanos y religiosos dejarían de estar corroborados por un testimonio concreto inscrito en la historia» .
No podemos contentarnos con celebrar la memoria de los mártires, admirar su ejemplo y seguir adelante en nuestra vida con paso cansino ¿Qué mensaje transmiten los mártires a cada uno de nosotros aquí presentes?
Vivimos en una época en la cual la verdadera identidad de los cristianos está constantemente amenazada y esto significa que ellos o son mártires, es decir adhieren a su fe bautismal en modo coherente, o tienen que adaptarse.
Ya que la vida cristiana es una confesión personal cotidiana de la fe en el Hijo de Dios hecho hombre esta coherencia puede llegar en algunos casos hasta la efusión de la sangre.
Pero como la vida de un solo cristiano donada en defensa de la fe tiene el efecto de fortalecer toda Iglesia, el hecho de proponer el ejemplo de los mártires significa recordar que la santidad no consiste solamente en la reafirmación de valores comunes para todos sino en la adhesión personal a Cristo Salvador del cosmos y de la historia. El martirio es un paradigma de esta verdad desde el acontecimiento de Pentecostés.
La confesión personal de la fe nos lleva a descubrir el fuerte vínculo entre la conciencia y el martirio.
“El sentido profundo del testimonio de los mártires- según escribía el Cardenal Ratzinger esta en que -ellos testimonian la capacidad de la verdad sobre el hombre como límite de todo poder y garantía de su semejanza con Dios. Es en este sentido que los mártires son los grandes testimonios de la conciencia, de la capacidad otorgada al hombre de percibir, más allá del poder, también el deber y por lo tanto abrir el camino hacia el verdadero progreso, hacia la verdadera elevación humana” (J.Ratzinger, Elogio della coscienza, Roma, Il Sabato 16 marzo 1991, p.89).
4. Los mártires se comportaron como buenos cristianos y, llegado el momento, no dudaron en ofrendar su vida de una vez, con el grito de «¡Viva Cristo Rey!» en los labios. A los hombres y a las mujeres de hoy nos dicen en voz muy alta que todos estamos llamados a la santidad, todos, sin excepción, como ha declarado solemnemente el Concilio Vaticano II al dedicar un capítulo de su documento más importante –la Constitución Lumen gentium, sobre la Iglesia– a la «llamada universal a la santidad». ¡Dios nos ha creado y redimido para que seamos santos! No podemos contentarnos con un cristianismo vivido tibiamente.
La vida cristiana no se reduce a unos actos de piedad individuales y aislados, sino que ha de abarcar cada instante de nuestros días sobre la tierra. Jesucristo ha de estar presente en el cumplimiento fiel de los deberes de nuestra vida ordinaria, entretejida de detalles aparentemente pequeños y sin importancia, pero que adquieren relieve y grandeza sobrenatural cuando están realizados con amor de Dios. Los mártires alcanzaron la cima de su heroísmo en la batalla en la que dieron su vida por Jesucristo. El heroísmo al que Dios nos llama se esconde en las mil escaramuzas de nuestra vida de cada día. Hemos de estar persuadidos de que nuestra santidad –esa santidad, no lo dudemos, a la que Dios nos llama– consiste en alcanzar lo que Juan Pablo II ha llamado el «nivel alto de la vida cristiana ordinaria».
El mensaje de los mártires es un mensaje de fe y de amor. Debemos examinarnos con valentía, y hacer propósitos concretos, para descubrir si esa fe y ese amor se manifiestan heroicamente en nuestra vida.
Heroísmo también de la fe y del amor en nuestra actuación como personas insertas en la historia, como levadura que provoca el fermento justo. La fe, nos dice Benedicto XVI, contribuye a purificar la razón, para que llegue a percibir la verdad. Por eso, ser cristianos coherentes nos impone no inhibirnos ante el deber de contribuir al bien común y moldear la sociedad siempre según justicia, defendiendo –en un diálogo informado por la caridad– nuestras convicciones sobre la dignidad de la persona, sobre la vida desde la concepción hasta la muerte natural, sobre la familia fundada en la unión matrimonial una e indisoluble entre un hombre y una mujer, sobre el derecho y deber primario de los padres en lo que se refiere a la educación de los hijos y sobre tantas otras cuestiones que surgen en la experiencia diaria de la sociedad en que vivimos.
Concluimos, unidos al Papa Benedicto XVI y a la Iglesia universal, que vive en los cinco Continentes, invocando la intercesión de los mártires beatificados hoy y acudiendo confiadamente a Nuestra Señora Reina de los mártires para que inflamados por un vivo deseo de santidad sigamos su ejemplo.
Roma, 28 de octubre de 2007
José Card. SARAIVA MARTINS
Prefecto de la Congregación de las Cause de los Santos
TESTIGOS HEROICOS DE LA FE
EL PAPA A LA HORA DEL ÁNGELUS
Queridos hermanos y hermanas:
Esta mañana, aquí, en la plaza de San Pedro, han sido proclamados beatos 498 mártires asesinados en España en los años treinta del siglo pasado. Doy las gracias al cardenal José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, quien ha presidido la celebración, mientras saludo cordialmente a los peregrinos reunidos con motivo de esta alegre ocasión.
La inscripción en la lista de los beatos de un número tan grande de mártires demuestra que el supremo testimonio de la sangre no es una excepción reservada sólo a algunos individuos, sino una posibilidad realista para todo el pueblo cristiano. Se trata de hombres y mujeres de diferentes edades, vocaciones y condición social, que pagaron con su vida la fidelidad a Cristo y a su Iglesia.
Se les aplican adecuadamente las expresiones de san Pablo, que resuenan en la liturgia de este domingo: «Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe» (2 Timoteo 4, 6-7). Pablo, detenido en Roma, ve cómo se aproxima la muerte y traza un balance de reconocimiento y esperanza. En paz con Dios y consigo mismo, afronta serenamente la muerte, con la conciencia de haber entregado totalmente la vida, sin ahorrar nada, al servicio del Evangelio.
El mes de octubre, dedicado de manera particular al compromiso misionero, se concluye de este modo con el luminoso testimonio de los mártires españoles, que se suman a los mártires Albertina Berkenbrock, Emmanuel Gómez González y Adilio Daronch, y Franz Jägerstätter, proclamados beatos en días pasados en Brasil y en Austria.
Su ejemplo testimonia que el Bautismo compromete a los cristianos a participar con valentía en la difusión del Reino de Dios, cooperando si es necesario con el sacrificio de la misma vida. Ciertamente no todos están llamados al martirio cruento. Existe también un «martirio» incruento, que no es menos significativo, como el de Celina Chludzinska Borzecka, esposa, madre de familia, viuda y religiosa, beatificada ayer en Roma: es el testimonio silencioso y heroico de los muchos cristianos que viven el Evangelio sin compromisos, cumpliendo su deber y dedicándose generosamente al servicio de los pobres.
Este martirio de la vida ordinaria es un testimonio particularmente importante en las sociedades secularizadas de nuestro tiempo. Es la pacífica batalla del amor que todo cristiano, como Pablo, tiene que combatir incansablemente; la carrera por difundir el Evangelio que nos compromete hasta la muerte. Que nos ayude y asista en nuestro testimonio diario la Virgen María, Reina de los Mártires y Estrella de la Evangelización.
Tras rezar el Ángelus, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:
Saludo con afecto a los fieles de lengua española. En particular, saludo a mis hermanos obispos de España, a los sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y fieles que habéis tenido el gozo de participar en la beatificación de un numeroso grupo de mártires del pasado siglo en vuestra nación, así como a los que siguen esta oración mariana a través de la radio y la televisión. Damos gracias a Dios por el gran don de estos testigos heroicos de la fe que, movidos exclusivamente por su amor a Cristo, pagaron con su sangre su fidelidad a Él y a su Iglesia. Con su testimonio iluminan nuestro camino espiritual hacia la santidad, y nos alientan a entregar nuestras vidas como ofrenda de amor a Dios y a los hermanos. Al mismo tiempo, con sus palabras y gestos de perdón hacia sus perseguidores, nos impulsan a trabajar incansablemente por la misericordia, la reconciliación y la convivencia pacífica. Os invito de corazón a fortalecer cada día más la comunión eclesial, a ser testigos fieles del Evangelio en el mundo, sintiendo la dicha de ser miembros vivos de la Iglesia, verdadera esposa de Cristo. Pidamos a los nuevos Beatos, por medio de la Virgen María, Reina de los Mártires, que intercedan por la Iglesia en España y en el mundo; que la fecundidad de su martirio produzca abundantes frutos de vida cristiana en los fieles y en las familias; que su sangre derramada sea semilla de santas y numerosas vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras. ¡Que Dios os bendiga!
EL MARTIRIO, TESTIMONIO DE CRISTO
Palabras del Sr. Cardenal en la Vigilia de oración y de acción de gracias
en la basílica de San Pancracio, el 28 de octubre
Queridos hermanos y hermanas en el Señor: En el día en que han sido beatificados 498 mártires de la persecución religiosa del siglo XX en España, nos reunimos en esta basílica de San Pancracio para adorar al Señor y bendecirle por las grandes obras que Él hace en favor de los hombres. San Pancracio también fue un mártir del siglo IV, un joven que selló con su sangre su fe en Jesucristo; debajo de esta basílica se encuentran, además, las catacumbas de San Pancracio, testimonio así mismo del martirio de los cristianos romanos de los primeros siglos. Por eso hemos venido aquí a esta basílica, que me encomendó el Santo Padre, Benedicto XVI al crearme cardenal. ¡Qué mejor lugar para venir rápidamente, como teniendo prisa, para dar gracias a Dios!
De lo más hondo de nuestros corazones brota una plegaria de alabanza y acción de gracias a Dios por la beatificación de estos 498 mártires, especialmente por los que han sido beatificados esta mañana de las diócesis de Albacete y Toledo. Sin duda, esta beatificación es un nuevo y grandísimo regalo que el Señor nos ofrece a la Iglesia en España, en general y a nuestras Iglesias diocesanas, en particular; es, además, una llamada gozosa a la fidelidad y al testimonio del Evangelio de Jesucristo.
El nombre de estos hermanos nuestros queda inscrito en esa gran siembra de martirio y persecución que ha sufrido y sufre la Iglesia, a lo largo de los tiempos, donde tantos y tantos creyentes, de nuestra propia carne y con nuestra misma fragilidad, han dado y darán el supremo testimonio; con su muerte nos han dicho y nos están diciendo a todos que Jesucristo es un don más precioso que la vida, porque la vida sin Jesucristo, después de haberle conocido, no podría llamarse vida.
El signo más creíble de la fe es el martirio: la entrega, el sacrificio y la cruz que entrañan son, en efecto, el signo más elocuente y creíble de la fe en Jesucristo Salvador. La memoria de los mártires por eso nunca debe desaparecer de la conciencia de los cristianos, aunque, como ocurre en nuestra sociedad actual, se tienda a hacer obsoleto y arcaico el martirio y a despojarle de su significación más propia. Esa memoria viva es nuestro mejor tesoro, acicate y aliento para confesar hoy a Cristo en la Cruz, Redentor único de todos los hombres.
El martirio es testimonio del mártir, pero sobre todo es testimonio de Cristo, que, a través de los mártires, actúa y vence a las potencias del mal. Necesitamos de este testimonio para confesar y testificar a Jesucristo en estos momentos, en los que se sofoca la fe cristiana con la indiferencia, la paganización de la vida o la agresión directa o indirecta a través de diversos conductos y no pocas veces a través de algunos medios de comunicación y opinión pública. Falta, además, con frecuencia esa fe confesante por parte nuestra que no se acompleja, ni se avergüenza, ni se echa atrás en el anuncio del Evangelio; tal vez prefiramos que no se nos note demasiado que somos cristianos y preferimos refugiarnos en el anonimato o no crearnos "problemas". Debemos aprender de nuestros mártires la necesidad de una confesión pública de la fe, aun en medio de dificultades y persecuciones; una fe más martirial, más confesante para que el mundo crea y participe del gozo de los mártires.
Los mártires beatificados esta mañana dieron su vida en testimonio del Dios vivo que es Amor. Su sangre derramada por amor a Dios es el mejor signo y el mayor grito en favor del amor entre los hombres, queridos por Dios hasta el extremo. Ellos constituyen una llamada apremiante a la unidad, a la paz, al reconocimiento y respeto de cada ser humano, al diálogo, a la mano tendida, al perdón, a la reconciliación; porque así Dios lo quiere; y ellos entregaron su vida en obediencia y cumplimiento de la voluntad de Dios que es misericordioso y nos llama a la misericordia.
Que el testimonio de nuestros Mártires nos fortalezca y nos estimule, nos anime y nos conduzca por la misma senda que ellos siguieron de Evangelio, de fe, de esperanza, de amor y entrega servicial hasta dar la vida, de caridad, manifestación de la suprema caridad que es Dios. Demos gracias a Dios por estos Mártires, cuya sangre derramada, como la de Cristo, para confesar su Nombre, manifiesta las maravillas de su poder; pues, en su martirio, el Señor, ha sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad, su propio testimonio. Elevemos a Dios nuestro Magníficat porque ha hecho obras grandes y su misericordia nos llega de generación en generación.
Que por intercesión de los nuevos Beatos, mártires, de San Pancracio, mártir, y todos los mártires, que derramaron su sangre y entregaron su vida para el perdón de todos, Dios nos conceda vivir y permanecer en la concordia social y en la paz, superados los conflictos y enfrentamientos entre los hombres; que Dios nos haga mejores servidores de la paz, recordando que el amor, la verdad y la justicia son condiciones necesarias para ella, que sin Dios no es posible la paz. Acudimos a la intercesión de los nuevos beatos mártires de España, de las diócesis de Albacete y Toledo, de San Pancracio y de todos los mártires, y seguimos con esperanza la estela que ellos nos han dejado -el testimonio y confesión de fe en Dios, que es amor, y el perdón- para alcanzar las verdaderas metas de la humanidad y de paz que necesitamos.
LOS MÁRTIRES MANIFIESTAN LA VITALIDAD DE NUESTRAS IGLESIAS LOCALES
Palabras del Sr. Cardenal al comienzo de la Santa Misa de acción de gracias en la basílica de San Pedro
Roma, 29 de octubre de 2007
Eminencia Reverendísima,
Ayer participamos con emoción en la solemne beatificación de cuatrocientos noventa y ocho hombres y mujeres –obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas, laicos- mártires de la persecución religiosa que, en los años treinta del pasado siglo, afligió a la Iglesia en nuestra patria. La beatificación de ayer, sin duda la más numerosa acaecida hasta el presente, abarca a todo el territorio español, y, por eso, es toda la Iglesia en España la que se alegra con este reconocimiento y hoy, junto a la tumba de San Pedro, y en comunión plena e inquebrantable con su Sucesor, el Papa Benedicto XVI, representado por su Eminencia, viene a agradecer a Dios tan inmenso don con que hemos sido enriquecidos por su gracia y su infinita misericordia.
Al tiempo que queremos expresar nuestro público y común agradecimiento al Santo Padre por este regalo de los nuevos beatos, mártires, que honran a la Iglesia en España, y a la Iglesia Universal, iniciamos, con devoción y agradecimiento, la celebración eucarística en la que unimos la memoria agradecida de estos cuatrocientos noventa y ocho mártires al Memorial del Sacrificio Redentor de Cristo, supremo martirio y testimonio máximo de la verdad de Dios, cumbre y plenitud de la entrega del amor sin límite de Dios a los hombres, sangre del Hijo de Dios derramada para el perdón de los pecados y la reconciliación de todos en una unidad inquebrantable. No en balde "el martirio se consideraba en la Iglesia antigua como una verdadera celebración eucarística, la realización extrema de la simultaneidad con Cristo, el ser uno con Él" (J. Ratzinger, El espíritu de la Liturgia: una introducción, p. 80).
¿Cómo no dar gracias, pues, por estos mártires, y por tantos y tantos otros, en muchedumbre incontable, que dieron su vida por Jesucristo como testimonio supremo de la verdad del Evangelio y de la fe? ¡Cómo vibraban los primeros cristianos ante la sangre y la memoria de los mártires! ¡En que estima tan alta ha tenido siempre la Iglesia el martirio y con que belleza ha sido cantado a lo largo de los siglos por los mejores poetas cristianos! Hoy no puede ni debería ser menos. Y por eso, esta mañana, en esta basílica de San Pedro que representa a la Iglesia Universal y es símbolo de la comunión con Pedro, nos reunimos con júbilo, llenos de esperanza, gozosos, para celebrar, en estos mártires, a esa pléyade inmensa de fieles, contemplada en el Apocalipsis, que "vienen de la gran tribulación y han lavado sus túnicas con la sangre del Cordero (Cf. Ap 7,14).
No queremos ni podemos olvidar el testimonio de los mártires de la persecución religiosa en España del siglo XX. Ellos manifiestan la vitalidad de nuestras iglesias locales y forman como un gran cuadro del Evangelio de las bienaventuranzas. Estos mártires dieron su vida en testimonio del Dios único, de Dios vivo que es Amor. Su sangre derramada por amor a Dios es el signo y el mayor grito a favor del amor entre los hombres, queridos por Dios hasta el extremo. Ellos constituyen una llamada apremiante a la unidad, a la paz, al reconocimiento y respeto de cada ser humano, al diálogo, a la mano tendida, al perdón y a la reconciliación entre todos. Porque así Dios lo quiere; y ellos entregaron su vida en obediencia y en cumplimiento de la voluntad de Dios, que es misericordioso y nos llama a la misericordia y el perdón.
Eminencia, junto al agradecimiento de todos nosotros, de España entera por presidir esta celebración de acción de gracias, le rogamos transmita al Santo Padre el testimonio de afecto filial y comunión plena de la comunión en España.
“DENTRO DE BREVES MOMENTOS ESTAREMOS EN EL REINO DE LOS CIELOS”
Homilía que pronunció el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, en la Misa de Acción de Gracias por la beatificación de 498 mártires de la persecución religiosa que se vivió en España en los años treinta del siglo pasado. La celebración eucarística tuvo lugar el lunes 29 de octubre en la Basílica de San Pedro del Vaticano con la participación de unos 8.000 peregrinos.
Queridos Hermanos en el Episcopado,
Amados sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos:
Beatificación de cuatrocientos noventa y ocho mártires de España, que celebramos ayer, ha sido una ocasión para constatar una vez más cómo la cadena de cristianos que han sido atraídos por el ejemplo de Jesús y sostenidos por su amor no se ha interrumpido desde los comienzos de la predicación apostólica.
Ahora estamos reunidos para elevar una ferviente acción de gracias al Señor por este acontecimiento eclesial. Queremos acogernos a la intercesión de estos hermanos nuestros, cuya vida se ha convertido para nosotros, y para el pueblo de Dios que peregrina en España y en otros países, en un potente foco de luz y en una apremiante invitación a vivir el Evangelio radicalmente y con sencillez, dando testimonio público y valiente de la fe que profesamos.
Todo martirio tiene lugar ciertamente en circunstancias históricas trágicas que, asumiendo a veces la forma de persecución, llevan a una muerte violenta por causa de la fe. Pero, en medio de ese drama, el mártir sabe trascender el momento histórico concreto y contemplar a sus semejantes desde el corazón de Dios. Gracias a esa luz que le viene de lo alto, y en virtud de la sangre del Cordero (cf. Ap 12,11), el mártir antepone la confesión de la fe a su propia vida, contrarrestando así la agresión con la plegaria y con la entrega heroica de sí mismo. Amando a sus enemigos y rogando por los que lo persiguen (cf. Mt 5,44), el mártir hace visible el misterio de la fe recibida y se convierte en un gran signo de esperanza, anunciando con su testimonio la redención para todos. Al unir su sangre a la de Cristo sacrificado en la cruz, la inmolación del mártir se transforma en ofrenda ante el trono de Dios, implorando clemencia y misericordia para sus perseguidores. Como nos enseña el Papa Juan Pablo II, «ellos han sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución... hasta el testimonio supremo de la sangre... Ellos muestran la vitalidad de la Iglesia... Más radicalmente aún, demuestran que el martirio es la encarnación suprema del Evangelio de la esperanza» (Ecclesia in Europa, 13).
De esta forma, el martirio es para la Iglesia un signo elocuente de cómo su vitalidad no depende de meros proyectos o cálculos humanos, sino que brota más bien de la total adhesión a Cristo y a su mensaje salvador. Bien sabían esto los mártires, cuando buscaron su fuerza no en el afán de protagonismo, sino en el amor absoluto a Jesucristo, a costa incluso de la propia vida.
Para comprender mejor el verdadero sentido cristiano del martirio debemos, pues, dejar que hablen los propios mártires. Ellos, con su ejemplo, nos han confiado un testamento que a veces no nos atrevemos a abrir. En cambio, si les prestamos atención, sus vidas nos hablarán sin duda de fe, de fortaleza, de generosa valentía y de ardiente caridad, frente a una cultura que trata de apartar o menospreciar los valores morales y humanos que nos enseña el propio Evangelio.
De todos es conocido que el siglo XX dio a la Iglesia en España grandes frutos de vida cristiana: la fundación de congregaciones e institutos religiosos dedicados a la enseñanza, a la asistencia hospitalaria y a los más pobres y a diversas obras culturales y sociales. Destacan también grandes ejemplos de santidad, así como un elevado número de mártires obispos, sacerdotes, seminaristas, religiosos, religiosas y fieles laicos.
Estos mártires no han sido propuestos al pueblo de Dios por su implicación política, ni por luchar contra nadie, sino por ofrecer sus vidas como testimonio de amor a Cristo y con la plena conciencia de sentirse miembros de la Iglesia. Por eso, en el momento de la muerte, todos coincidían en dirigirse a quienes les mataban con palabras de perdón y de misericordia. Así, entre tantos ejemplos parecidos, resulta conmovedor escuchar las palabras que uno de los religiosos Franciscanos de la Comunidad de Consuegra dirigía a sus hermanos: «Hermanos, elevad vuestros ojos al cielo y rezad el último padrenuestro, pues dentro de breves momentos estaremos en el Reino de los cielos. Y perdonad a los que os van a dar muerte».
Por eso, estos nuevos Beatos han enriquecido a la Iglesia de España con su sacrificio, siendo hoy para nosotros testimonio de fe, de esperanza firme contra todo temor y de un amor hasta el extremo (cf. Jn 13,1). Su muerte constituye para todos un importante acicate que nos estimula a superar divisiones, a revitalizar nuestro compromiso eclesial y social, buscando siempre el bien común, la concordia y la paz.
Estos queridos hermanos y hermanas nuestros, entre los cuales se encontraban también dos franceses, dos mexicanos y un cubano, precisamente por su amor a la vida entregaron la suya a Cristo. Vivieron una vida ejemplar, dedicados plenamente a sus diferentes apostolados, convencidos de la opción religiosa que habían hecho o del cumplimiento de sus deberes familiares. Estos testigos humildes y decididos del Evangelio son luminarias que orientan nuestra peregrinación terrena. Al venerar hoy a todos ellos que, como nos enseña el libro del Apocalipsis, «vienen de la gran tribulación» (ibíd., 7,14), suplicamos al Señor que nos conceda su fe intrépida, su firme esperanza y su profunda caridad.
Queridos hermanos y hermanas, nos encontramos en Roma, donde en los comienzos de la Iglesia un sinfín de mártires confesaron su fe en Cristo hasta derramar su sangre. Tanto aquellos cristianos de la primera hora, como los que ayer han sido beatificados, no sólo han de suscitar en nosotros un mero sentimiento de admiración. Ellos no son simples héroes o personajes de una época lejana. Su palabra y sus gestos nos hablan a nosotros y nos impulsan a configurarnos cada vez más plenamente con Cristo, encontrando en Él la fuente de la que brota la auténtica comunión eclesial, para dar en la sociedad actual un testimonio coherente de nuestro amor y entrega a Dios y a nuestros hermanos.
Ellos nos ayudan con su ejemplo y su intercesión para que, en la hora presente, no nos dejemos vencer por el desaliento o la confusión, evitando la inercia o el lamento estéril. Porque éste es también, como lo fue el suyo, un tiempo de gracia, una ocasión propicia para compartir con los demás el gozo de ser discípulos de Cristo.
Con su vida y el testimonio de su muerte nos enseñan que la auténtica felicidad se halla en escuchar al Señor y en poner en práctica su Palabra (cf. Lc 11,28). Por eso el servicio más precioso que podemos prestar hoy a nuestros hermanos es ayudarles a encontrarse con Cristo, que es «el Camino, la Verdad y la Vida» (cf. Jn 14,6), el único que puede saciar las más nobles aspiraciones humanas.
Dios quiera que esta Beatificación suscite en España una fuerte llamada a reavivar la fe cristiana e intensificar la comunión eclesial, pidiendo al Señor que la sangre de estos mártires sea semilla fecunda de numerosas y santas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, así como una constante invitación a las familias, fundadas en el sacramento del Matrimonio, a que sean para sus hijos ejemplo y escuela del verdadero amor y «santuario» del gran don de la vida.
Finalmente, pidamos también al Señor que el ejemplo de santidad de los nuevos mártires alcance para la Iglesia en España y en las otras Naciones de las cuales algunos de ellos eran originarios, muchos frutos de auténtica vida cristiana: un amor que venza la tibieza, una ilusión que estimule la esperanza, un respeto que dé acogida a la verdad y una generosidad que abra el corazón a las necesidades de los más pobres del mundo.
Que la Virgen María, Reina de los Mártires, nos obtenga de su divino Hijo esta gracia que ahora, con total confianza, ponemos en sus manos de Madre. Amén.
Fuente:www.almudi.org/es
Meditación: Martes de la semana 31 de tiempo ordinario; ciclo B. 6 de Noviembre, 2012.
Meditación: Martes de la semana 31 de tiempo ordinario; ciclo B. 6 de Noviembre, 2012.
Nos pide el Señor que invitemos por los caminos y senderos a todos, para que entren al convite divino, se llene la Iglesia
“En aquel tiempo, uno de los comensales dijo a Jesús: -«¡Dichoso el que coma en el banquete del reino de Dios!» Jesús le contestó: -«Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó un criado a avisar a los convidados: "Venid, que ya está preparado." Pero ellos se excusaron uno tras otro. El primero le dijo: "He comprado un campo y tengo que ir a verlo. Dispénsame, por favor. "Otro dijo: "He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor." Otro dijo: "Me acabo de casar y, naturalmente, no puedo ir." El criado volvió a contárselo al amo. Entonces el dueño de casa, indignado, le dijo al criado: "Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos." El criado dijo: "Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio." Entonces el amo le dijo: "Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa." Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete» (Lucas 14,15-24).
1. “Jesús estaba a la mesa. Uno de los comensales le dijo: "¡Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios!"” Me gustaría estar comiendo contigo, Jesús, para hablar de estos temas tan bonitos. Sigues con el tema de la comida, como ayer. Aquí nos hablas, Señor, de tu Reino como una boda, donde muchos convidados no quieren ir, y tú abres el convite a "pobres, lisiados, ciegos y cojos". Dios quiere "que se le llene la casa". Ya que no han querido los titulares de la invitación, que la aprovechen otros. Israel, al menos oficialmente, había rechazado al Mesías, mientras que otros muchos, procedentes del paganismo, sí lo aceptaban. Esto también es para nosotros motivo de examen: ¿me excuso, para no darme por enterado? Quiero aprender de cuantos aceptaron agradecidos la invitación de Jesús. En cada Eucaristía somos invitados a participar de este banquete sacramental, que es anticipo del definitivo del cielo: "dichosos los invitados a la cena del Señor" (en latín, "a la cena de bodas del Cordero"). Celebrar la Eucaristía debe ser el signo diario de que celebramos también todos los demás bienes que Dios nos ofrece (J. Aldazábal). Nuestras comidas de la tierra son una imagen y un anuncio del "banquete mesiánico" en el Reino de Dios. La eucaristía ha asumido ese simbolismo de la comida.
Nos dices, Señor: "Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente. A la hora del banquete mandó al criado a decir a sus invitados: Venid que ya está preparado"”. Dios invita. Yo soy el invitado.
-“Pero todos, en seguida, empezaron a excusarse”… Somos responsables ante Dios: podemos decir que sí o que no a su invitación. Dios hizo al hombre desde el principio y lo dejó en manos de su libre albedrío (Ecclo XV, 14). Esto no sucedería si no tuviese libre elección (Santo Tomás de Aquino). Somos responsables ante Dios de todas las acciones que realizamos libremente. La libertad religiosa es importante, y Jesús nunca nos obliga, sino invita: “si alguno quiere venir…” Si somos arrastrados a Cristo, creemos sin querer; se usa entonces la violencia, no la libertad. Sin que uno quiera se puede entrar en la Iglesia; sin que uno quiera se puede acercar al altar; puede, sin quererlo, recibir el Sacramento. Pero sólo puede creer el que quiere (san Agustín). Y resulta evidente que, habiendo llegado a la edad de la razón, se requiere la libertad personal para entrar en la Iglesia, y para corresponder a las continuas llamadas que el Señor nos dirige.
Cuando se respira ese ambiente de libertad, se entiende claramente que el obrar mal no es una liberación, sino una esclavitud. El que peca contra Dios conserva el libre albedrío en cuanto a la libertad de coacción, pero lo ha perdido en cuanto a la libertad de culpa (santo Tomás de A.). Manifestará quizá que se ha comportado conforme a sus preferencias, pero no logrará pronunciar la voz de la verdadera libertad: porque se ha hecho esclavo de aquello por lo que se ha decidido, y se ha decidido por lo peor, por la ausencia de Dios, y allí no hay libertad.
-“Entonces el dueño de la casa indignado dijo a su criado: sal corriendo a las calles y plazas de la ciudad y tráete a los "pobres", a los "lisiados", a los "ciegos" y a los "cojos"”. Cuando se está satisfecho con lo que uno tiene, no se siente necesidad de nada más. Espiritualmente, somos pobres, pues siempre estamos insatisfechos, tendemos a querer todo, en el Señor.
-“El criado dijo: "Señor, todavía queda sitio". El dueño le dijo: "Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa"”. Si meditamos el Evangelio y ponderamos las enseñanzas de Jesús, no confundiremos esas órdenes con la coacción. Ved de qué modo Cristo insinúa siempre: si quieres ser perfecto…, si alguno quiere venir en pos de mí… Ese “insísteles hasta que entren” (compelle intrare) no entraña violencia física ni moral: refleja el ímpetu del ejemplo cristiano, que muestra en su proceder la fuerza de Dios: mirad cómo atrae el Padre: deleita enseñando, no imponiendo la necesidad. Así atrae hacia El (san Agustín).
La mejor esclavitud es la del Amor de Dios. Pues las otras son fruto del egoísmo. “El Amor de Dios marca el camino de la verdad, de la justicia, del bien. Cuando nos decidimos a contestar al Señor: mi libertad para ti, nos encontramos liberados de todas las cadenas que nos habían atado a cosas sin importancia, a preocupaciones ridículas, a ambiciones mezquinas. Y la libertad -tesoro incalculable, perla maravillosa que sería triste arrojar a las bestias- se emplea entera en aprender a hacer el bien.
Esta es la libertad gloriosa de los hijos de Dios (…). Nuestra fe no es una carga, ni una limitación. ¡Qué pobre idea de la verdad cristiana manifestaría quien razonase así! Al decidirnos por Dios, no perdemos nada, lo ganamos todo: quien a costa de su alma conserva su vida, la perderá; y quien perdiere su vida por amor mío, la volverá a hallar (Mt 10,39).
Hemos sacado la carta que gana, el primer premio (…) Vida de oración. Hemos de rogar al Señor -a través de su Madre y Madre nuestra- que nos aumente su amor, que nos conceda probar la dulzura de su presencia; porque sólo cuando se ama se llega a la libertad más plena: la de no querer abandonar nunca, por toda la eternidad, el objeto de nuestros amores” (J. Escrivá de Balaguer).
El Señor es generoso, tiene muchos sitios para el banquete nupcial, y quiere que invitemos a muchos. La Iglesia; abierta a todos los desgraciados de la tierra, a todos los que sufren, y salvadora de todas las miserias (Noel Quesson).
2. Continuación san Pablo con lo de ayer, nos pone delante el mejor modelo: "tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús". Y nos transmite un himno cristológico, seguramente anterior a él, que tal vez la comunidad conocía y cantaba. Es un himno que en pocas líneas expresa el misterio pascual de Cristo, su muerte y su resurrección, su humillación y su glorificación por Dios. Se nos presenta como modelo, porque “es lo que Jesús ha hecho”. He ahí la manera de vivir «en Cristo», el cual, siendo de condición divina, no quiso reivindicar su igualdad con Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres...
“Vosotros, miembros de la comunidad que es la Iglesia, trataos unos a otros como miembros de Cristo... recordaos que sois miembros de Aquel que, siendo de condición divina, se humilló, se despojó, se anonadó... sin reivindicar la superioridad divina a la cual estrictamente tenía derecho”.
En esa frase, se encuentra, a la vez: -la Gloria divina de Jesús, la afirmación de su «preexistencia» divina... -la encarnación de Jesús, la afirmación que, por su humanidad, ha renunciado a todas las prerrogativas de gloria y de honor, que pertenecían de derecho a su condición de Hijo eterno de Dios.
El término griego es además mucho más fuerte que el término «servidor»: se trata de la palabra «doulos», ¡que significa «esclavo»! Jesús ha querido ser un hombre «como nosotros» un hombre de condición humilde... y sobre todo quiso ser un "hombre sumiso", un "hombre obediente", un hombre totalmente "dependiente de la voluntad de otro" Todo esto está contenido en la palabra "imagen del servidor".
-“Apareciendo, en su porte, un hombre como los demás, se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz”. Esta humillación, esta obediencia del Hijo de Dios han sido siempre meditadas con predilección por los santos de todos los tiempos. "Hay servicio" y "servicio", escribe el Padre de Grandmaison: el servicio vistoso, recompensado, glorioso, brillante... y el servicio humilde, penoso, duro, servil, perseverante: el de un apuesto soldado y el de un esclavo...
Tal fue el servicio de Cristo. Hay que entrar en este espíritu cuando se quiere servir seriamente a Dios y revestirse de Jesucristo. De otro modo es hacer comedia. Ayúdame, Señor, a mirar de veras mi vida desde ese ángulo.
¿Cómo nos ha rescatado Cristo? Por la libre aceptación de las insondables disposiciones de Dios; por la aceptación del carácter rudo, inflexible, oneroso de la vida humana; por la obediencia a su "condición humana" que incluye la mortalidad. Aceptar la condición de hombre incluida la muerte que anida en su seno y hacia la cual se dirige día a día, viendo en ella una insondable disposición divina provinente del amor del Padre. «Salvarse» es seguir las huellas de Cristo y, contando con su gracia, adoptar su misma actitud.
-“Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre; para que, al nombre de Jesús, toda rodilla se doble, y toda lengua proclame que «Jesucristo es Señor» para gloria de Dios Padre”. Descendido de las alturas de la gloria divina donde preexistía... Hasta el fondo de la humillación y de la muerte... ¡Jesús está ahora en la cumbre de la exaltación! Tiene derecho a esas dos prerrogativas divinas: la genuflexión y la aclamación.
En todos nuestros «credo» repetimos este himno de san Pablo. Pero, sobre todo debemos vivirlo en el hondón mismo de nuestra existencia. ¿Cómo he de hacerlo yo? (Noel Quesson).
3. En el Señor encontramos la plenitud: “Los desvalidos comerán hasta saciarse, / alabarán al Señor los que lo buscan: / viva su corazón por siempre”. El amor misericordioso de Dios nos mueve a agradecimiento: “Mi descendencia le servirá, / hablarán del Señor a la generación futura, / contarán su justicia al pueblo que ha de nacer: / todo lo que hizo el Señor”.
Llucià Pou Sabaté
Fuente: www.almudi.org
domingo, 4 de noviembre de 2012
Meditación: Lunes de la semana 31 de tiempo ordinario; ciclo B. 5 de noviembre, 2012.
Meditación: Lunes de la semana 31 de tiempo ordinario; ciclo B. 5 de noviembre, 2012.
«Un sábado, enseñaba Jesús en una sinagoga. Rabia una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar. Al verla. Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad». Le impuso las manos, y en seguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la gente: «Seis días tenéis para trabajar; venid esos días a que os curen, y no los sábados». Pero el Señor, dirigiéndose a él, dijo: «Hipócritas: cualquiera de vosotros, ¿no desata del pesebre al buey o al burro y lo lleva a abrevar, aunque sea sábado?» Y a ésta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no había que soltarla en sábado?» A estas palabras, sus enemigos quedaron abochornados, y toda la gente se alegraba de los milagros que hacía.» (Lucas 13,10-17)
1º. Jesús, hay algo en esta curación que la hace distinta a las demás.
Normalmente, el que quiere ser curado viene a ti y te pide el milagro.
Entonces Tú pruebas a aquella persona para ver si tiene fe.
Una vez probada su fe, le curas diciendo: «tu fe te ha salvado».
En este caso no, Tú tomas la iniciativa: ves a aquella pobre mujer que «estaba encorvada sin poder enderezarse de ningún modo,» te apiadas de ella y la curas.
Algo parecido ocurre con otro paralítico que llevaba treinta y ocho años esperando ser curado en la piscina de los cinco pórticos, pero que no tenía nadie que le ayudara: «no tengo hombre que me introduzca en la piscina» (Juan 5,7).
Tú te acercas a él, sabiendo que llevaba ya mucho tiempo y le dices: «¿Quieres ser curado?» (Juan 5,6).
Estos dos casos me enseñan una lección importante: cuando una persona no tiene los medios necesarios para conocerte, cuando no puede «enderezarse de ningún modo» o no tiene a nadie que la introduzca a los Sacramentos y la vida de gracia, Tú aún puedes salvarlos, si encuentras un corazón recto y bien dispuesto.
No tienen fe, pero la habrían tenido si alguien les hubiera ayudado, si hubieran conocido el Evangelio.
«Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna» (CEC.-847).
2º. «Esfuérzate para que las instituciones y las estructuras humanas, en las que trabajas y te mueves con pleno derecho de ciudadano, se conformen con los principios que rigen una concepción cristiana de la vida. Así, no lo dudes, aseguras a los hombres los medios para vivir de acuerdo con su dignidad, y facilitarás a muchas almas que, con la gracia de Dios, puedan responder personalmente a la vocación cristiana» (Forja.-718).
Jesús, no te quedas callado ante la acusación del jefe de la sinagoga, por muy «indignado» que estuviera.
Y le respondes con energía «-¡Hipócritas!» desvelando la falta de lógica contra la dignidad de la persona que estaba aplicando: esa mujer vale más que cualquier buey o asno, porque es «hija de Abraham,» hija de Dios.
Del mismo modo he de esforzarme y mover a otros para que en mi lugar de trabajo y en la sociedad en que vivo, se respeten los principios que rigen una concepción cristiana de la vida.
En esta concepción, la persona alcanza su mayor dignidad, puesto que es un hijo o hija de Dios.
Jesús, por ser cristiano, no me puedo callar ante las injusticias sociales, ante un ambiente pervertido o un gobierno totalitario.
Las instituciones y estructuras humanas pueden facilitar que mucha gente responda personalmente a la vocación cristiana o pueden ahogar cualquier intento de vivir la fe en la práctica.
Que me sienta responsable y que anime a muchos a trabajar por la paz, la libertad, y la justicia en mi entorno familiar, profesional y social.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Fuente: www.almudi.org
viernes, 2 de noviembre de 2012
Meditación: Sábado de la semana 30 de tiempo ordinario; ciclo B. 3 de noviembre, 2012.
Meditación: Sábado de la semana 30 de tiempo ordinario; ciclo B. 3 de noviembre, 2012.
«Y yo os digo: «Haceos amigos con las riquezas injustas, para que, cuando falten, os reciban en las moradas eternas. Quien es fiel en lo poco también es fiel en lo mucho; y quien es injusto en lo poco también es injusto en lo mucho. Por tanto, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo vuestro? Ningún criado puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará al otro, o preferirá a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero». Oían todas estas cosas los fariseos, que eran amantes del dinero y se burlaban de él. Y les dijo: «Vosotros os hacéis pasar por justos delante de los hombres; pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que parece ser excelso ante los hombres, es abominable delante de Dios». (Lucas 16, 9-15)
1º. Jesús, mientras estoy en esta tierra he de hacer méritos para que en la otra vida me abras las puertas del Cielo.
De ahí la comparación con el administrador infiel que, antes de ser echado de su anterior trabajo, busca hacerse amigos con la fortuna de su anterior amo, para asegurarse el futuro.
Igualmente, he de utilizar las riquezas de este mundo de tal modo que, al final de mi vida, me recibas en las «moradas eternas».
Todo lo que tengo, Jesús, te lo debo a Ti: familia, inteligencia, riquezas.
Tú me has dado más o menos talentos para que los haga rendir.
Si vivo con la certeza de que todo lo que tengo es prestado y procuro utilizar mis talentos para darte gloria, entonces Tú podrás premiarme con lo que realmente es propio de un hijo de Dios: la vida eterna.
Pero si no soy fiel con lo que se me ha prestado, me quedaré sin lo que me es propio, pues «si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo vuestro?»
Jesús, me recuerdas que no puedo servir a Dios y al dinero.
El corazón acaba escogiendo: o amo a Dios sobre todas las cosas o acabaré amando a todas las cosas sobre Dios.
Esto no significa que si escojo a Dios ya no puedo disfrutar de los bienes de la tierra.
De hecho, es al contrario: el que sirve a Dios, usa las cosas como medios, no como fines: y ese desprendimiento hace que saboree las cosas con libertad.
En cambio, el que sirve al dinero y pone su corazón en las cosas materiales, pierde constantemente la paz y la alegría, porque nunca tiene bastante.
«La abundancia de riquezas no sólo no sacia la ambición del rico, sino que la aumenta, como sucede con el fuego que se fomenta más cuando encuentra mayores elementos que devorar. Por otra parte, los males que parecen propios de la pobreza son comunes a las riquezas, mientras que los de las riquezas son propios exclusivamente de ellas» (San Juan Crisóstomo).
2º. «La santidad «grande» está en cumplir los «deberes pequeños» de cada instante» (Camino.-817).
Jesús, hoy me enseñas el secreto para ser santo, con una santidad grande: cumplir el pequeño deber de cada momento.
No me puedo engañar pensando en hazañas heroicas, y a la vez descuidar ese detalle de orden o de servicio que está al alcance de la mano.
«Porque quien es fiel en lo poco también es fiel en lo mucho; y quien es injusto en lo poco también es injusto en lo mucho.»
¿Cómo cuido la presencia de Dios en mi trabajo?
¿Y la puntualidad?
¿Acabo bien los detalles o me contento con chapuzas?
¿Soy constante en la oración?
¿Hago todos los días el examen de conciencia concretando un pequeño propósito para el día siguiente?
¿Estoy pendiente de las necesidades de mi familia?
En estos deberes diarios se encuentra la santidad verdadera, porque el amor sabe detectar los detalles.
Madre, tú eres el mejor ejemplo de santidad ordinaria, de santidad en las cosas pequeñas.
Estuviste en los detalles cotidianos, haciendo todo por Jesús.
Y, como en Caná, detectas antes que nadie las necesidades ajenas y acudes a tu hijo para ayudar a resolverlas.
Enséñame a ser fiel «en lo poco» como lo fuiste tú.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Fuente: www.almudi.org
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