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domingo, 14 de agosto de 2011

Homilía Sobre la Asunción de la Virgen, basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

Homilía Sobre la Asunción de la Virgen, basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
«Reina asumpta al cielo: hoy te felicitan todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por ti»
I. LA PALABRA DE DIOS
Ap 11,19a; 12,1-6a.10ab: «Una Mujer vestida del sol, la luna por pedestal»
Sal 44,10bc.11-12 ab.16: «De pie a tu derecha está la Reina enjoyada con oro».
1Co 15, 20-26: «Primero, Cristo como principio; después, todos los cristianos»
Lc 1,39-56: «El Poderoso ha hecho obras grandes por mí; enaltece a los humildes»
II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO
El libro del Apocalipsis recoge y desvela una larga tradición que arranca de Gn 3. Se habla de una victoria. Las coincidencias son demasiadas como para pasarlas por alto: algunos han querido ver en «las alas de águila grande» que «le fueron dadas a la Mujer», una alusión a la Asunción de la Virgen. Aunque estas palabras no están incluídas en la lectura, las mencionamos por la relación con la fiesta.

La alabanza que brota de María, bendiciendo a Dios con el canto del «Magníficat», revela la inmensa gratitud de quien se siente objeto de la infinita benevolencia de Dios. La Iglesia quiere hacer suyas las alabanzas de María porque se sabe peregrina hacia el mismo cielo que Ella en cuerpo y alma ocupa. Mirando a María, encuentra su destino último. «Ha sido llevada al cielo la Virgen, Madre de Dios; ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada» (Prefacio).
III. SITUACIÓN HUMANA
La antropología cristiana proyecta sobre el hombre necesariamente ese mundo de las realidades últimas que hace que no se agote aquí en este mundo nuestra capacidad humana, María Asumpta en cuerpo y alma al cielo tiene mucho que decir al hombre de hoy. Porque en María alcanza la humanidad el grado sumo de perfección. Porque la victoria de Cristo Resucitado, no se refiere sólo al espíritu. No hay dimensión de la realidad humana fuera del alcance de la Resurrección. La carne misma llega a la gloria de Dios.
IV. LA FE DE LA IGLESIA
La fe
– María, icono escatológico de la Iglesia:
"Después de haber hablado de la Iglesia, de su misión y de su destino, no se puede concluir mejor que volviendo la mirada a María para contemplar en ella lo que es la Iglesia en su Misterio, en su «peregrinación de la fe», y lo que será al final de su marcha, donde le espera, «para la gloria de Santísima e indivisible Trinidad», «en comunión con todos los santos», aquella a quien la Iglesia venera como la Madre de su Señor y como su propia Madre: «Entre tanto la Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y el comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo» (LG 68)" (972).

– La Maternidad divina en la Asunción: (966).
La respuesta
– La esperanza de los cielos nuevos y la tierra nueva: «La Iglesia... sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo... cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo» (LG 48) (1042; cf 1043).
– Creo en la Resurrección de la carne: 988. 989. 990. 991.
El testimonio cristiano
– «Si Cristo Nuestro Señor, Justo Juez, reparte los premios, según el apóstol, con arreglo a las obras de cada uno, justo es que María, su Madre, por lo incomparable de su obra recibiera un don inefable, premio y gloria que excede a toda comparación. Tal fue su entrada corporal en el cielo, en donde se colocó a la diestra de Dios in vestito deaurato, circumdata varietate» (San Ildefonso, Sermo 2 de Assumptione B.M.)

«Con razón no quisiste, Señor, que conociera la corrupción del sepulcro la mujer que, por obra del Espíritu Santo, concibió en su seno al autor de la vida, Jesucristo, Hijo tuyo y Señor Nuestro» (Prefacio).

viernes, 6 de mayo de 2011

Homilías Domingo III de Pascua. Ciclo A. 08 de mayo 2011

1.- EL ENCUENTRO CON JESÚS NOS TRANSFORMA
Por José María Martín OSA
1.- Hoy la Palabra de Dios nos asegura que Jesús está vivo y continúa siendo el centro sobre el cual se construye la comunidad de los discípulos. Pedro afirma en el discurso del día de Pentecostés que “Dios lo resucitó”, y lo reafirma en su carta: “lo resucitó y le dio gloria”. Desde entonces sabemos en quién hemos puesto nuestra confianza, Alguien que no puede fallarnos, pues ha vencido a la misma muerte. El evangelio de los discípulos de Emaús subraya que es en el encuentro comunitario, en el diálogo con los hermanos que comparten la misma fe, en la escucha comunitaria de la Palabra de Dios, en el amor compartido en gestos de fraternidad y de servicio cuando los discípulos pueden realizar la experiencia del encuentro con Jesús resucitado.
2.- Se nos hace de noche. Los discípulos, cargados de tristes pensamientos, no imaginaban que aquel desconocido fuese precisamente su Maestro, ya resucitado. Se les había “hecho de noche”. También a nosotros a veces “se nos hace de noche”. Cuando no sabemos qué camino tomar, cuando nos encontramos solos y desanimados, cuando todo se nos vuelve en contra, cuando estamos desanimados, cuando llega la enfermedad…. Tomaron el camino equivocado, abandonaron la comunidad. Todo lo que Jesús había dicho y había hecho se había acabado con su muerte. Volvían, desanimados, a su lugar de origen. Una tentación que todos tenemos es abandonar la comunidad como ellos hicieron, es decir aislarnos y rechazar todo consejo y apoyo. No comprendemos que en esos momentos es cuando más necesitamos ayuda de los hermanos.
3.- Jesús sale a su encuentro, se hace el encontradizo. Se solidariza con su dolor y trata de darles una palabra de aliento. Les explica todo lo que decían de El las Escrituras, pero ellos no le entendieron. Tardaron en descubrir su presencia en la Palabra, hasta que sintieron «arder» su corazón. La luz de la Palabra disipaba la dureza de su corazón y «sus ojos se abrieron». Pero sobre todo, “lo reconocieron al partir el pan” en la mesa de la fraternidad. El icono de los discípulos de Emaús nos sirve para guiar el largo camino de nuestras dudas, inquietudes y a veces amargas desilusiones. Jesucristo sigue siendo nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro se vuelve pleno, la luz de la Palabra sigue a la luz que brota del «Pan de vida», por el cual Cristo cumple de modo supremo su promesa de «yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». El Papa Benedicto XVI explica que «el anuncio de la Resurrección del Señor ilumina las zonas oscuras del mundo en el que vivimos».
4.- Volvieron a la comunidad. Caminemos con la esperanza que nos da el hecho de saber que el Señor nos ayuda a encontrar sentido a todos los acontecimientos. Sobre todo, en aquellos momentos en que, como los discípulos de Emaús, pasemos por dificultades, contrariedades, desánimos... Ante los diversos acontecimientos, nos conviene saber escuchar su Palabra, que nos llevará a interpretarlos a la luz del proyecto salvador de Dios. Aunque, quizá, a veces, equivocadamente, nos pueda parecer que no nos escucha, Él nunca se olvida de nosotros. Él siempre nos habla. Nos puede faltar la buena disposición para escuchar, meditar y contemplar lo que Él nos quiere decir, pero Jesús siempre nos está esperando y se hace el encontradizo. Hay que descubrirlo... Los discípulos, nos dice el evangelio, volvieron a la comunidad. Es allí, en la escucha de la Palabra y en la comunión del pan único y partido donde se hace presente Jesús.
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2.- LA FE Y LA ESPERANZA DE LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS
Por Gabriel González del Estal
1.- Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Dicen que la fe mueve montañas y la esperanza continentes. Y no debemos olvidar que las montañas y los continentes se mueven siempre en la dirección que le marcan la fe y la esperanza. Por eso, es muy importante cuidar la dirección en la que se mueven nuestra fe y nuestras esperanzas. Los discípulos de Emaús habían tenido mucha fe y mucha esperanza en Jesús de Nazaret, viéndolo como “un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo”. Esperaban que Jesús les fuera a conducir hasta la liberación definitiva de Israel. Esa fe y esa esperanza es lo que les había dado fuerzas y alas para seguir al Maestro en su difícil y, en muchos momentos, perseguida, predicación itinerante por los caminos de Galilea. Pero Jesús murió en la cruz y ya hacía dos días que había pasado eso y… nada. Estos dos discípulos estaban desconcertados. Es verdad que algunas mujeres decían que el cuerpo de Jesús no estaba en el sepulcro y hasta algunas se habían atrevido a decir que le habían visto vivo. Pero esto no pasaba de ser “cosa de mujeres”. La fe y la esperanza de estos dos discípulos se derrumbaban por momentos, cuando iban de camino hacia la cercana aldea de Emaús. Y fue entonces cuando “Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos”. “¡Qué necios y torpes sois…!” Y a los dos discípulos comenzó a arderles el corazón. Su fe y su esperanza empezaban a cambiar y a resurgir, pero en otro sentido. Cuando de vuelta a Jerusalén oyeron que el Señor había resucitado y que se había aparecido a Simón casi se les sale del pecho el corazón. Ahora entendían: el Mesías en el que ellos tanto habían creído y en el que tanto habían esperado era, efectivamente, Jesús de Nazaret, pero no se trataba de un Mesías política y socialmente triunfante, sino de un Mesías humilde, sufriente y redentor. Como el siervo de Yahvé. En este Mesías comenzaron a creer ahora y esperaban, anhelantes, su segunda venida. Esta nueva fe y esta nueva esperanza les daba ahora fuerzas para vivir y, si fuera preciso, morir por él. La nueva fe y la nueva esperanza en el Mesías Jesús de Nazaret les había cambiado la mente y el corazón.
2.- Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída. Muchas personas de nuestro mundo, en este siglo XXI, sobre todo los más jóvenes, están ahora tan desconcertadas como los discípulos de Emaús. Ven que la fe en Jesús, tal como a ellos se la habían enseñado, declina y va de caída. Necesitamos que el mismo Jesús se acerque ahora a nosotros y camine a nuestro lado, para purificar nuestra fe y nuestras esperanzas. También nosotros necesitamos creer en un Jesús Mesías sufriente y luchador, siempre del lado de los más débiles y necesitados, que no quiere el poder ni el éxito social, sino la implantación de un orden nuevo, de un reino nuevo, donde triunfen la justicia y el amor. Este es el Jesús que quiere ahora caminar a nuestro lado, el que quiere dirigir nuestra fe y nuestras esperanzas. Una fe y una esperanza siempre nuevas y siempre renacidas. Pidámosle que se quede con nosotros, que ilumine nuestras mentes y encienda, de nuevo, nuestros corazones.
3.- Le reconocieron al partir el pan. También a nosotros, los cristianos, nos reconocerán ahora, si sabemos partir y compartir nuestro pan con todos los que tienen hambre de pan. Hambre de pan físico que sacie sus cuerpos flácidos y desnutridos, y hambre de pan de justicia y de amor que sacie el alma de las personas que buscan un reino nuevo y un orden nuevo que permita a todas las personas del mundo vivir con esperanza y dignidad. Jesús quiere caminar ahora a nuestro lado, partiendo y repartiendo este pan. Seguro que, si nosotros le dejamos caminar así a nuestro lado, muchas personas le van a reconocer a él como auténtico Mesías y a nosotros como sus auténticos seguidores.
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3.- EMAÚS: TESTIGOS Y MISIONEROS
Por Pedro Juan Díaz
1.- Seguimos avanzando en estas celebraciones pascuales llenas de gozo y alegría por la resurrección de Jesús. Los apóstoles anuncian sin ningún miedo este acontecimiento. Son TESTIGOS del resucitado. Pedro, en las dos lecturas de hoy, no hace más que decir que el fracaso en la cruz fue solo aparente, que Dios tenía poder para transformar la muerte en vida y así lo hizo con Jesús. Y que en ese acontecimiento de la resurrección hay que poner toda nuestra fe y nuestra esperanza, para que verdaderamente cambie nuestra manera de vivir. Eso les ocurrió a aquellos dos discípulos que volvían, tristes y decepcionados, de Jerusalén, camino de Emaús, porque habían visto como aquel en quien habían puesto toda su fe y su esperanza, había muerto crucificado como un bandido. Y es tanta la decepción y la tristeza que llevan, que no son capaces de reconocer al mismo Jesús, pero resucitado, en aquel hombre que se acerca a hacer camino con ellos.
2.- Le cuentan lo que han vivido en Jerusalén en esos días tan intensos y como habían visto morir a aquel que esperaban que fuera “el futuro liberador de Israel”. También le dicen que las mujeres han llegado de mañana diciendo que no habían visto el cuerpo de Jesús y que unos ángeles les habían dicho que estaba vivo. Incluso también algunos discípulos han ido a ver el sepulcro y no han visto el cuerpo de Jesús. Pero ni esto les hace abrir los ojos. Tiene que ser Jesús el que les explique todo lo que de Él se decía en toda la Escritura. Y es la Palabra de Jesús la que les hace “arder” el corazón.
3.- Finalmente, cuando Jesús hace ademán de seguir camino, estos discípulos le ofrecen acogida para pasar la noche. Y en la cena, al partir el pan, se dan cuenta de quién es verdaderamente. Y salen corriendo, deshacen el camino andado, para contar a los discípulos que están en Jerusalén que es verdad, que el Señor ha resucitado, que lo han visto por el camino y lo han reconocido al partir el pan. Y allí se encuentran con que a los demás también les ha ocurrido algo parecido. Y estalla la alegría y el gozo. ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor! ¡Aleluya!
4.- El Señor sale también hoy a nuestro encuentro, como lo hizo con aquellos discípulos suyos. Quiere encontrarse con nosotros cuando nos habla a través de su Palabra y nos hace arder el corazón. Quiere darse como alimento para nuestras vidas y parte el pan para nosotros, para que le reconozcamos en ese pan que comulgamos. Quiere acercarse a nosotros en el caminar de nuestra vida a través de personas que nos acompañan, que nos guían. También a través de los más pobres, de los que sufren, de los necesitados, de nuestros prójimos. Quiere que vayamos corriendo a anunciar a otros que le hemos visto, que está vivo y presente en nuestra vida de cada día. Nos hace testigos y misioneros, para que vayamos y anunciemos aquello que hemos visto y oído.
5.- Este es el proceso de la fe y de la esperanza, el proceso que nos lleva, día a día, a descubrir que el Resucitado está presente en la vida, incluso cuando no somos capaces de reconocerlo. Cada Eucaristía es un camino de Emaús. Aquí le reconocemos al partir el pan. Que este encuentro con el Señor Resucitado cambien nuestras tristezas y decepciones en el gozo y la alegría de saber que Él está siempre con nosotros y que acompaña nuestras vidas. Proclamemos gozosos nuestra fe como testigos suyos y salgamos, como misioneros, a anunciarlo a todos.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Homilias Domingo XXIV Semana Tiempo Ordinario. Ciclo C. 12 de septiembre 201

1.- RETORNEMOS UNA VEZ MÁS…
Por Antonio García-Moreno
1.- IDOLATRÍA DE HOY.- Otra vez el pueblo escogido se ha olvidado de Dios, le vuelve la espalda y busca un dios más fácil, más hecho a la corta medida de sus corazones. Un dios manejable, un dios al que traigan y lleven de un lado para otro. Por eso se hicieron un becerro de oro, un ídolo semejante al que habían visto en Egipto… Pobre corazón del hombre fabricándose dioses a su corta medida. Un amuleto, unos cuernos, una herradura, un gesto, una palabra, un número...
Otras veces el ídolo adorado es un hombre, una voz, un rostro, unas piernas que dan patadas o, en el peor de los casos, unos billetes verdes o azules, aunque estén viejos y manchados... Y ante todo eso se postran, por todo eso se afanan, se sacrifican sin escatimar nada. La historia, de un modo o de otro, se repite. Todos los hombres somos iguales, pueblo de dura cerviz, que se empeña en seguir su propio camino, en lugar de recorrer el que Dios ha señalado... Ojalá que reconozcamos nuestro pecado de idolatría y lo abandonemos. Ojalá volvamos nuestros ojos al Dios verdadero, el que de veras nos redime y nos salva.
No te enfades, Señor, con nuestra absurda actitud, no te llenes de ira al vernos tan lejos de ti, tan cerca de esos ídolos de nuestro cine y nuestro deporte, tan creídos en el poder mágico de cosas sin sentido. Al fin y al cabo somos hijos tuyos, obra de tus manos. Estamos bautizados, hemos sumergido en el agua a nuestro hombre viejo, lo hemos matado para hacer posible la resurrección de este hombre nuevo. Somos conquista tuya, tú nos ha ganado en el brutal combate del Calvario.
Y nos dice el texto sagrado que el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo... Repite tu gesto, tu perdón. Sí, no tomes en cuenta nuestras chiquilladas. No descargues el duro golpe de tu puño. Perdónanos una vez más. Y que tu perdón, tantas veces repetido, nos haga rectificar seriamente nuestra torcida ruta y encaminemos, decididamente, nuestros pasos hacia ti.
2.- RETORNAR SIEMPRE.- Jesús, rodeado de publicanos y pecadores, escandaliza a la gente honorable de su tiempo. Ellos, los nobles y los sacerdotes, no podían admitir que quien pretendía ser el Mesías, el Rey liberador de Israel, alternara con aquella chusma. Por eso le criticaban y murmuraban entre ellos. El Señor, como siempre, sabe lo que está ocurriendo y pronuncia entonces las más bellas y entrañables parábolas que salieron de sus labios, la de la oveja perdida y la del hijo pródigo.
¿Cómo no ha de ir el pastor en busca de la oveja perdida, cómo se va a quedar tranquilo mientras no la encuentre? Dejará, eso sí, en lugar seguro el resto del rebaño, pero luego recorrerá el valle y la montaña, palmo a palmo, para llamar con silbos de amor a la oveja extraviada. Y eso es lo que hace Cristo con cada uno de nosotros, pobrecitas pecadores, hasta que logra encontrarnos, malheridos quizás y hambrientos, tristes y solos.
Sí, Jesús es el Buen Pastor que busca a sus ovejas a riesgo de su propia vida, el que se alegra cuando la encuentra, el que la acaricia y la consuela, el que carga con ella sobre sus hombros y vuelve dichoso al redil, porque apareció la que ya se daba por perdida… Para que entendamos lo que nos quiere decir, añade Jesús la parábola de la mujer que pierde una dracma y lo revuelve todo hasta dar con ella. Y, sobre todo, por si todavía estuviera oscura su doctrina de perdón y de amor, expone la parábola del hijo pródigo. Ese hijo menor, el más querido quizá, que pide su herencia con afán de independencia y de libertad, para abandonar a su padre y malgastar lo que tanto sacrificio y trabajo había costado. Conducta cruel y absurda que revivimos en nosotros mismos cada vez que cometemos un pecado mortal.
Aquel joven libertino pronto pagaría con creces su insensatez y su maldad, pronto gustaría la amargura de la soledad, el abandono de los que le festejaban cuando tenía dinero y le volvieron la espalda cuando se le acabó. Allí, entre aquellos cerdos, rumiaba su dolor y su vergüenza, lloraba en silencio al recordar la casa de su padre, cuyos jornaleros vivían mil veces mejor que él. Recuerdo de la bondad y cariño de su padre que le hace renacer a la humilde esperanza de su perdón, aunque ya no pueda ser como antes, aunque ya no sea considerado como un hijo. Se contentaría con ser el último de sus criados. Incluso así estaría mucho mejor que entonces. En un arranque de valor y de humildad decide volver, sin importarle presentarse harapiento y vencido.
Cada atardecer se asomaba al camino aquel padre que no podía olvidar a su hijo menor y perdido, deseando su retorno con toda el alma. Por eso cuando le ve venir sale corriendo a su encuentro, lo estrecha entre sus brazos, le besa, ríe gozoso y también llora. Jesús piensa en el Padre que tanto ama a sus hijos que no ha dudado en entregar al Unigénito para redimir a los pecadores. Reflexionemos en todo esto, dejemos de una vez el andar tras del pecado, retornemos una vez más, siempre que haga falta, pobres hijos pródigos hasta la casa paterna, donde Dios nos espera con los brazos abiertos.






















2.- LA ALEGRIA DEL ENCUENTRO
Por José María Martín OSA
1.- Triunfa la misericordia. El pecado es una infidelidad al amor que Dios nos tiene, y no una mera infracción de un código externo. El pecado nos separa de Dios, principio de vida. Pero el Salmo Penitencial (nº 50) y el Evangelio de la Misericordia (las tres Parábolas del capítulo 15 de Lucas) transmiten una feliz noticia: que Dios es misericordioso y bueno con nosotros. En el fragmento del salmo se expresan dos sentimientos: el reconocimiento de nuestro pecado ante Dios y la seguridad de ser renovados por su Espíritu en lo más íntimo de nuestro ser. El perdón que Dios nos regala es una nueva creación, una renovación interior expresada mediante la imagen de "un corazón nuevo". La purificación profunda que el salmista pide a Dios produce la restauración de las relaciones con Dios. El pecador arrepentido se siente perdonado por Dios y quiere que todos lo conozcan: "Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza". Quiere que todo el mundo experimente la misericordia de Dios y se hace pregonero de su amor. Dios acepta como única ofrenda "un corazón quebrantado y humillado".
2.- Alegría que se comparte. En evangelio de Lucas se describen tres parábolas de la misericordia: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. En las tres se trata de algo que se ha perdido y que es reencontrado con alegría: la oveja perdida y encontrada, la dracma perdida y encontrada, el hijo perdido y encontrado. En los tres casos la alegría pide ser compartida y hacerse solidaria (con amigos y vecinos; con los ángeles); aquello hallado después de afanosa búsqueda representa al pecador reconciliado con Dios, perdonado por Dios. Y en esta alegría las cuentas de Dios nos desconciertan: “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”. Una oveja reencontrada parece valer más que las otras 99, una dracma más que diez. Las 99 ovejas y las nueve dracmas representan en las parábolas a quienes presumen, se sienten seguros de sí, y se anteponen a los pecadores (San Agustín). Dios misericordioso es un Padre que se alegra y hace fiesta por el hijo muerto que ha vuelto a la vida, que estaba perdido y ha sido hallado. También en la tercera parábola la alegría pide ser compartida, aunque no lo comprendió así el hijo mayor.
3.- El amor misericordioso de Dios es el protagonista de este evangelio. Está representado en el pastor que va tras la oveja perdida, en la mujer que encuentra la moneda y en el padre que espera la vuelta de su hijo. La tercera Parábola debería llamarse mejor "Parábola del Padre Pródigo en amor", o "Parábola del Padre que sale al encuentro y perdona". Es magnífico saber que a su padre no le interesa saber si su hijo está arrepentido, no le interesa conocer los motivos por los que regresa, no le importa que su hijo vuelva a hacer lo mismo otra vez. Ha vuelto a casa. ¡Qué alegría! También podríamos decir, como nos hacía ver el Papa Juan Pablo II en su Encíclica “Dives in Misericordia”, que esta parábola trata no sólo de la imagen de Dios que es Misericordia sino también de la imagen del hombre, de cuánto vale el hombre ante el amor de Dios, todo hombre, cada hombre, un pecador, de la dignidad del hombre. La Misericordia de Dios se inclina hacia el hombre no para humillarle y hacerle sentir el peso de su condición de criatura y de su pecado sino para elevarlo y enaltecerlo. Hemos de darnos cuenta de que Dios nos lleva en la palma de la mano, sólo quiere nuestra autorrealización personal. Esta es la invitación que el Padre nos hace, ¿la aceptamos?
4.- Intentar ser como el padre. La actitud de Dios es la acogida, la comprensión y el perdón. Es semejante a lo que me contó hace unos días un joven: "Una mañana cuando me dirigía al trabajo en mi coche recién estrenado fui golpeado levemente en el parachoques por otro automóvil. Los dos vehículos se detuvieron y el chico que conducía el otro coche bajó para ver los daños. Yo estaba asustado, reconocía que la culpa había sido mía. Me daba terror tener que contarle a mi padre lo que me había sucedido, sabiendo que sólo hacía dos días que mi padre lo había comprado. El otro chico se mostró muy comprensivo tras intercambiar los datos relativos a las licencias y el número de matrícula de ambos vehículos. Cuando abrí la guantera para sacar los documentos me encontré con un sobre con una nota de puño y letra de mi padre, que decía: "hijo, en caso de accidente, recuerda que a quien quiero es a ti, no al coche". Yo pensé al escuchar este relato: si esto lo hacen los padres y los amigos, cuánto más Dios que es Padre misericordioso. Pensé además, que Dios nos da siempre una nueva oportunidad. No quiero ser sólo el que recibe compasión, quiero ser el que la ofrece. Intentaré ser como el Padre.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Homilias Domingo XXIII Semana Tiempo Ordinario. Ciclo C. 5 de septiembre 201

1.- JESÚS QUIERE TIRAR DE NOSOTROS HACIA ÉL
Por Pedro Juan Díaz
1.- Cuando escucho este Evangelio me da la impresión de que Jesús quiere tirar de nosotros hacia Él, que nos acerquemos más, que le conozcamos más, que le tratemos más. La experiencia religiosa de los grandes santos de nuestra Iglesia ha sido así, cuanto más se han acercado a Dios, más felices han sido, pero más radical ha sido su seguimiento de Jesús. Es como el que se acerca al fuego, cuanto más cerca, más calor, más intensidad. Jesús nos invita a dar pasos hacia Él, en el seguimiento, en nuestra fe, y conforme nos vamos acercando va subiendo el listón, para que no nos acomodemos, para que no pensemos que ya lo sabemos todo y ya lo hemos conseguido todo, para que nos esforcemos y vivamos nuestra fe en esa tensión necesaria para no quedarnos atrás en el camino.
2.- Cada Evangelio que escuchamos es un tirón que nos da Jesús. Algunos son más suaves, pero el de hoy es un tirón de esos como cuando nos cogen de la pechera, pero sin forzar, sin obligar, con mucho amor, con mucha libertad, pero también con mucha radicalidad. Posponer los propios intereses, aceptar la dureza de la cruz de cada día, renunciar a una vida acomodada… También deliberar, calcular… La fe también puede tener su planificación. Muchos utilizamos la herramienta del Proyecto Personal de Vida para discernir los pasos que el Señor nos va pidiendo. Porque de lo que se trata en el fondo es de buscar en todo momento la voluntad de Dios, porque en ella está nuestra felicidad.
3.- La “oración de Salomón”, que es como se conoce al texto que hemos escuchado en la primera lectura, habla de cómo las personas buscamos conocer la voluntad de Dios, y como Dios pone los medios para que la encontremos. “¿Quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría, enviando tu santo espíritu desde el cielo? Sólo así fueron rectos los caminos de los terrestres, los hombres aprendieron lo que te agrada, y la sabiduría los salvó”. “Señor, ¿qué quieres de mi?” es la gran pregunta que la Palabra de Dios nos invita a hacernos cada vez que la escuchamos y la rezamos.
4.- Jesús une la llamada a seguirle a una reflexión madura, que nace de la escucha de la Palabra y del diálogo con Él en la oración. No valen los voluntarios inconscientes, que no saben ni qué quieren ni adónde van, esos que no se sientan a “calcular”, como dice el Evangelio de hoy. Tampoco sirven para el Reino los atolondrados, los que “presentan batalla” sin “deliberar” y careciendo de fuerzas. Ser discípulo de Jesús supone compartir la misma causa y la misma suerte del Maestro.
5.- Seguir a Jesús. Ese es el eje central de nuestra fe. Caminar junto a Él. Vivir como Él vivió, a su estilo, siempre cerca de las personas, de los más pobres. “Id y anunciad que el Reino de Dios está cerca”. Pero hacerlo ligeros de equipaje, sin muchos intereses, ni ataduras personales, apoyados en la fuerza del Espíritu que Dios nos regala para descubrirle cercano a nosotros, para descubrir y discernir cuál es su voluntad, qué quiere de nosotros.

2.- EL CIELO O EL SUELO, COMO OPCIÓN FUNDAMENTAL
Por Gabriel González del Estal
1.- No tenemos más alternativas: o decidimos vivir como Dios manda, o elegimos dar al cuerpo lo que nos pida. Si decidimos vivir como Dios manda tendremos que vivir luchando todos los días contra las fuerzas del mal, aceptando los sacrificios y esfuerzos que esta lucha comporta. No podremos dejarnos vencer por el egoísmo, ni por el cansancio, ni por la desilusión; deberemos levantarnos cada mañana con el propósito firme de hacer el bien y vencer al mal. Optar por el cielo es, en nuestro caso, dejarnos guiar por Dios, es decir, por el bien, por la bondad, por la justicia, por el amor, por la fraternidad. No lo vamos a tener fácil, porque el cuerpo se resiste y de lo más hondo de nuestro ser surgirán insinuaciones al mal, tentaciones, voces que nos llaman también desde el exterior invitándonos al goce y al disfrute de lo más inmediato y de lo más terreno. Nadie que opte por el cielo se va a librar de esta lucha, porque ni el mismo Cristo se libró de la misma: “el espíritu está pronto, pero la carne está débil, enferma”, escribe el evangelista. Para vencer en esta lucha no son suficientes nuestras solas fuerzas humanas, necesitamos la ayuda de Dios, la gracia de Dios, pero esta gracia y esta ayuda no nos la va a negar Dios nunca.
2.- Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío. Nuestra cruz, nuestras cruces de cada día, no nos las va a poder llevar nadie. Podremos tener cireneos que nos ayuden a llevar en algunos momentos nuestra carga, pero tendremos que ser nosotros mismos los que llevemos el peso diario y habitual de las pequeñas cruces de cada día. Vivimos en la tierra, en el suelo, y muchas veces esta tierra, este suelo, es un verdadero valle de lágrimas. Si optamos por vivir en este suelo como auténticos hijos de Dios, la cruz va a ser una carga, una sombra que nunca nos va a abandonar del todo. Es evidente que vamos a tener días buenos, días de sol y alegría, pero de las nubes y de las tormentas de cada día no nos va a librar nadie. No necesitamos buscar cruces, ellas vienen solas. Vivir como Dios manda es luchar, es sacrificarse, es aceptar la carga de pequeñas, o no tan pequeñas, cruces que la misma vida nos manda. Ser discípulo de Cristo es caminar por donde él caminó, es seguir sus pasos, desde Nazaret hasta Jerusalén, hasta el calvario y hasta la resurrección. Con la cruz de cada día a cuestas.
3.- El cuerpo mortal es lastre del alma. Después de todo, es la vieja doctrina paulina de la lucha entre el cuerpo y el alma, entre el hombre viejo y el hombre nuevo. Por mucho tiempo que pase, mientras el hombre sea hombre llevará siempre consigo, dentro de sí, esta lucha. Tenemos mucho de animal y algo mucho de ángel; el cuerpo nos inclina hacia el suelo y al alma hacia el cielo. No podemos despreciar, ni minusvalorar la importancia del cuerpo, porque somos cuerpo, pero tampoco debemos cortar las alas al ángel, porque también somos espíritu. La opción fundamental no anula, ni destruye las otras opciones, simplemente las regula y jerarquiza. No queremos vivir sólo como ángeles, ni sólo como cuerpos, queremos que el cuerpo obedezca al espíritu. Esto no es fácil, esto supone una lucha continuada y de por vida. Esto es cargar con la cruz de Cristo, para poder ser y vivir como auténticos discípulos de Cristo.

viernes, 27 de agosto de 2010

Texto para Homilia. Domingo XXII Tiempo Ordinario. Ciclo C. 29 de agosto 2010

1.- ELOGIO DE LA HUMILDAD Y DEL AMOR GENEROSO
Por Gabriel González del Estal
1.- Las lecturas de este domingo hacen un gran elogio de dos virtudes cristianas y humanas sumamente importantes: la humildad y el amor generoso. Cualquier persona que practique y viva estas dos virtudes cristianas es un santo cristiano. La humildad religiosa en primer lugar: saber situarnos ante Dios. Dios es nuestro Padre y nuestro único Señor; nosotros somos hijos de Dios, siervos y empleados de Dios. Todo lo que tenemos y somos, nuestro ser y nuestro obrar, es de Dios. Reconocer la soberanía única de Dios sobre nuestras vidas y sobre nuestras cosas, y actuar en consecuencia, eso es humildad. Somos brazos de Dios y boca de Dios. A través de nosotros Dios quiere llegar a los demás, con nuestros brazos, con nuestros pies, con nuestras palabras y obras Dios quiere construir entre nosotros su Reino. Humildad religiosa es aceptar que Dios es Dios y que nosotros somos sus humildes siervos. También la humildad social es muy importante: saber situarnos ante los demás. Los demás son nuestro prójimo, nuestros hermanos, hijos de nuestro mismo Padre, Dios. Yo no estoy puesto aquí en la tierra para mandar a mis hermanos, sino para servirles. Unas veces tendré que servir mandando, otras obedeciendo, pero siempre sirviendo. Vivir en este mundo como un hermano bueno de todos, desear que todos sean buenos y felices, no querer ser más ni menos que los demás, vivir siempre en actitud de servicio a los demás, eso también es humildad. Humildad psicológica también: no creerme más ni menos de lo que de verdad soy, con todas mis virtudes y con todos mis defectos. Aceptarme como soy y trabajar para ser cada día un poco mejor, es humildad. Dar gracias a Dios por las cosas buenas que tenemos y somos, ofrecerle con humildad nuestras imperfecciones para que nos cure y nos restaure, eso también es humildad.
2.- Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú porque no pueden pagarte. Es una invitación a lo que yo aquí he llamado el amor generoso. El amor es una palabra tan importante como desgastada en el uso ordinario. Aquí nos referimos, por supuesto, al amor cristiano y proponemos este amor como auténtico modelo de amor verdadero. Es un amor que no se basa, ni se fundamenta en el bien o en el gozo que este amor proporciona al que ama, sino en el bien que obtiene la persona amada. Es el amor de Cristo, un amor gratuito, un amor generoso. A nosotros, a los pobres y egoístas seres humanos, nos resulta muy difícil practicar este amor, pero es un amor al que debemos tender y aspirar continuamente. Es un amor al que no nos puede responder, al menos en la medida en la que nosotros le amamos, la persona a la que amamos. Por eso decimos que es un amor generoso y gratuito hasta el extremo, como lo fue el amor con el que Cristo nos amó. Ya sabemos que nunca nuestro amor será tan generoso como fue el amor de Cristo, pero este debe ser nuestro ideal. Si todas las personas humanas nos amáramos como Cristo nos amó, con amor generoso y gratuito, el mundo sería bello y maravilloso. Los santos más santos se han distinguido siempre por este amor. Con humildad, con sencillez, aspiremos también cada uno de nosotros a practicar este amor. Es seguro que Dios nos lo pagará con generosidad y el mundo empezará a ser cada día un poco más bueno.


2.- ELEGIR EL PUESTO DE LOS SERVIDORES
Por Pedro Juan Díaz
1.- El Evangelio de hoy coloca a Jesús en una situación que podríamos llamar “comprometida”. Es sábado, día de descanso judío, ha entrado en casa de un fariseo y se ha sentado a la mesa con él, además no es un fariseo cualquiera, sino “uno de los principales”, dice el Evangelio. Además es una “comida-trampa” porque le están espiando a ver cómo actúa para después echárselo en cara. Y con todo esto, Jesús no se acobarda, sino que aprovecha la situación para hacer dos pequeñas catequesis: una sobre la v anidad y la humildad, y la otra sobre la gratuidad.
2.- A la primera catequesis de Jesús le acompaña hoy también la primera lectura. La naturaleza humana tiende a engrandecerse y a vanagloriarse de sus propios éxitos, eso nos pasa a todos. Pero la sabiduría de la vida, y de la Palabra de Dios, nos orienta más bien hacia el camino de la humildad. Jesús veía que todos se peleaban por ocupar los primeros puestos y contó una parábola para explicar cómo Dios ensalza al humilde y corrige al soberbio. “Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Y el libro del Eclesiástico, en la primera lectura, pone la humildad por encima incluso de la generosidad: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios”.
3.- La segunda catequesis es sobre la gratuidad y también sobre cómo nos situamos ante las personas. “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos… invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte”. No sólo se trata de dar sin esperar nada a cambio, sino de hacerlo sin distinción de personas. ¿Por qué en la vida favorecemos a unos y dejamos de lado a otros? ¿Qué es lo que nos mueve? ¿En qué situaciones de nuestra vida nos falta humildad? ¿Cuáles son los “primeros puestos” a los que aspiramos? ¿Somos de los que buscan ascender aún a costa de “pisar” a otros? ¿Hacemos acepción de personas? ¿Reconocemos a cada persona como a un hermano? Estas preguntas nos pueden ayudar a reflexionar sobre nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios de hoy.
4.- En la Eucaristía, Jesús nos enseña a elegir el puesto de los “servidores”, de los “lavadores de pies”. Ese fue su estilo a lo largo de su vida. Seguramente lo aprendió en casa, viendo a su madre María rezar aquello del Magnificat: “El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”. Aprendamos hoy de Jesús y de María a no vanagloriarnos de nuestros pequeños triunfos y a reconocer la presencia de Dios en todo aquello que hacemos.

sábado, 21 de agosto de 2010

Homilia (1) Domingo XXI Semana Tiempo Ordinario Ciclo C. 22 de agosto 2010

NUESTRA FE NOS LLEVA NECESARIAMENTE AL COMPROMISO
Por Pedro Juan Díaz
1.- ¿Qué hubiera sido de nosotros si el mensaje de la salvación no se hubiera abierto a todos los pueblos? No lo podemos saber. Lo que sí que podemos saber es que nosotros somos esos “paganos” de los que habla el Evangelio. Nuestros antepasados fueron evangelizados y convertidos en “nuevos cristianos”. Cuando Jesús decía “vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios” pensaba también en nosotros. La fe del pueblo de Israel fue viviendo distintas etapas. Siempre creyeron que su Dios era solo uno, pero empezaron reconociendo que podrían existir otros dioses y que cada pueblo podía tener uno o más, pero que ellos sólo tenían uno. De ahí pasaron a creer que su Dios era el único para todos los pueblos y que los demás dioses eran falsos. Con el tema de la salvación ocurrió algo parecido: pasaron de creer que la salvación era para ellos solos, que eran el pueblo elegido, a creer en la dimensión universal de la salvación, es decir, en un Dios que había creado todo el mundo y toda la humanidad y que, por tanto, ofrecía y abría la salvación a todas las personas.
2.- Ya el profeta Isaías lo anuncia en este “pregón” que puede ser la primera lectura de hoy. El profeta hace una gran convocatoria para todos los pueblos, incluyendo los paganos, en el monte santo de Sión, en Jerusalén. Todos están convocados a contemplar la gloria y la fama de Dios. La salvación que Dios ofrece es universal para todos sus hijos e hijas, porque Él lo ha creado todo y nos ha creado a todos. Y Jesús lo avala hablando de una Mesa en la que se sentarán gentes de todos los puntos cardinales, “de oriente y de occidente, del norte y del sur”. Por tanto, y esta es la segunda idea de hoy, la salvación no está “reservada” y exigen una gran responsabilidad. “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha”. La pertenencia a un grupo determinado no nos asegura nada, porque “hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos”. ¿Qué quiere decir Jesús con todo esto? Que nuestra fe nos lleva necesariamente al compromiso. Que, aunque el Señor nos ofrece la salvación de manera gratuita, esa salvación es acogida por nosotros a través de un compromiso moral y una exigencia de vida, es decir, a través de un estilo de vida. No podemos vivir como los paganos, que no conocen a Dios, decía San Pablo. Nuestra vida ha de ser reflejo de esa fe y de esa salvación que el Señor nos regala y que nosotros acogemos.
3.- Por eso no es cuestión de conformarnos con lo que hacemos y ya, la fe siempre nos exige un poquito más, un paso más, para acercarnos cada vez más a Dios, para conocerle mejor, para amarle más, para seguirle más de cerca, más comprometidos con la vida, con nuestros hermanos y hermanas, especialmente con los más pobres y desfavorecidos. No nos podemos conformar con nuestras prácticas religiosas. La fe se vive; su espacio de realización es la vida; somos cristianos en nuestro día a día, no solo cuando venimos a la Iglesia. Aquí dentro es muy fácil ser cristiano, pero el “esfuerzo” que nos pide el Evangelio hoy, la “puerta estrecha” está ahí fuera.
4.- Para poder salir ahí fuera y ser signo de la presencia amorosa de Dios entre las personas necesitamos vivir este encuentro aquí dentro. Necesitamos encontrarnos con otros hermanos, vivir la fraternidad, reconocer al Señor Jesús en medio de nosotros, alimentarnos con su Pan de Vida y sentirnos enviados a anunciar la salvación de Dios a todas las personas. Ojala que este encuentro semanal sea revitalizador para nuestra fe y nos haga salir a la vida con fuerzas renovadas.

Homilia (2) Domingo XXI Semana Tiempo Ordinario Ciclo C. 22 de agosto 2010

ESFORZARSE POR ENTRAR POR LA PUERTA ESTRECHA
1.- LA GLORIA DE UNA RAZA.- Las fronteras cerradas y estrechas del judaísmo se rompen con la llegada del Mesías. Antes de venir Cristo, los judíos pensaban que sólo los hijos de Abrahán, los de raza hebrea, podrían entrar en el Reino de Dios. Llevados de esa enseñanza procuraban no mezclarse con los gentiles, hasta el punto de considerar que era una mancha entrar en una casa de paganos. En contraste con esta doctrina Jesús enseña que no es la sangre ni la carne la que salva, que no basta con tener por antepasados a los patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob para entrar en el Reino.
Ante el escándalo de sus oyentes, Cristo llega a afirmar que Dios puede hacer brotar hijos de Abrahán, de las mismas piedras. Y que muchos de Oriente y de Occidente se sentarán un día en la mesa del Reino... Entre nosotros puede ocurrir algo parecido. Podemos pensar que por el mero hecho de pertenecer a una familia cristiana ya somos cristianos. Hay que salir de ese error. Se es cristiano no por unas creencias o por unas prácticas semanales, sino por toda una vida en conformidad con el Evangelio.
La gloria de Dios, ese resplandor que llena de gozo y de paz el corazón del hombre. Ver la gloria divina, en efecto, es suficiente para colmar todas las ansias que acucian el espíritu humano. Buena prueba de ello es la exclamación de san Pedro cuando, en el Tabor, contempla por unos momentos la gloria del Señor y dice lo bien que se está allí. Es cierto que esa gloria sólo en el cielo se podrá contemplar plenamente, gozando sin término el mayor bien que jamás podremos ni imaginar. Pero también es cierto que el gozo de la vida eterna se comienza a gustar en esta vida de aquí abajo. Por eso los cristianos que son fieles son también felices.
El Señor, deseoso de nuestra felicidad, quiere adelantarnos algo de la dicha y la alegría del cielo. Por eso se preocupa de señalarnos bien claro el camino que hemos de recorrer por medio de sus Mandamientos, inscritos en nuestro mismo corazón como una Ley natural que determina lo bueno que nos beneficia y lo malo que nos perjudica. Es una Ley que él da a todos los hombres, pues todos están destinados a ser sus hijos, a gozar un día de la gloria eterna, y a pregustar, entre amarguras quizá, el sabor inefable de su cercanía y su amor.
2.- AMOR Y TEMOR.- San Lucas nos presenta en el Evangelio de hoy a Jesús que camina hacia Jerusalén. Es un viaje prolongado que el tercer evangelista refiere en más de una ocasión. En este detalle han visto los exégetas la intención de presentar toda la vida pública de Jesucristo como un largo itinerario hacia la Ciudad Santa, el lugar del sacrificio supremo del Señor, y también de victoria total sobre la muerte y sus enemigos. Jesús avanza, día a día, hacia la inmolación de su vida en la cruz, camina sin tregua hacia la entrega decidida y generosa a la voluntad del Padre. Es un itinerario largo, y penoso a veces, que conduce, sin embargo, al triunfo y la gloria. Un recorrer las etapas que conducen a la salvación, un ejemplo claro para que también nosotros hagamos de nuestros días un camino, empinado o llano, que nos lleva hasta Jerusalén, hasta la cruz y la gloria.
Alguien le propone al Señor una cuestión que a todos nos interesa, ya que a todos nos afecta. Le dicen si serán pocos los que se salven. La misma formulación parece esperar ya una respuesta restrictiva. No obstante, Jesús no responde en ese sentido. Se limita a decir que hay que esforzarse por entrar por la puerta estrecha. Añade que muchos intentarán entrar y no podrán hacerlo. Pudiera parecer a primera vista que entonces serán menos los que se salven que los que se condenen. En realidad el Señor sólo dice que lo intentarán inútilmente. Eso no excluye que sean más los que también lo intenten con buen resultado. Por otra parte, hemos de pensar que el sacrificio redentor de Jesucristo es de un valor infinito, capaz de cubrir con el amor que supone todos los pecados del mundo.
Además hemos de tener presentes otros pasajes de las Sagradas Escrituras en los que se habla de la muchedumbre enorme que nadie podría contar. Así en el Apocalipsis, además de los escogidos de Israel, se habla de esa multitud innumerable perteneciente a toda nación, tribu, pueblo y lengua. Otro dato que nos ha de llenar de esperanza es el saber que en Dios destaca de forma particular su misericordia, su capacidad infinita de perdón y de olvido. Dios es amor, nos dice san Juan en una descripción sencilla y entrañable. Amor que sabe de compasión, de comprensión y de perdón. Sin embargo, no nos engañemos, no nos fijemos sólo en un aspecto de la cuestión. En este mismo pasaje habla Jesús de que habrá quienes se queden fuera, quienes sean arrojados a las tinieblas exteriores, al fuego eterno donde reina la tristeza y el dolor, donde habrá llanto y rechinar de dientes... Ojalá que el amor divino nos mueva eficazmente a cumplir siempre la voluntad de Dios. Y si tan grande amor no nos mueve, que al menos nos conmueva la terrible y cierta amenaza de un castigo eterno.

viernes, 13 de agosto de 2010

Homilia (1) Misa Asunción de la Virgen. Domingo XX Semana Tiempo Ordinario Ciclo C. 15 de agosto 2010

1.- MARÍA FUE CAPAZ DE ESPERAR POR ENCIMA DE TODO
Por Pedro Juan Díaz
1.- En mitad de un mes de agosto caluroso, la Iglesia nos presenta a la Madre que hoy asciende al cielo, como regalo de su hijo Jesús, que la quiso preservar de la muerte. En definitiva, es un recordatorio sobre nuestra vida y nuestra fe, que al final serán también una victoria sobre la muerte y sobre todo lo negativo que hay en nuestro mundo y en nosotros. Y eso lo expresan muy bien las lecturas de hoy.
2.- La primera lectura es del libro del Apocalipsis, un libro bastante desconocido por los propios cristianos. Quizá alguien, al oír todo aquello de la mujer vestida de sol y estrellas y del dragón de las cabezas y los cuernos habrá pensado en historias de ciencia-ficción con extraños seres de otras galaxias. Y, sin embargo, la primera lectura no nos contaba ningún cuento, sino que precisamente nos explicaba por qué los cristianos creemos que la vida de las personas es toda ella una llamada a la fiesta, a la alegría. Y nos lo explicaba quizá del mejor modo que esas cosas pueden explicarse: con imágenes, como una historieta.
3.- Una mujer llena de luz, una mujer que reúne todas las esperanzas de las personas, toda nuestra historia de ilusiones y desencantos, todo el camino que la humanidad entera ha realizado desde el principio con sus aciertos y sus dificultades. Y de ahí, de esa mujer, de esa historia, con el dolor de un parto, nace un niño, un hijo que va a cumplir todas esas esperanzas. Un niño que se pone al frente de la humanidad para conducirla, para guiarla. Un niño que es el Mesías y que representa a todos aquellos que con la fuerza del Mesías se esfuerzan por construir esas esperanzas, colaboran en que se haga realidad ese sueño de vida que la humanidad alimenta en el fondo de su corazón.
4.- Y luego viene la segunda parte de la historia: el dragón esperando enfrente de la mujer, enfrente de la humanidad, dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera, dispuesto a hacer imposible que las esperanzas de los hombres se conviertan en realidad. El dragón, la bestia, todo aquello (la cerrazón, el ídolo del dinero, la envidia, el afán de dominio de los hombres y las naciones), todo aquello que en el mundo impide que los hombres puedan vivir de verdad el gozo y la fiesta de la esperanza, el gozo y la fiesta de Dios. Y no sólo eso: también la enfermedad, también la impotencia ante nuestras limitaciones, también, finalmente, la muerte. Pero la conclusión de todo no será -dice la lectura- la victoria de la bestia. La conclusión, nos dice la historia, será la victoria de Dios, la victoria de aquel hijo, la victoria, en definitiva de la mujer. Al final ganará la esperanza, ganará la promesa de Dios, ganará, en definitiva, la humanidad.
5.- Y en la segunda lectura, San Pablo, como si de un himno se tratara, se complace hablando a los cristianos de la ciudad de Corinto de lo que Dios les promete: Jesucristo ha resucitado y como él todas las personas estamos llamados a vivir con toda plenitud. Jesús ha sido el primero que ha alcanzado la vida plena, la perfección del ser hombre. Y como él todas las personas, la humanidad entera, está llamada a avanzar hacia esa perfección.
6.- En Jesús tenemos la certeza de que nuestro camino humano es un camino que lleva hacia la superación de todo cuanto haya de mal en nuestra vida: la supresión de toda esclavitud, de toda envidia de todo poder y fuerza que coloque a unas personas por encima de otras. Esta segunda lectura nos dice que, si sabemos mirar las cosas, podemos descubrir a cada momento la verdad de que nuestro mundo camina hacia una relación más fraterna entre las personas. Aunque a menudo no lo parezca, aunque a veces pensemos que las cosas van cada vez peor, siempre podemos ver en torno nuestro realidades de amor, pequeñas o grandes; siempre podemos ver que la lucha solidaria puede suprimir una injusticia, siempre podemos ver que, pese a todo, también nosotros somos capaces de esforzarnos para poner a nuestro alrededor amor y no egoísmo, paz y no dominio, buena voluntad y no ganas de ser más que los demás.
7.- De este modo si creemos en Jesús, podemos ver realizado lo que dice san Pablo: "Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos -todo lo que sea mal, todo lo que sea falta de verdad y de amor- estrado de sus pies". Y podemos descubrir garantías de que se realizará la última victoria que esta lectura nos anuncia: "El último enemigo aniquilado será la muerte". TODAS LAS BARRERAS QUE IMPIDEN LA FELICIDAD DEL HOMBRE SON DESTRUIDAS. E incluso la más fuerte de todas, la más absurda de todas, la de la muerte. Jesús resucitado, el único Señor, es nuestra seguridad.
8.- Finalmente, en el Evangelio vemos que en María se ha realizado lo que su cántico proclama. María fue capaz de confiar en el Señor, fue capaz de esperar por encima de todo, fue capaz de vivir apoyada en las promesas de Dios y no en sus méritos o su riqueza. Por ello Dios la escogió y la amó. Porque Dios colma de bienes a los pobres, y a los ricos los despide vacíos. Porque Dios dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. Porque Dios cumple lo que promete a los hombres. Porque Dios es fiel, y con Jesús nos ha marcado el camino hacia la vida. María ha creído. María ha acogido la oferta de vida que el Padre ha hecho a todos los hombres y la ha seguido. María, de este modo, se ha convertido en imagen de la Iglesia que camina hacia el Padre, modelo de esperanza e impulso para la humanidad entera. En la alegría de esta fiesta, participemos juntos de la Eucaristía que es prenda de lo que esperamos y fuerza para caminar hacia nuestra esperanza. Para construir ya ahora, cada día, el amor en que creemos.

Homilia (2) Misa Asunción de la Virgen. Domingo XX Semana Tiempo Ordinario Ciclo C. 15 de agosto 2010

2.- LA PROFECÍA DEL MAGNIFICAT
Por Ángel Gómez Escorial
1.- Acabamos de escuchar el Magnificat, la oración de la Virgen María, expresada tras los primeros momentos de la visita a su prima, Isabel, en la montaña de Judea. No hay oración más hermosa en toda la escritura ni otra que ofreciese una tan grande trascendencia profética. "Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí" Las generaciones posteriores a María se han postrado ante la maravilla que fue su vida en la tierra, haber sido Madre de Dios y coautora de la Redención. Y luego como permanente intercesora de todas las necesidades de sus hijos.
El Magnificat va a continuar marcando la extraordinaria proeza de Dios en la relación con su criatura. Y va a centrar en este sentido la justicia del Reino cuando dice: "Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos." Algún autor ha llamado a este párrafo de la Oración de la Virgen María como "revolucionaria", pero eso es un solo un concepto relativo. Vale más decir que es justa, portadora de justicia divina. No prevalecen junto a Dios los soberbios y despide vacíos a los ricos porque sus riquezas, muy probablemente, procedan de la explotación de los pobres. Despedirlos vacíos es, simplemente, hacer justicia. Y que tener en cuenta que María de Nazaret profetizó con el Magnificat y que sus palabras, más pronto o más tarde, se cumplirán.
2.- La Misa de la solemnidad de la Asunción de María nos ofrece este fragmento del evangelio de San Lucas que contiene el relato de la Visitación. María al saber, por el anuncio del ángel, que su prima esta embarazada, acude a visitarla a un remoto y escarpado lugar. Y al llegar, el niño que crece en el seno de Isabel, salta de gozo al reconocer que el Señor Jesús está también muy cerca, en las entrañas de María. Nunca nadie hubiera podido crear un texto tan perfecto de cara a una catequesis favorable a la vida y contraria al aborto. Hace ya 2000 años se transcendía la vida real y efectiva situada en el seno materno. Pocos comentarios más hacen falta. El gozo de las dos mujeres, gracias al Espíritu Santo, por la importancia del fruto de su maternidad y la trascendencia futura de las misiones de los dos niños da eternidad a la escena. La vida va a seguir y los hombres podrán salvarse.
3.- En la primera lectura, sacada del Apocalipsis de Juan, se lee un episodio subyugador. Una mujer encinta y coronada con doce estrellas marcha al desierto y la persigue un dragón que quiere devorar el fruto de su vientre. En la tradición de los exegetas dicha mujer es la Iglesia y, por supuesto, el niño es Cristo. Pero es fácil suponer que la escena parece muy adecuada al papel de María. Ya Herodes, que formaba parte reino del mal, busca al Niño Dios para matarle y se produce la matanza de los Inocentes. La presencia de un Salvador en la tierra no podía agradar al Malo que buscaba --busca-- esclavizar con la mentira y el engaño al género humano. Cualquier fuerza contraria a esa posibilidad tiene que ser eliminada. La guerra de la Cruz, la predisposición terrible de los dirigentes religiosos judíos de entonces --y de una parte del pueblo hebreo coetáneo del Señor-- es algo que también puede inscribirse en la el episodio de la mujer y del dragón que nos cuenta el Apocalipsis. Y por ello es lógico que lo leamos hoy en la gran fiesta dedicada a María.
4.- San Pablo entra de lleno en el antagonismo entre vida y muerte en su Primera Carta a los Corintios. Dice: "Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida". Y narra el acceso final al Reino de Dios. Todos los enemigos serán doblegados en los últimos días. Y hay uno muy significado: "El último enemigo aniquilado será la muerte". Jesús nos ha prometido la Resurrección y la incorruptibilidad futura de nuestros cuerpos. Es lógico que Él no permitiese la disgregación del cuerpo de su Madre en el sepulcro. Se adelantaba a los demás mortales, como el mismo Jesús había sido primogénito de entre los muertos. Y es esa presencia de la Virgen María --cuerpo y alma-- en la Gloria de Dios lo que hoy celebra todo el orbe católico. Y que nosotros debemos valorar convenientemente.
5.- María, como Madre de toda la humanidad, es nuestra gran intercesora. Generación tras generación de creyentes han sabido descubrir la gracia y la bondad de la Señora como camino importante hacia el mejor entendimiento de la figura de Jesús. María es el mejor atajo para llegar cuanto antes a Cristo. Ella está cerca de nosotros en todo momento y circunstancia. Los tiempos de inquietud y tribulación, cuando todo parece que se mueve bajo nuestros pies, marcan la excelencia de la dedicación de la Virgen María a sus hijos. Una jaculatoria, una mirada dirigida a una imagen es suficiente para que nuestro entorno cambie y nos veamos en la dirección exacta. Jesús no va a negar nada a su Madre, pero ella tampoco nos va negar nada a nosotros que suponga un camino de verdad y de justicia, como muy bien se dice en el profético canto del Magnificat.

sábado, 7 de agosto de 2010

Homilia (1) Domingo XIX Semana Tiempo Ordinario Ciclo C. 8 de agosto 2010

1.- ¿SOMOS RESPONSABLES?
Por José María Martín OSA
1. - Donde está tu tesoro está tu corazón. Cuentan que un joven recibió en sueños una gran revelación: en el cruce de dos caminos cercanos a su aldea había un gran tesoro. Sólo tenía que ir allí y remover la tierra para conseguirlo. Ni corto ni perezoso se dirigió a aquel lugar. Estuvo todo el día cavando, retirando las piedras y apartando la tierra. Cuando ya estaba derrumbado y agotado por el duro trabajo pasó por aquel cruce un sabio que le preguntó qué estaba haciendo. Al explicarle su sueño el sabio le dijo que él también había tenido un sueño parecido, pero que el tesoro de su sueño estaba dentro de una casa que tenía dos ventanas, un hermoso porche a la entrada un tejado de color rojo. El joven recapacitó y se dio cuenta de que la casa de la que le estaba hablando aquel desconocido era su propia casa. Salió corriendo hacia su domicilio y excavó justo al lado de la puerta y encontró un hermoso cofre. Se dio cuenta de que el tesoro lo había tenido muy cerca, en su propia casa durante muchos años y no se había dado cuenta del hecho. Puede que nos ocurra a nosotros lo mismo. Dentro de nosotros está la felicidad, pero hace falta descubrirla. Ya lo advertía un experto en búsqueda de la felicidad, Agustín de Hipona, quien hace dieciséis siglos y después de una larga experiencia vital de búsqueda, escribía: "No vayas fuera, busca en tu interior, pues en el hombre interior habita la verdad". Un buen programa para este verano: profundizar en nuestro interior para encontrarnos con nosotros mismos y con Dios. Nuestro tesoro es el conocimiento de Dios. Así lo ha manifestado el Papa Benedicto XVI, quien después de aconsejarnos que mirar a Cristo es el secreto de la felicidad, nos dice: "Tener trato con Dios es para mí una necesidad. Tan necesario como respirar todos los días....Si Dios no estuviese aquí presente yo ya no podría respirar de manera adecuada". Cuando uno encuentra a Cristo opta por El, lo demás pasa a ser secundario, es capaz de renunciar a cualquier cosa por seguirle, porque el llena plenamente nuestro corazón. Y ahora pregúntate: ¿dónde está tu tesoro?, ¿has optado por Cristo?, ¿a qué estás dispuesto a renunciar por El?
2.- Jesús, nuestro Señor, nos ha entregado a cada uno de nosotros una responsabilidad: cualidades, aptitudes, capacidades para cultivar y usar, pero también para cuidar mientras Él regresa. No debemos dormir, ni actuar como el empleado infiel, sino hemos de estar vigilantes y despiertos y trabajar por hacer un mundo mejor. No por temor al castigo, sino por amor a Dios y por no defraudar lo que El espera de nosotros. El temor del Señor no es miedo, sino respeto y agradecimiento a Dios, que nos han entregado muchos dones y espera que los pongamos al servicio de los demás. Alguien dijo que su anhelo mayor es presentarse ante Dios con el corazón lleno de nombres: los de todas las personas a las que ayudó, sirvió y amó. Nosotros, como siervos suyos, tenemos que cuidar de lo que puso en nuestras manos. Nuestro Señor desea que los talentos que nos ha dado sean multiplicados, y que cuando nos pida cuentas salgan favorables para su Reino.
3.- Mantenerse en vela y preparado. No hay persona en el mundo que pueda vivir tu vida por ti. Cada cual debe tener disponible su lámpara con aceite suficiente. El aceite hace referencia a la energía que mueve nuestro espíritu: la oración, los sacramentos. Si el señor es Cristo, el encuentro con El es también personal, aunque los demás puedan ayudarte a llegar a El. Sólo si le amas de verdad, si le buscas, si le deseas podrás conocerle. Tienes que mantenerte en vela. Todo es gracia. La tarea, por nuestra parte, no es más que la respuesta a un don que nos hemos encontrado entre las manos. El "Amo", pues, nos entrega algo para que trabajemos. Hay personas que tienen gran influencia sobre los demás, otras son muy serviciales, otras, en cambio, son capaces de entregarse con heroísmo al cuidado de gente enferma, los hay con una profesión, con un trabajo, con unos estudios, con una responsabilidad concreta en la sociedad. "Yo estoy en paz con Dios porque no hago daño a nadie, porque no me meto con nadie, y voy a misa y rezo". No es eso, sólo, lo que quiere Dios, no es eso lo que predica Jesús. Un cristiano no queda en paz con Dios porque no haga daño a nadie. Un cristiano queda en paz con Dios cuando se esfuerza para que crezca un poco más en el mundo la esperanza, el amor, la fe. Si uno quiere ser fiel, sin duda se encontrará con momentos poco claros, y se equivocará probablemente más de una vez, pero Dios podrá decirle al final de su vida, que ha sido fiel en lo que Él quería: que los dones que Él ofrece a los hombres den fruto. ¿Soy consciente de lo mucho que he recibido de Dios? El solo hecho de tener la vida, es un don que ya hemos recibido. Sería bueno descubrir en cada uno de nosotros todo lo que produce vida, sólo así podremos ser agradecidos. Se nos va a exigir mucho, porque mucho es lo que hemos recibido. Esta es nuestra responsabilidad…

Homilia (1) Domingo XIX Semana Tiempo Ordinario Ciclo C. 8 de agosto 2010

1.- ¿SOMOS RESPONSABLES?
Por José María Martín OSA
1. - Donde está tu tesoro está tu corazón. Cuentan que un joven recibió en sueños una gran revelación: en el cruce de dos caminos cercanos a su aldea había un gran tesoro. Sólo tenía que ir allí y remover la tierra para conseguirlo. Ni corto ni perezoso se dirigió a aquel lugar. Estuvo todo el día cavando, retirando las piedras y apartando la tierra. Cuando ya estaba derrumbado y agotado por el duro trabajo pasó por aquel cruce un sabio que le preguntó qué estaba haciendo. Al explicarle su sueño el sabio le dijo que él también había tenido un sueño parecido, pero que el tesoro de su sueño estaba dentro de una casa que tenía dos ventanas, un hermoso porche a la entrada un tejado de color rojo. El joven recapacitó y se dio cuenta de que la casa de la que le estaba hablando aquel desconocido era su propia casa. Salió corriendo hacia su domicilio y excavó justo al lado de la puerta y encontró un hermoso cofre. Se dio cuenta de que el tesoro lo había tenido muy cerca, en su propia casa durante muchos años y no se había dado cuenta del hecho. Puede que nos ocurra a nosotros lo mismo. Dentro de nosotros está la felicidad, pero hace falta descubrirla. Ya lo advertía un experto en búsqueda de la felicidad, Agustín de Hipona, quien hace dieciséis siglos y después de una larga experiencia vital de búsqueda, escribía: "No vayas fuera, busca en tu interior, pues en el hombre interior habita la verdad". Un buen programa para este verano: profundizar en nuestro interior para encontrarnos con nosotros mismos y con Dios. Nuestro tesoro es el conocimiento de Dios. Así lo ha manifestado el Papa Benedicto XVI, quien después de aconsejarnos que mirar a Cristo es el secreto de la felicidad, nos dice: "Tener trato con Dios es para mí una necesidad. Tan necesario como respirar todos los días....Si Dios no estuviese aquí presente yo ya no podría respirar de manera adecuada". Cuando uno encuentra a Cristo opta por El, lo demás pasa a ser secundario, es capaz de renunciar a cualquier cosa por seguirle, porque el llena plenamente nuestro corazón. Y ahora pregúntate: ¿dónde está tu tesoro?, ¿has optado por Cristo?, ¿a qué estás dispuesto a renunciar por El?
2.- Jesús, nuestro Señor, nos ha entregado a cada uno de nosotros una responsabilidad: cualidades, aptitudes, capacidades para cultivar y usar, pero también para cuidar mientras Él regresa. No debemos dormir, ni actuar como el empleado infiel, sino hemos de estar vigilantes y despiertos y trabajar por hacer un mundo mejor. No por temor al castigo, sino por amor a Dios y por no defraudar lo que El espera de nosotros. El temor del Señor no es miedo, sino respeto y agradecimiento a Dios, que nos han entregado muchos dones y espera que los pongamos al servicio de los demás. Alguien dijo que su anhelo mayor es presentarse ante Dios con el corazón lleno de nombres: los de todas las personas a las que ayudó, sirvió y amó. Nosotros, como siervos suyos, tenemos que cuidar de lo que puso en nuestras manos. Nuestro Señor desea que los talentos que nos ha dado sean multiplicados, y que cuando nos pida cuentas salgan favorables para su Reino.
3.- Mantenerse en vela y preparado. No hay persona en el mundo que pueda vivir tu vida por ti. Cada cual debe tener disponible su lámpara con aceite suficiente. El aceite hace referencia a la energía que mueve nuestro espíritu: la oración, los sacramentos. Si el señor es Cristo, el encuentro con El es también personal, aunque los demás puedan ayudarte a llegar a El. Sólo si le amas de verdad, si le buscas, si le deseas podrás conocerle. Tienes que mantenerte en vela. Todo es gracia. La tarea, por nuestra parte, no es más que la respuesta a un don que nos hemos encontrado entre las manos. El "Amo", pues, nos entrega algo para que trabajemos. Hay personas que tienen gran influencia sobre los demás, otras son muy serviciales, otras, en cambio, son capaces de entregarse con heroísmo al cuidado de gente enferma, los hay con una profesión, con un trabajo, con unos estudios, con una responsabilidad concreta en la sociedad. "Yo estoy en paz con Dios porque no hago daño a nadie, porque no me meto con nadie, y voy a misa y rezo". No es eso, sólo, lo que quiere Dios, no es eso lo que predica Jesús. Un cristiano no queda en paz con Dios porque no haga daño a nadie. Un cristiano queda en paz con Dios cuando se esfuerza para que crezca un poco más en el mundo la esperanza, el amor, la fe. Si uno quiere ser fiel, sin duda se encontrará con momentos poco claros, y se equivocará probablemente más de una vez, pero Dios podrá decirle al final de su vida, que ha sido fiel en lo que Él quería: que los dones que Él ofrece a los hombres den fruto. ¿Soy consciente de lo mucho que he recibido de Dios? El solo hecho de tener la vida, es un don que ya hemos recibido. Sería bueno descubrir en cada uno de nosotros todo lo que produce vida, sólo así podremos ser agradecidos. Se nos va a exigir mucho, porque mucho es lo que hemos recibido. Esta es nuestra responsabilidad…

Homilia (2) Domingo XIX Semana Tiempo Ordinario Ciclo C. 8 de agosto 2010

2.- LA FUERZA DE LA FE EN DIOS
Por Gabriel González del Estal
1.- Probablemente, la fe en Dios ha sido la fuerza más poderosa que ha movido a millones de personas a lo largo de la historia de la humanidad. No me refiero, en este momento, a los líderes o protagonistas principales de la historia, sino a los millones de personas anónimas para quienes la fe en Dios fue su principal sostén y alimento. “Vela ahí, Dios lo ha querido”; “estaría de Dios”; “que sea lo que Dios quiera”; “gracias a Dios”; “que Dios nos coja confesaos”; “cuando Dios nos lo manda, por algo será”. Estas expresiones y otras muchas parecidas que decían tan frecuentemente nuestros abuelos y abuelas eran fruto y consecuencia de una actitud de resignación y consuelo que sólo encontraban explicación y razón de ser en su fe en Dios. Sin la fe en Dios muchas de esas personas se hubieran derrumbado y desesperado. Todavía hoy día, aunque en número muchísimo menor, se encuentran personas profundamente creyentes que, ante una grave enfermedad, o ante una gran desgracia, encuentran fuerza y ánimo para luchar gracias a su fe en Dios. Es cierto que la fe en Dios tiene hoy, para la mayor parte de las personas, una importancia menor, pero sigue siendo verdad que, en general, la fe en Dios es, para los que la tienen, fuente de fortaleza y de ánimo. Encauzar rectamente la fuerza que nos debe proporcionar nuestra fe en Dios es una tarea psicológica y espiritual que no debemos abandonar nunca.
2.- Los hijos piadosos… se imponían esta ley sagrada: que todos los santos serían solidarios en los peligros y en los bienes. Los “hijos piadosos” a los que se refiere el libro de la Sabiduría son los judíos del tiempo del éxodo que vieron y sintieron a Dios como la causa primera de su liberación. El sentirse hijos del mismo Dios les animaba a comportarse como hermanos, ayudándose mutuamente en los peligros y compartiendo los bienes. Para estos judíos piadosos era evidente que su fe en Dios debía ser siempre su principal fuerza para vencer al mal y hacer el bien. Nosotros, los cristianos, creemos que nuestra fe en Dios nos obliga a ser solidarios no sólo con “los santos”, o con los de nuestra misma religión, sino con todas las personas, porque todos somos hijos del mismo Dios, de un Dios liberador.
3.- La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve. La esperanza es la fuerza que alimenta la fe. Sin esperanza la fe se desinfla y se pierde. El patriarca Abrahán fue capaz de esperar que la promesa de Dios se cumpliría, aun cuando, humanamente hablando, todo hacía prever que no se iba a cumplir. Nuestra esperanza debe ser siempre una esperanza activa, que nos impulse y nos dé fuerza para seguir caminando con fortaleza y ánimo. Una persona que vive animado por una esperanza activa suele ser una persona más eficaz y más alegre que las personas desesperanzadas. El patriarca Abrahán debe ser nuestro modelo de fe y nuestro modelo de esperanza.
4.- Ustedes estén como los que aguardan a que su señor vuelva. La esperanza activa exige vigilancia activa. Cuando esperamos a alguna persona querida o importante nos preparamos para recibirle lo mejor que sepamos y podamos. Así, nuestra vida debe ser una continua espera vigilante. La vigilancia nos exige una continua preparación y una continua atención. Somos viajeros y caminantes que esperamos encontrarnos, al final de nuestro camino, con nuestra anhelada tierra prometida. Si nuestra fe es firme, también nuestra esperanza y nuestra actitud vigilante serán firmes y continuadas. No es fácil tener fe y esperar en lo que no se puede ver con los ojos del cuerpo, pero así es nuestra fe religiosa. Creemos en Dios y esperamos en Dios, porque nos fiamos de Dios. La fe activa del patriarca Abrahán estuvo siempre sostenida por su confianza en Dios.

sábado, 17 de julio de 2010

Texto para Homilia. Domingo XVI Tiempo Ordinario. Ciclo C. 18 de julio 2010 (1)

HOSPITALIDAD
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LA OPCIÓN DE MARÍA
Por Pedro Juan Díaz
1.- Marta y María son dos personajes paradigmáticos de nuestra fe. Siempre los hemos presentado de manera opuesta, la acción frente a la contemplación. Pero quizás debamos descubrir aquello que les hace complementarse, más que oponerse la una a la otra. Es cierto que una de las normas de la hospitalidad judía era recibir bien al visitante, ofrecerle agua para los pies, manchados del polvo del camino, algo de comida y, si era necesario, también un lugar donde descansar. Marta cumple todas esas normas con su servicio inquieto y afanado. Y es precisamente tanto afán el que no le hace darse cuenta de QUIEN es el que visita su casa.
María, por su parte, se da cuenta de que el que ha venido no es cualquier persona, sino su querido Jesús, su Amigo, el Enviado de Dios. Estoy seguro de que si Jesucristo visitara nuestra casa, nos desviviríamos por atenderle y no faltaría ningún detalle, como Marta. Pero no sé si seríamos capaces de descubrir lo que descubrió María. ¿Qué otra cosa podía hacer sino escucharle, estar a sus pies? ¿Cómo es posible entretener la existencia en otras cosas cuando ha llegado Él, que no sólo es lo más importante, sino lo único importante? ¿Os imagináis que Jesús viniera a nuestra casa, recibiera todos nuestros servicios y se fuera sin que le hubiéramos escuchado ni un segundo?
2.- Pues bien, Jesús visita nuestra casa cada vez que leemos su Palabra, cada vez que abrimos nuestro corazón a la oración. ¿Leemos la Palabra de Dios con frecuencia? Si así lo hacemos, la Palabra va “erosionando” las durezas de nuestro corazón y se va convirtiendo poco a poco en la FUENTE de nuestra vida, hasta dejar a Dios que tome la iniciativa y nos guíe por sus caminos. ¿Seremos capaces de hacer como Abraham en la primera lectura, invitarle a que pase con nosotros? ¿Seremos capaces de dejar que sea la Palabra de Dios la que oriente nuestras vidas?
3.- Vivir de la Palabra de Dios, la opción de María, es la opción esencial del que es y quiere ser discípulo de Jesús, viviendo a la escucha de la Palabra. Reconocer a Jesús como la PALABRA que “se hizo carne y habitó entre nosotros” y vino a decirnos lo que Dios quiere de nosotros es esencial para reconocernos discípulos de Aquel que es nuestro Maestro. “Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo”, le dice Abraham a Dios. No queremos que el Señor pase de largo, por eso elegimos la opción de María, sentarnos a escuchar. Y después de escuchar, sabremos cómo servir mejor a nuestros hermanos y hermanas que habitan este mundo y que necesitan signos, señales, referencias de fe y de vida al estilo de Jesús.
4.- Al participar en la Eucaristía, el Señor nos sienta a su Mesa y nos ofrece su Palabra para que, al volver a la vida, tengamos las claves necesarias para ser sus discípulos, sus testigos “en el corazón del mundo”. La Eucaristía es la Mesa de la Palabra y también la Mesa del Pan, la Mesa de Jesús hecho alimento para nuestro caminar cotidiano.

Texto para Homilia. Domingo XVI Tiempo Ordinario. Ciclo C. 18 de julio 2010 (2)

MODELO PARA NUESTROS HOGARES
Por Antonio García-Moreno
1.- ABRE TU PUERTA.- Abrahán está sentado a la puerta de su tienda. Hace calor dentro y la brisa fresca de la tarde invita a sentarse al aire libre. La añosa encina de Mambré aumenta, con el rumor de sus hojas, la sensación de bienestar, el aire sereno que llena de calma y de paz el espíritu del viejo patriarca. Por el sendero pasan tres caminantes. Tienen la piel curtida por el viento caliente del mediodía, traen el aire cansino de quienes caminaron horas y horas. Sus pies resecos y polvorientos hablan de guijarros y tierra dura de mil caminos.
Abrahán se levanta y sale a su encuentro: Venid, traeré agua para vuestros pies, pan para vuestra hambre, sombra de mi encina para vuestro sol ardiente, brisa de atardecer para vuestro calor del mediodía... Hospitalidad patriarcal, acogida amable para el que va de camino, palabras blandas para el que está lejos de su patria. Hoy también pasan, delante de nuestro cómodo rincón, muchos que vienen de lejos, el aire cansado y el corazón triste y solo. Que sepamos abrir la puerta, practicar la hospitalidad, la acogida cordial de los antiguos patriarcas.
Muchas veces se repite el mismo hecho. Después de haber ejercido la hospitalidad con una persona desconocida y necesitada, resultó que se trataba del rey, o del mismo Dios. A cambio de esta generosidad, de ese sacrificio de compartir el pan y el techo, se recibe un don infinitamente mayor, algo que se anhela, algo que llena de ilusión y de alegría el corazón. En el caso de Abrahán, éste recibe la promesa de que Sara, su vieja y amada esposa, tendrá un hijo. Su esterilidad y su vejez no serán obstáculos para que les nazca un niño, ese hijo nacido de la libre que tanto habían añorado.
No siempre se da el milagro de que caiga la tosca apariencia tras la que, sin duda, se esconde el Señor. Y ocurre así porque eso no es lo más importante. Lo que realmente tiene valor es que, por amor a Dios, uno sea capaz de abrir el corazón, de hacer sitio en su casa a quien lo necesita. Ese es el verdadero milagro, lo que Dios valora y premia con su bendición, un pago más que suficiente, para quien, por amor a Dios, abre la puerta de casa a quien está muy lejos de la suya.
2.- MARTA Y MARÍA.- Hoy nos habla el Evangelio de que Jesús va a Betania y se hospeda en casa de Marta y María, las hermanas de Lázaro. No es la única vez que entra el Señor en esta casa, como nos lo indica, por ejemplo, el evangelista san Juan. Se ve que Jesús se encontraba a gusto con aquella familia que le ama con sencillez y generosidad. Allí había calor de hogar, un ambiente de sosiego y de paz, de dicha serena y entrañable. De ahí que podamos considerar Betania como un modelo para nuestros hogares que, según la predilección de Jesús, debería parecerse al de Nazaret. Es de gran importancia conseguir que el propio hogar tenga ese calor de familia bien avenida, que sea un lugar en el que gusta estar y vivir, un sitio para descansar y recuperar fuerzas, el rincón íntimo de nuestra vida en el que encontramos cariño y comprensión, consuelo y ánimo para la lucha y el trabajo de cada día, descanso para las fatigas que la existencia humana comporta.
Marta y María a pesar de ser hermanas eran, sin embargo, muy distintas. Marta parece nerviosa e inquieta, se preocupaba demasiado de las cosas materiales, se angustiaba porque no llegaba a lo que ella quería. Se multiplicaba para dar abasto con el servicio, dice la versión litúrgica de este pasaje de San Lucas. María por el contrario aparece tranquila y de carácter sosegado. En otro momento, mientras Marta sale deprisa al encuentro del Señor, ella se queda sentada. Sólo cuando le dicen que el Señor estaba fuera y la llamaba se levanta y acude a Jesús... Mientras Marta va de un lado para otro, María escucha arrobada las palabras del Maestro. Estas dos actitudes han quedado en la vida espiritual como modelos de la vida contemplativa y la vida activa. Incluso se ha considerado que Marta representaría el activismo, esa especie de herejía que olvida la oración y la vida interior por atender al servicio de los hombres.
Esas dos actitudes no tienen por qué ser una dicotomía insalvable. Incluso podemos afirmar que es un ideal de vida cristiana el conjugar esas dos facetas de la vida espiritual. Vivir una intensa vida de oración, ser contemplativos y al mismo tiempo trabajar sin descanso por el Reino de Dios. Estar metidos en el corazón del mundo con el ejercicio de una profesión determinada, y al mismo tiempo estar de continuo estrechamente unido a Dios. Puede parecer imposible, o por lo menos muy difícil, pero lo cierto es que es eso, en definitiva, lo que enseña la "Lumen gentium" del Vaticano II cuando habla de la unidad de vida, es decir, cuando exhorta a no vivir una vida cara a Dios y otra cara a los hombres, sino que esa vida de cada día, la que se desarrolla en una actividad cualquiera, esté siempre marcada y sostenida por una unión íntima con Dios, gracias a una vida espiritual sólida, alimentada con la oración y la mortificación, con la frecuencia de sacramentos que haga posible vivir habitualmente en gracia de Dios.

viernes, 9 de julio de 2010

Domingo XV Tiempo Ordinario. Ciclo C. 11 de julio 2010. Textoa para Homilía (2)

DIOS ES Y SERÁ SIEMPRE AMOR
Por Pedro Juan Díaz
1.- ¿Pasar de largo o parar a ayudar? ¿Alguna vez se han planteado esa pregunta? ¿Les ha ocurrido alguna vez el tener que decidir ante una situación? Es muy probable que sí. No les voy a preguntar qué hicieron, no se trata de eso hoy en el evangelio, aunque parezca que va por ahí la cosa. No se trata de “¿qué tengo que hacer?”. Así se lo plantea el maestro de la ley a Jesús. Y Jesús tampoco le contesta “tienes que hacer…”, sino que le dice que mire lo que está escrito en la ley, que mire cual es el mandamiento principal, que no es otro que el AMOR. Entonces, cuando el maestro de la ley se lo dice, es cuando le contesta: “Haz esto –es decir, ama– y tendrás la vida”. Y el amor no es propiedad de nadie, porque hasta un samaritano, uno que no es de nuestra religión, ni de nuestro grupo, puede amar, y de hecho lo hizo con aquel hombre tirado en el camino.
2.- Jesús ha venido a decirnos más de cerca que Dios es y será siempre amor. Por tanto, la misión de todo cristiano es AMAR. Jesús le dice al maestro de la ley que amando se cumplen todas las leyes. ¿Sabría el Samaritano cuál era la ley más importante de la religión judía? Seguramente no, porque los samaritanos eran paganos y por eso los judíos no se trataban con ellos. Pero sin embargo la cumplió porque amó, porque “practicó la misericordia” con aquella persona. ¿Sabrían el sacerdote y el levita, que pasaron de largo, cuál era el mandamiento más importante? Seguramente sí, pero no lo pusieron en práctica, se quedaron sólo en la teoría, en un cumplimiento “fariseo” de la ley, sólo por aparentar.
3.- Es bonito recordar como Moisés, 1800 años antes de Jesús, ya les dice al pueblo de Israel que lo que Dios quiere de ellos lo llevan en el corazón: “el mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo”. Para hacer lo que Dios quiere, les dice Moisés, no hay que subir al cielo o cruzar el mar, no es algo inalcanzable, sino que está dentro de nosotros. Dios nos ha creado con la capacidad de amar. Está en nosotros desarrollar esa capacidad. El Samaritano la desarrolló más y mejor que los otros dos. Cualquier persona que la desarrolle, sea del grupo que sea, merece nuestra alabanza. Al venir a la Eucaristía vemos como Jesús desarrolló su capacidad de amar hasta el extremo, de manera generosa, gratuita y desinteresada. Así nos invita Dios a amar a los demás, nuestros hermanos y hermanas. Cada vez que venimos a la Eucaristía vemos cómo lo tenemos que hacer. Cada vez que venimos a la Eucaristía escuchamos: “anda, haz tú lo mismo”. Ese es nuestro mandato, nuestro envío, nuestra misión. Pongámoslo en práctica.

Domingo XV Tiempo Ordinario. Ciclo C. 11 de Julio 2010. Texto para Homilía (1)

EL MANDAMIENTO DEL AMOR AL PRÓJIMO
Por Gabriel González del Estal
1.- La palabra “prójimo” se deriva directamente del la palabra latina “proximus”, que se refiere a lo inmediato, lo más cercano. En este sentido, el mandamiento del amor al prójimo se referiría al amor a las personas que están cerca de nosotros, se trate de una proximidad geográfica, o social. Parece ser que para muchos de los judíos amar al prójimo era, sobre todo, amar a los judíos. Jesús de Nazaret, en su mandamiento del amor al prójimo, rompe las barreras étnicas y geográficas y nos manda amar a todas las personas, incluso a nuestros enemigos. Este sentido de la palabra “prójimo” está clara y bellamente expresado en la parábola del samaritano. Los samaritanos no sólo no se consideraban judíos, sino que eran enemigos de los judíos. Sin embargo, el samaritano que se encontró en el camino a un judío herido de gravedad le atendió generosa y delicadamente, cosa que no habían hecho ni el sacerdote, ni el levita que habían encontrado antes al herido en el camino de Jerusalén a Jericó. El levita y el sacerdote sí eran judíos. ¿Quién se portó realmente como prójimo del que cayó en manos de los bandidos? La respuesta del letrado define muy bien lo que Jesús de Nazaret entendía por la palabra “prójimo”: el que practicó la misericordia con él. Para Cristo amar al prójimo es atenderle misericordiosamente, sea un prójimo cercano o amigo, lejano o hasta enemigo. El mandamiento del amor al prójimo es un mandamiento universal, que no conoce barreras, ni fronteras, ni límites.
2.- Pero yo creo que el sentido primero de la palabra “prójimo” también es muy digna de ser tenida en cuenta. Porque las personas que están más cerca de nosotros, con las que convivimos, deben ser las primeras receptoras de nuestro amor. Por poner un ejemplo, no podemos decir que amamos mucho al prójimo porque nos preocupamos muchísimo de los que mueren en Afganistán, si después no sabemos amar a los que viven en nuestra propia casa, o en nuestra empresa, o al vecino de al lado. El amor de cada día, el que debemos manifestar continuamente, es el amor que manifestamos a los más cercanos, a los más “próximos”. Este amor es, por lo demás, el más difícil de practicar, porque es el que nos compromete durante la mayor parte del tiempo de nuestra vida. En muchos casos es incluso el único amor eficaz que podemos y debemos realizar.
3.- El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo. Los preceptos que nos manda el Señor, nos dice el libro del Deuteronomio, son preceptos que podemos conocer y que podemos cumplir. No son preceptos difíciles de conocer o inalcanzables. Basta con que sepamos escuchar a nuestro corazón, que seamos consecuentes con lo que el buen pensar y el buen sentir nos aconsejan. Lo que hay que tener siempre es una voluntad decidida de hacer el bien, aunque para eso tengamos que sacrificar algunos intereses personales o de grupo. La persona que es buena de verdad busca siempre, por encima de todo, hacer el bien a las personas, sembrar paz, amor, justicia y verdad. Para esto no hace falta estudiar mucho o tener muchos títulos; basta con escuchar a nuestro propio corazón, escuchar la voz de Dios en nuestra alma.
4.- Cristo Jesús es imagen de Dios invisible. San Pablo les dice a los fieles de Colosas que a Dios no pueden verle, porque es invisible, pero que pueden ver a Cristo Jesús, la imagen visible del Dios invisible. Esta es la ventaja que tenemos todos los que creemos en Cristo, que sabemos cuál es el comportamiento humano que agrada a Dios: el que más se parezca al comportamiento de su hijo Cristo Jesús. No es necesario que seamos doctores en teología para saber que agradamos al Dios invisible siempre que agradamos a Cristo, imagen visible del Dios invisible.