2 DE NOVIEMBRE
LA CONMEMORACIÓN
DE LOS FIELES DIFUNTOS
Después de la fiesta de Todos los Santos, la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Después de alegrarnos con los "que siguen al Cordero", nuestro pensamiento acompaña a "los que nos precedieron en la señal de la fe y duermen él sueño de la paz". Pensamiento melancólico, no tanto por la muerte cuanto por la inseguridad: ¿están ya en la patria, han de purificarse todavía?
De esta forma el mes de noviembre es un mes eclesial. Las tres iglesias, la del cielo, la del purgatorio y la de la tierra, se unen y compenetran. Esta compenetración la tenemos cada día en la santa misa. Al llegar el canon la Iglesia terrestre se apiña alrededor del celebrante: el Papa, el obispo, el Jefe del Estado, todos los católicos y ortodoxos, después todos los circunstantes, cuya devoción y fe conoce el Señor...
Pero además convocamos y entramos en comunicación con la Iglesia del cielo: la gloriosa Virgen María, los santos apóstoles Pedro y Pablo y todos los santos. Y no falta el recuerdo piadoso para los fieles difuntos "para que a ellos y a todos los que descansan en Cristo les conceda el Señor por nuestros ruegos el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz". Sí, cada misa es una inmensa asamblea, de proporciones tales que trasciende el tiempo y el espacio.
Esa verdad nos la hace más viva la liturgia del mes de noviembre, recalcando un aspecto eclesial bien interesante, que es su finalidad escatológica. La Iglesia de la tierra se compone de caminantes, de "viatores". Somos un pueblo en marcha, como los israelitas en el desierto. Toda la tipología del Éxodo: sacrificio del cordero pascual y liberación de Egipto, tránsito del Mar Rojo, columna de fuego, maná, etc., tiene su realización en los sacramentos, signos sensibles que producen la gracia que representan, sobre todo los dos grandes sacramentos pascuales: Bautismo y Eucaristía. Pero como la peregrinación del desierto, aunque duró cuarenta años, al fin terminó con el ingreso de los hebreos en la tierra prometida, dando paso lo transitorio a lo estable, así los sacramentos, que son también "signos del futuro", desaparecerán cuando lleguemos a la patria, que es el cielo, porque los pétalos de la flor caen cuando ya ha madurado el fruto.
El 1 y el 2 de noviembre nuestro pensamiento se remonta hacia la eternidad, al recuerdo de los santos y de los difuntos; y todavía el 9 y el 18 del mismo mes la liturgia vuelve a insistir en tales ideas con motivo de la dedicación de las iglesias principales de Roma. El mismo templo material es un símbolo de la Iglesia eternal, y los cristianos nos sentimos transportados a la "ciudad santa de Jerusalén", donde no hay llanto, ni clamor, ni gemido, porque todo eso son cosas ya pasadas.
Noviembre, mes de los difuntos, de las hojas caídas, de los días cortos y del invierno en puertas, tiene para la gente un carácter funerario. Para nosotros debe tener un aspecto pascual y luminoso, el mismo que llena de resplandores a la muerte cristiana.
Sin querer se nos ha metido una mentalidad pagana al hablar de la muerte. Miramos sólo un aspecto terrorífico y macabro, la corrupción del sepulcro, el abandono de todos, la soledad de la tumba. Resaltamos la parte negativa, el "somos polvo y ceniza del pagano Horacio, hasta el punto de que el propio cardenal Portocarrero pensase que el mejor epitafio para su lápida fuese esta frase, que, bien medida, no sería del todo ortodoxa: Hic iacet, pulvis, cinis et nihil: "Aquí yace polvo, ceniza y nada".
A las concepciones paganas del Renacimiento se unió el espíritu morboso del romanticismo y la poca imaginación de los agentes de pompas fúnebres y entre todos han llenado los cementerios, cuando no las iglesias, de calaveras y tibias entrelazadas, esqueletos con guadañas, cítaras y columnas rotas...
Esa iconografía es ridícula, y tiene muy poco de cristiana; podrá admitirse para los animales, cuya alma es caduca y sus cuerpos no esperan la resurrección, pero nunca para los fieles que viven anclados en el artículo del credo que dice: "Espero la resurrección de los muertos".
El cristiano "no se muere", en sentido pasivo, y con su muerte, acaba todo, sino que "muere", es decir, entrega su alma al Creador". Morir es para el fiel un acto humano, el más sublime y trascendental de todos, que a ser posible debe hacerse en plena conciencia.
La Iglesia tiene un rito para que mueran los cristianos, como tiene un rito para el bautismo, para la celebración de la misa, para la ordenación de los sacerdotes y para que contraigan matrimonio los esposos.
Toda la liturgia de la muerte tiende a dar al moribundo una parte activa: profesa su fe en el rito emocionante que nos ha conservado el "Manual Toledano" para antes de recibir el viático; ofrece sus sentidos para la unción, recibe la sagrada Eucaristía como viático o provisión para el viaje a la eternidad; coge con sus dedos el cirio encendido, símbolo de la luz de la fe que se le entregó al ser bautizado; besa el crucifijo, contesta a las oraciones y cierra su vida pronunciando por tres veces el nombre de Jesús. .
En los mismos ritos de la mortaja, de la vela funeraria, del oficio de difuntos, de la misa de cuerpo presente, de la conducción a la sepultura y del enterramiento, el difunto sigue siendo el personaje central de la acción litúrgica; se le inciensa, se le rocía de agua bendita, se le nombra expresamente en las oraciones, se le alumbra con cirios, se le transporta procesionalmente...
Toda la celebración funeraria tiene un sentido comunitario. En ella actúa el párroco o su representante en nombre de la comunidad parroquial y miembros de la misma acompañan a los familiares en Aquel trance de dolor. Es una idea falsa y burguesa querer apartar al sacerdote de la cabecera del moribundo, con pretexto de respetar la intimidad del paciente y la de sus deudos. Es la Iglesia quien se hace presente en circunstancias tan destacadas para acompañar con sus piadosas oraciones el tránsito del fiel del tiempo a la eternidad
Toda la liturgia de la defunción tiene un color bautismal, que quiere decir tanto como pascual. La profesión de fe, que entre nosotros suele renovarse al tiempo del viático, recuerda las interrogaciones que preceden al bautismo. La entrega de un cirio encendido, el lavado del cadáver, la mortaja con un hábito religioso, aun en los seglares, o por lo menos con un vestido digno y como de etiqueta... evocan muchas ceremonias del rito bautismal.
Según San Pablo en su carta a los Romanos el bautismo es un morir con Cristo para resucitar con Cristo. Por eso el bautismo es el gran sacramento pascual, que primitivamente sólo se administraba en la noche de Pascua. Consepultados con Cristo (anegados en el agua bautismal, muertos al pecado), conresucitados con Él (naciendo por el bautismo a la vida de la gracia, como Cristo salió triunfante del sepulcro).
Ahora bien, la muerte, que es sólo un símbolo en el bautismo, se hace realidad en el lecho mortuorio. Entonces morimos de verdad para resucitar de verdad a la vida del cielo, de la que la gracia santificante, que se nos dió en la aguas bautismales, era como una semilla.
Por eso la Iglesia llama dies natalis, día del nacimiento, a aquel en que sus santos murieron. Auténticamente la muerte es una vivificación, en modo alguno un esqueleto con guadaña.
De ahí el carácter de "celebración pascual" que le da la liturgia. En las letanías de la recomendación del alma, se evocan las grandes figuras del Antiguo Testamento que son figuras de Cristo resucitado, tales como Noé, liberado del diluvio; Moisés, libertado de Faraón; Isaac, de las manos de su padre Abraham; David, de Goliat; Daniel, de los leones; los tres niños, del horno de Babilonia.
El fiel ve entonces que su alma, sometida a las tentaciones y vaivenes de este mundo, va a pasar, ya libertada, a colocarse bajo la tutela del Buen Pastor. Muchos de los salmos del oficio de difuntos, sobre todo los de las vísperas, cantarán este "tránsito" o paso (pascua quiere decir paso), pues son del grupo de los llamados "graduales".
Otro dato consolador que nos revela la liturgia de los agonizantes es que el cristiano no muere solo, sino que muere con Cristo. El acto por el cual se acaba su vida terrena coincide con el momento en que entra en la vida definitiva con Cristo, como oveja que es llevada al redil de la gloria. Así representaron con frecuencia los primitivos cristianos a las almas de sus difuntos, sobre los hombros del Buen Pastor.
El sacerdote o una persona capaz lee al moribundo la pasión según San Juan, no tanto para confortarle cuanto para asociarle y configurarle con la muerte el Señor. Nótese la frase tan antigua y tan cristiana de "morir en el Señor", que ya San Juan recoge en su Apocalipsis: "Dichosos los difuntos que mueren en el Señor" (Apoc. 14.13).
Cuando el moribundo, ayudado de sus familiares que se lo presentan, besa repetidamente el crucifijo, pronunciando si puede el nombre de Jesús o haciéndolo por él los asistentes, más que encomendarse a los méritos de su Redentor lo que hace es configurarse con su Salvador que murió por él, rescatándole del pecado y de la muerte eterna. Ahora besando el crucifijo la muerte del cristiano se anega en la de Cristo y el Padre celestial acogerá con piedad aquella alma, que en el bautismo recibió el sello de cristiana y definitivamente, por la muerte, quedará agregada a su Señor.
Prosiguiendo todavía diremos que el cristiano no muere solo, porque muere con Cristo, sino además muera acompañado, asistido y conducido por su madre la santa Iglesia.
Esta le ha dado todos los sacramentos, le ha fortalecido con el "socorro del viaje" que es el viático; le ha restaurado con la santa unción, borrando de su alma las reliquias del pecado, le ha perdonado todas las culpas y reatos con la indulgencia plenaria otorgada en nombre del Sumo Pontífice y además, en aquel instante supremo, le encomienda y entrega oficialmente a la otra Iglesia, a la del cielo.
Es fuertemente impresionante el acto de la entrega de la Iglesia militante ala triunfante, que se formula en los textos de la "recomendación del alma".
Antes de efectuar esta entrega la Iglesia reza la "letanía de los santos". Tales letanías sólo se rezan en los instantes de suprema necesidad, cuando la situación requiere invocar el poder intercesor de todos los santos, a los que en este caso se hace además testigos y valedores.
Entonces la Iglesia de la tierra ordena al alma que abandone este mundo: "Sal, alma cristiana, de este mundo en nombre de Dios, Padre omnipotente, que te crió: en nombre de Jesucristo, que te redimió, etc."
Después se realiza solemnemente la entrega:
"Te encomiendo (o entrego), hermano carísimo, a Dios omnipotente... Cuando tu alma se separe del cuerpo, sálganle al encuentro las espléndidas jerarquías de los ángeles, venga a encontrarte el senado de los apóstoles.. Benigno y placentero se te manifieste el rostro de Jesucristo..."
Y en el instante mismo de expirar se canta o reza el Subvenite "Bajad, santos de Dios: salid a su paso, ángeles del Señor, para recoger su alma y presentarla en la presencia del Altísimo".
Más que una deprecación o recomendación en que se implora piedad, tenemos un "acto jurídico", en que la Iglesia temporal, que engendró a aquella alma por el bautismo, la alimentó con los sacramentos y la fortaleció con los demás auxilios, la entrega ahora solemnemente a la Iglesia eterna. El sarmiento que la muerte corta de la cepa terrestre- es trasplantado, por mano de la Iglesia, a la viña de la gloria para que dé frutos de vida eterna.
Esto puede hacerlo la Iglesia porque cuenta con la inmensidad de los méritos de Cristo y de sus Santos, de cuyo inagotable tesoro se aprovecha para perdonar al moribundo con la bendición papal y hacerle participar de los frutos de vida que sus obras no podrían alcanzar.
Porque el difunto murió "con el sello de la fe", según se dice en el canon de la misa, es cosa sagrada y la Iglesia concede un cierto culto a su cadáver. Aquel cuerpo fue templo del Espíritu Santo y además algún día gozará de la resurrección. Por eso, los lugares en que se entierran los fieles se llaman "cementerios", palabra inventada por los cristianos y vale tanto como dormitorios, donde sus cuerpos reposan hasta que despiertan el gran día de la resurrección.
Gran parte de los ritos funerarios son sugeridos por esta creencia. El lavado y perfumado del cadáver, el vestido de que se le cubre, las honras que la Iglesia le tributa tienen explicación por tratarse de una cosa santa, que oportunamente merecerá gozar de la gloria eterna.
Necesitamos afianzarnos en la virtud teologal de la esperanza sobre todo ahora en que nos rodea un clima de angustia. La muerte aterra a muchos porque interiormente tiene una mentalidad pagana.
La muerte no es una "pérdida irreparable", el cementerio no es la "última morada'. San Pablo decía a los fieles de Tesalónica: "No os entristezcáis, como los demás que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús mueió y resucitó, también Dios, a los que murieron por Jesús, los llevará con Él... Consolaos, pues, con tales pensamientos" (1 Thess. 4,12-13.17).
Mas queda siempre la inseguridad del más allá, el querer comprender la "vida del siglo futuro".
"A Dios no le-ha visto nadie -declara, rotundamente San Juan-, solamente el Unigénito de Dios nos ha hecho conocer lo que conoció en el seno del Padre" (lo. 1,18). Lo mismo nos ocurre con el mundo de ultratumba; pero la Sagrada Escritura, la liturgia y los símbolos del primitivo cristianismo pueden hacernos entrever lo que será el objeto de la esperanza cristiana, que es el cielo.
En el día de los Fieles Difuntos, más que perder el tiempo en descripciones tremendistas de la muerte, hemos de consolarnos con lo que la muerte representa para los cristianos, el tránsito de la vida terrena a la celestial, del tiempo caduco a la eternidad bienaventurada.
A través de un posible purgatorio, es cierto, pero con un fin seguro en Dios, en la gloria del Padre.
El purgatorio es el dogma de la misericordia divina. Isaías vio que llamas de fuego envolvían el trono del Altísimo. Para llegar a la presencia de Dios hay que ir puro y sin reliquias de pecado. Conocido es el episodio que narra el libro segundo de los Macabeos, donde se mencionan las oraciones hechas en favor de los soldados difuntos, bajo cuyas túnicas fueron hallados objetos idolátricos. Todos sus compañeros "puestos a orar rogaron al Señor que diese al olvido el delito que acababan de cometer" y Judas Macabeo hizo una colecta de doce mil dracmas que envió al Templo de Jerusalén para ofrecer un sacrificio expiatorio por los pecados de los caídos en el campo de batalla, "porque tenía ideas buenas y religiosas respecto de la resurrección" (2 Mach. 12,39-46).
Que la Iglesia primitiva rezaba por los muertos consta pon la tradición tan bellamente recogida por San Agustín en el libro de las Confesiones (c.9) al hablarnos de la muerte y sepultura de su madre Santa Mónica. Era costumbre ofrecer por los fallecidos el sacrificium pretii nostri, "el sacrificio de nuestra redención", o como se le llama en otra parte, sacrificium pro dormitione, "sacrificio por los que durmieron". La memoria o recuerdo de los difuntos en la santa misa es común a todas las liturgias desde el siglo III. Además de las misas dichas por ellos, siempre se les recordaba en la gran plegaria posconsecratoria, mencionándolos en los dísticos. Estando presente entonces Cristo sobre el altar en estado de víctima "representa para ellos un gran alivio y ayuda la oración que se hace durante aquel santo y tremendo sacrificio" (San Cirilo de Jerusalén).
La antigüedad cristiana había visto de primera intención en la muerte del cristiano el aspecto pascual y festivo del tránsito, del paso al seno de Dios, como un reflejo de las palabras tan dulces de San Juan: "Allí siempre estaremos con el Señor". En los formularios antiguos hay una, paz, que no se turba por nada. Los que han muerto en el seno de la Iglesia católica "están en el Señor".
Pero la Edad Media comenzó a pensar en el riesgo del juicio, en el instante en que el alma comparece ante el tribunal divino para ser juzgada. Y esta patética situación se refleja en los textos litúrgicos, tales cómo el Absolve Domine, en el Libera me Domine, y sobre todo en el Dies Irae. Este último, el más dramático de todos, alterna las estrofas llenas de cárdenos resplandores con los versos que son preces dulcísimas.
Tú que a María absolviste
y al ladrón oíste,
también a mí esperanza diste.
Sin embargo, el Dies Irae no fue en su origen una pieza funeraria, sino una secuencia para el primer domingo de Adviento, en que la liturgia conmemora el juicio final. La acomodación, no demasiado feliz, de las dos últimas estrofas la hizo servir para la misa de difuntos.
Conviene no olvidar en todo caso el carácter contenido y lleno de moderación de la liturgia aun en aquellos textos, como el ofertorio de la misa de difuntos, tan repletos de conceptos, en contraste con la exageración en que fácilmente caen los autores piadosos al hablar del purgatorio.
El concilio Tridentino, en la sesión XXV (Denz. 983), definió la existencia del purgatorio "y que las almas allí detenidas podían ser auxiliadas con los sufragios de los fieles, en especial con el aceptable sacrificio del altar".
El santo sínodo quería que se predicase a los fieles la auténtica doctrina sobre el purgatorio, pero sin descender a cuestiones difíciles, que no favorecen a la piedad popular. Precisamente lo contrario que han hecho muchos . "meses de ánimas" y libros equivalentes, basados en revelaciones particulares a menudo ridículas, absurdas o caprichosas.
Nuestra mentalidad pide otra cosa. ¡Cuánto mejor alimentarnos de la Escritura y de la liturgia!
Cuando la muerte de Santa Mónica, una vez que pudieron hacer acallar en su llanto al niño Adeodato, Evodio tomó el libro de los Salmos y comenzó a recitar el salmo 100, al que todos los de la casa coreaban respondiendo: "Tu misericordia y tu juicio cantaré".
En la Sagrada Escritura, en los Salmos, base de todo rezo, hemos de encontrar los cristianos actuales las fórmulas para orar por nuestros difuntos, y en los textos bíblico-litúrgicos las bellas metáforas que nos hagan presentir el premio que Dios reserva a sus fieles.
Una como cadena de bellísimas imágenes nos describen las antífonas Subvenite e In paradisum. Hoy, día de los difuntos, deben ayudarnos a presentir la felicidad de que gozan los que nos precedieron en el signo de la fe. Helas aquí numeradas:
El paraíso.
La ciudad santa de Jerusalén.
El cortejo de los ángeles y los santos.
El seno de Abraham.
El descanso eterno.
La luz eterna.
La paz.
El refrigerio.
La imagen del "paraíso" aparece en el Génesis y en el Apocalipsis, en el primero y en el último de los libros de la Biblia.
El paraíso es un jardín oriental, un edén, un huerto de delicias, regado con aguas abundantes, lleno de vegetacion y frutos, en contraste con el desierto de los alrededores.
El paraíso, en una posterior concepción bíblica es la morada de Dios, el asiento de la sabiduría. Adán hablaba con Yahvé a la brisa del atardecer, como un amigo habla con un amigo. Así el paraíso es un concepto rico de felicidad, con todo lo que el hombre puede apetecer junto con la posesión de Dios. Cuando el buen ladrón pide a Cristo que se acuerde de él, Jesús le dice: "Hoy estarás conmigo en el paraíso", como resumiendo la dicha suma.
En el primitivo paraíso, perdido por el pecado de los primeros padres, un ángel con espada de fuego impedía al hombre la vuelta a él: mas los ángeles conducen al alma del difunto al nuevo paraíso, según la liturgia.
"Jerusalén" es la ciudad santa, llena de la presencia de Dios, en cuyo templo se complace en recibir culto; la ciudad que encendía de gozo a los israelitas, como canta el salmo 121.
Mejor todavía que aquella Jerusalén, tan capaz de hacer la felicidad del piadoso israelita, es la nueva Jerusalén que San Juan vio ataviada como novia, la ciudad que ya no necesita de templo, porque será iluminada con la gloria de Dios.
Esta Jerusalén es la "patria del paraíso", como se dice en una oración funeraria, hacia la que todos caminamos, dado que somos peregrinos y forasteros, según explica San Pablo.
La liturgia menciona él "cortejo de los ángeles y los santos". La felicidad propia se acrece con la grata compañía de tan altos personajes que hacen cortejo honroso al alma que se salva.
En la parábola del rico epulón encontramos a Lázaro en el seno de Abraham. Esto nos hace ver otro aspecto de la felicidad eterna, la intimidad afectuosa con el más grande de los patriarcas y padre de los creyentes. Intimidad que podemos transportarla al mismo Dios, a la manera como San Juan en la última cena se recostó en el seno de Cristo.
Después de un trabajo fatigante el simple descanso es una gran dicha. A nuestros difuntos les deseamos el "descanso eterno", sin la vuelta a los trabajos de la tierra. Descanso que no debe concebirse como un aburrimiento, sino como el ocio fecundo en la gloria del Padre. Bien pudo decir San Juan: "Bienaventurados los que mueren en el Señor, pues descansarán de todos sus afanes y trabajos" (Apoc. 1 4,16) .
"Dios es luz, y en sí no existen tinieblas", dice San Juan; por eso deseamos a nuestros difuntos "la luz eterna", la claridad inextinguible en el foco divino, para "ver la luz en su luz", como dice el salmo. Porque los cristianos hemos sido transportados de las tinieblas (pecados) a la luz (región de la gloria).
"Lucha es la vida del hombre sobre la tierra", decía Job. Milicia, intranquilidad, desasosiego. La bienaventuranza será la "paz", el reino de la paz, el sueño de la paz .. Metáforas todas para expresar el sosiego bonancible del paraíso.
Por último, los textos litúrgicos hablan del "refrigerio", tan apetecido de quienes viven en países abrasados, como era la región donde se difundió el primitivo cristianismo. El lugar del "refrigerio, de la luz y de la paz" se dice, resumiendo los gozos inefables del cielo, en el memento de los difuntos.
Para acelerar tales bienes a los que pudieran estar detenidos en el purgatorio nació la piadosa idea de la "conmemoración de los fieles difuntos". San Odilón, abad de Cluny, determinó ,hacia el año 1000 que en todos sus monasterios, dado que el día 1 de noviembre se celebraba la fiesta de Todos los Santos, el día 2 se tuviera un recuerdo de todos los difuntos. De los monasterios cluniacenses la idea se fue extendiendo poco a poco a la Iglesia universal.
Las tres misas nacieron en España. En el convento de los dominicos de Valencia, los religiosos no podían satisfacer a todos los encargos de misas que recibían para el 2 de noviembre. Entonces tomaron la costumbre de que cada religioso celebrase dos o tres. El ordinario toleró dicha práctica, que posteriormente extendió a España y Portugal, y en 1748 fue sancionada por Benedicto XIV. La costumbre española pasó a la Iglesia universal por concesión de Benedicto XV en 1915, quien ya venía preparado para la misma desde su estancia en la Nunciatura de Madrid. Teniendo en cuenta los muertos de la Gran Guerra y las desamortizaciones del siglo XIX, que habían aventado los fondos de las fundaciones de misas por los difuntos, con lo cual no se levantaban las cargas de tan piadosos legados, el Papa concedió que cada sacerdote pudiera celebrar tres misas, la primera a su particular intención, la segunda según la mente del Papa, y la tercera por las ánimas benditas. De esta manera el 2 de noviembre se equipara a la santa Natividad del Señor, siendo como la fiesta natalicia de las almas del purgatorio.
Si al rico tesoro de las tres misas se añade la indulgencia plenaria toties quoties del jubileo por los difuntos, verdaderamente que se hace patente la generosidad de la santa Madre Iglesia para con aquellos hijos suyos que, habiendo dejado la fase terrena, no alcanzaron todavía la gloria del cielo y ella hace cuanto puede para abreviarles el tiempo de la purificación.
CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA
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Todos los fieles difuntos
Ayer recordábamos la fiesta de todos los Santos, los que ya gozan del Señor. Hoy recordamos a los que se purifican en el Purgatorio, antes de su entrada en la gloria. El Purgatorio es la mansión temporal de los que murieron en gracia hasta purificarse totalmente. "es el noviciado de la visión de Dios", dice el P. Fáber.
Es el lugar donde se pulen las piedras de la Jerusalén celestial. Es el lazareto en que el pasajero contaminado se detiene ante el puerto, para poder curarse y entrar en la patria.
Pero en el Purgatorio hay alegría. Y hay alegría, porque hay esperanza; en él sólo están los salvados. Santa Francisca Romana tuvo un día una visión de este lugar y dijo: "esta es la mansión de la esperanza".
Es una esperanza con dolor: el fuego purificador. Pero es un dolor aminorado por la esperanza. La ausencia del amado es un cruel martirio, pues el anhelo de todo amante es la visión, la presencia y la posesión. Si las almas santas ya sufrieron esta ausencia en la tierra. -"que muero porque no muero", clamaba Sta. Teresa de Jesús-, mucho mayor será el hambre y sed y fiebre de Dios que sientan las almas ya liberadas de las ataduras corporales.
Las almas del Purgatorio ya no pueden merecer. Pero Dios nos ha concedido a nosotros el poder maravilloso de aliviar sus penas, de acelerar su entrada en el Paraíso. Así se realiza por el Dogma consolador de la Comunión de los Santos, por la relación e interdependencia de todos los fieles de Cristo, los que están en la tierra, en el cielo o en el Purgatorio. Con nuestras buenas obras y oraciones -nuestros pequeños méritos- podemos aplicar a los DIFUNTOS los méritos infinitos de Cristo.
Ya en el Antiguo Testamento -en el segundo libro de los Macabeos- vemos a Judas enviando una colecta a Jerusalén para ofrecerla como expiación por los muertos en la batalla. Pues, dice el autor sagrado, "es una idea piadosa y santa rezar por los muertos para que sean liberados del pecado".
Los paganos deshojaban rosas y tejían guirnaldas en honor de los difuntos. Nosotros debemos hacer más. "un cristiano -dice San Ambrosio- tiene mejores presentes. cubrid de rosas, si queréis, los mausoleos pero envolvedlos, sobre todo, en aromas de oraciones".
De este modo, la muerte cristiana, unida a la de Cristo, tiene un aspecto pascual: es el transito de la vida terrena a la vida eterna.
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lunes, 1 de noviembre de 2010
domingo, 31 de octubre de 2010
Solemnidad de todos Los Santos. Lumen Gentium. Cap. IV
PABLO OBISPO
SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS
JUNTAMENTE CON LOS PADRES DEL CONCILIO
PARA PERPETUO RECUERDO
CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA SOBRE LA IGLESIA*
LUMEN GENTIUM
CAPÍTULO IV
EL MISTERIO DE LA IGLESIA
CAPÍTULO IV
LOS LAICOS
30. El santo Concilio, una vez que ha declarado las funciones de la Jerarquía, vuelve gozoso su atención al estado de aquellos fieles cristianos que se llaman laicos. Porque, si todo lo que se ha dicho sobre el Pueblo de Dios se dirige por igual a laicos, religiosos y clérigos, sin embargo, a los laicos, hombres y mujeres, por razón de su condición y misión, les atañen particularmente ciertas cosas, cuyos fundamentos han de ser considerados con mayor cuidado a causa de las especiales circunstancias de nuestro tiempo. Los sagrados Pastores conocen perfectamente cuánto contribuyen los laicos al bien de la Iglesia entera. Saben los Pastores que no han sido instituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión salvífica de la Iglesia en el mundo, sino que su eminente función consiste en apacentar a los fieles y reconocer sus servicios y carismas de tal suerte que todos, a su modo, cooperen unánimemente en la obra común. Pues es necesario que todos, «abrazados a la verdad en todo crezcamos en caridad, llegándonos a Aquel que es nuestra cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo, trabado y unido por todos los ligamentos que lo unen y nutren para la operación propia de cada miembro, crece y se perfecciona en la caridad» (Ef 4.15-16).
31. Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia. Es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde.
El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. Pues los miembros del orden sagrado, aun cuando alguna vez pueden ocuparse de los asuntos seculares incluso ejerciendo una profesión secular, están destinados principal y expresamente al sagrado ministerio por razón de su particular vocación. En tanto que los religiosos, en virtud de su estado, proporcionan un preclaro e inestimable testimonio de que el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas. A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor.
32. Por designio divino, la santa Iglesia está organizada y se gobierna sobre la base de una admirable variedad. «Pues a la manera que en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y todos los miembros no tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros» (Rm 12,4-5).
Por tanto, el Pueblo de Dios, por El elegido, es uno: «un Señor, una fe, un bautismo» (Ef 4,5). Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo; común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección: una sola salvación, única la esperanza e indivisa la caridad. No hay, de consiguiente, en Cristo y en la Iglesia ninguna desigualdad por razón de la raza o de la nacionalidad, de la condición social o del sexo, porque «no hay judío ni griego, no hay siervo o libre, no hay varón ni mujer. Pues todos vosotros sois "uno" en Cristo Jesús» (Ga 3,28 gr.; cf. Col 3,11).
Si bien en la Iglesia no todos van por el mismo camino, sin embargo, todos están llamados a la santidad y han alcanzado idéntica fe por la justicia de Dios (cf. 2 P 1,1). Aun cuando algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos doctores, dispensadores de los misterios y pastores para los demás, existe una auténtica igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos los fieles en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo. Pues la distinción que el Señor estableció entre los sagrados ministros y el resto del Pueblo de Dios lleva consigo la solidaridad, ya que los Pastores y los demás fieles están vinculados entre sí por recíproca necesidad. Los Pastores de la Iglesia, siguiendo el ejemplo del Señor, pónganse al servicio los unos de los otros y al de los restantes fieles; éstos, a su vez, asocien gozosamente su trabajo al de los Pastores y doctores. De esta manera, todos rendirán un múltiple testimonio de admirable unidad en el Cuerpo de Cristo. Pues la misma diversidad de gracias, servicio y funciones congrega en la unidad a los hijos de Dios, porque «todas... estas cosas son obra del único e idéntico Espíritu» (1 Co 12,11).
Los laicos, del mismo modo que por la benevolencia divina tienen como hermano a Cristo, quien, siendo Señor de todo, no vino a ser servido, sino a servir (cf. Mt 20,28), también tienen por hermanos a los que, constituidos en el sagrado ministerio, enseñando, santificando y gobernando con la autoridad de Cristo, apacientan a la familia de Dios, de tal suerte que sea cumplido por todos el nuevo mandamiento de la caridad. A cuyo propósito dice bellamente San Agustín: «Si me asusta lo que soy para vosotros, también me consuela lo que soy con vosotros. Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano. Aquel nombre expresa un deber, éste una gracia; aquél indica un peligro, éste la salvación» [112].
33. Los laicos congregados en el Pueblo de Dios e integrados en el único Cuerpo de Cristo bajo una sola Cabeza, cualesquiera que sean, están llamados, a fuer de miembros vivos, a contribuir con todas sus fuerzas, las recibidas por el beneficio del Creador y las otorgadas por la gracia del Redentor, al crecimiento de la Iglesia y a su continua santificación.
Ahora bien, el apostolado de los laicos es participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, apostolado al que todos están destinados por el Señor mismo en virtud del bautismo y de la confirmación. Y los sacramentos, especialmente la sagrada Eucaristía, comunican y alimentan aquel amor hacia Dios y hacia los hombres que es el alma de todo apostolado. Los laicos están especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos [113]. Así, todo laico, en virtud de los dones que le han sido otorgados, se convierte en testigo y simultáneamente en vivo instrumento de la misión de la misma Iglesia en la medida del don de Cristo (Ef 4,7).
Además de este apostolado, que incumbe absolutamente a todos los cristianos, los laicos también puede ser llamados de diversos modos a una colaboración más inmediata con el apostolado de la Jerarquía [114], al igual que aquellos hombres y mujeres que ayudaban al apóstol Pablo en la evangelización, trabajando mucho en el Señor (cf. Flp 4,3; Rm 16,3ss). Por lo demás, poseen aptitud de ser asumidos por la Jerarquía para ciertos cargos eclesiásticos, que habrán de desempeñar con una finalidad espiritual.
Así, pues, incumbe a todos los laicos la preclara empresa de colaborar para que el divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos los tiempos y en todas las partes de la tierra. De consiguiente, ábraseles por doquier el camino para que, conforme a sus posibilidades y según las necesidades de los tiempos, también ellos participen celosamente en la obra salvífica de la Iglesia.
34. Dado que Cristo Jesús, supremo y eterno Sacerdote, quiere continuar su testimonio y su servicio por medio de los laicos, los vivifica con su Espíritu y los impulsa sin cesar a toda obra buena y perfecta.
Pues a quienes asocia íntimamente a su vida y a su misión, también les hace partícipes de su oficio sacerdotal con el fin de que ejerzan el culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hombres. Por lo cual los laicos, en cuanto consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, son admirablemente llamados y dotados, para que en ellos se produzcan siempre los más ubérrimos frutos del Espíritu. Pues todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso de alma y de cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (cf. 1 P 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del cuerpo del Señor. De este modo, también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios.
35. Cristo, el gran Profeta, que proclamó el reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de la palabra, cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la Jerarquía, que enseña en su nombre y con su poder, sino también por medio de los laicos, a quienes, consiguientemente, constituye en testigos y les dota del sentido de la fe y de la gracia de la palabra (cf. Hch 2, 17-18; Ap 19, 10) para que la virtud del Evangelio brille en la vida diaria, familiar y social. Se manifiestan como hijos de la promesa en la medida en que, fuertes en la fe y en la esperanza, aprovechan el tiempo presente (Ef 5, 16; Col 4, 5) y esperan con paciencia la gloria futura (cf. Rm 8, 25). Pero no escondan esta esperanza en el interior de su alma, antes bien manifiéstenla, incluso a través de las estructuras de la vida secular, en una constante renovación y en un forcejeo «con los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos» (Ef 6, 12).
Al igual que los sacramentos de la Nueva Ley, con los que se alimenta la vida y el apostolado de los fieles, prefiguran el cielo nuevo y la tierra nueva (cf. Ap 21, 1), así los laicos quedan constituidos en poderosos pregoneros de la fe en la cosas que esperamos (cf. Hb 11, 1) cuando, sin vacilación, unen a la vida según la fe la profesión de esa fe. Tal evangelización, es decir, el anuncio de Cristo pregonado por el testimonio de la vida y por la palabra, adquiere una característica específica y una eficacia singular por el hecho de que se lleva a cabo en las condiciones comunes del mundo.
En esta tarea resalta el gran valor de aquel estado de vida santificado por un especial sacramento, a saber, la vida matrimonial y familiar. En ella el apostolado de los laicos halla una ocasión de ejercicio y una escuela preclara si la religión cristiana penetra toda la organización de la vida y la transforma más cada día. Aquí los cónyuges tienen su propia vocación: el ser mutuamente y para sus hijos testigos de la fe y del amor de Cristo. La familia cristiana proclama en voz muy alta tanto las presentes virtudes del reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada. De tal manera, con su ejemplo y su testimonio arguye al mundo de pecado e ilumina a los que buscan la verdad.
Por consiguiente, los laicos, incluso cuando están ocupados en los cuidados temporales, pueden y deben desplegar una actividad muy valiosa en orden a la evangelización del mundo. Ya que si algunos de ellos, cuando faltan los sagrados ministros o cuando éstos se ven impedidos por un régimen de persecución, les suplen en ciertas funciones sagradas, según sus posibilidades, y si otros muchos agotan todas sus energías en la acción apostólica, es necesario, sin embargo, que todos contribuyan a la dilatación y al crecimiento del reino de Dios en el mundo. Por ello, dedíquense los laicos a un conocimiento más profundo de la verdad revelada y pidan a Dios con instancia el don de la sabiduría.
36. Cristo, habiéndose hecho obediente hasta la muerte y habiendo sido por ello exaltado por el Padre (cf. Flp 2, 8-9), entró en la gloria de su reino. A El están sometidas todas las cosas, hasta que El se someta a Sí mismo y todo lo creado al Padre, a fin de que Dios sea todo en todas las cosas (cf. 1 Co 15, 27-28). Este poder lo comunicó a sus discípulos, para que también ellos queden constituidos en soberana libertad, y por su abnegación y santa vida venzan en sí mismos el reino del pecado (cf. Rm 6, 12). Más aún, para que, sirviendo a Cristo también en los demás, conduzcan en humildad y paciencia a sus hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a reinar. También por medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: «reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz» [115]. Un reino en el cual la misma creación será liberada de la servidumbre de la corrupción para participar la libertad de la gloria de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 21). Grande, en verdad, es la promesa, y excelso el mandato dado a los discípulos: «Todas las cosas son vuestras, pero vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios» (1 Co 3, 23).
Deben, por tanto, los fieles conocer la íntima naturaleza de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios. Incluso en las ocupaciones seculares deben ayudarse mutuamente a una vida más santa, de tal manera que el mundo se impregne del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia en la justicia, en la caridad y en la paz. En el cumplimiento de este deber universal corresponde a los laicos el lugar más destacado. Por ello, con su competencia en los asuntos profanos y con su actividad elevada desde dentro por la gracia de Cristo, contribuyan eficazmente a que los bienes creados, de acuerdo con el designio del Creador y la iluminación de su Verbo, sean promovidos, mediante el trabajo humano, la técnica y la cultura civil, para utilidad de todos los hombres sin excepción; sean más convenientemente distribuidos entre ellos y, a su manera, conduzcan al progreso universal en la libertad humana y cristiana. Así Cristo, a través de los miembros de la Iglesia, iluminará más y más con su luz salvadora a toda la sociedad humana.
Igualmente coordinen los laicos sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes. Obrando de este modo, impregnarán de valor moral la cultura y las realizaciones humanas. Con este proceder simultáneamente se prepara mejor el campo del mundo para la siembra de la palabra divina, y a la Iglesia se le abren más de par en par las puertas por las que introducir en el mundo el mensaje de la paz.
Conforme lo exige la misma economía de la salvación, los fieles aprendan a distinguir con cuidado los derechos y deberes que les conciernen por su pertenencia a la Iglesia y los que les competen en cuanto miembros de la sociedad humana. Esfuércense en conciliarlos entre sí, teniendo presente que en cualquier asunto temporal deben guiarse por la conciencia cristiana, dado que ninguna actividad humana, ni siquiera en el dominio temporal, puede substraerse al imperio de Dios. En nuestro tiempo es sumamente necesario que esta distinción y simultánea armonía resalte con suma claridad en la actuación de los fieles, a fin de que la misión de la Iglesia pueda responder con mayor plenitud a los peculiares condicionamientos del mundo actual. Porque así como ha de reconocerse que la ciudad terrena, justamente entregada a las preocupaciones del siglo, se rige por principios propios, con la misma razón se debe rechazar la funesta doctrina que pretende construir la sociedad prescindiendo en absoluto de la religión y que ataca y elimina la libertad religiosa de los ciudadanos [116].
37. Los laicos, al igual que todos los fieles cristianos, tienen el derecho de recibir con abundancia [117] de los sagrados Pastores los auxilios de los bienes espirituales de la Iglesia, en particular la palabra de Dios y les sacramentos. Y manifiéstenles sus necesidades y sus deseos con aquella libertad y confianza que conviene a los hijos de Dios y a los hermanos en Cristo. Conforme a la ciencia, la competencia y el prestigio que poseen, tienen la facultad, más aún, a veces el deber, de exponer su parecer acerca de los asuntos concernientes al bien de la Iglesia [118]. Esto hágase, si las circunstancias lo requieren, a través de instituciones establecidas para ello por la Iglesia, y siempre en veracidad, fortaleza y prudencia, con reverencia y caridad hacia aquellos que, por razón de su sagrado ministerio, personifican a Cristo.
Los laicos, como los demás fieles, siguiendo el ejemplo de Cristo, que con su obediencia hasta la muerte abrió a todos los hombres el dichoso camino de la libertad de los hijos de Dios, acepten con prontitud de obediencia cristiana aquello que los Pastores sagrados, en cuanto representantes de Cristo, establecen en la Iglesia en su calidad de maestros y gobernantes. Ni dejen de encomendar a Dios en la oración a sus Prelados, que vigilan cuidadosamente como quienes deben rendir cuenta por nuestras almas, a fin de que hagan esto con gozo y no con gemidos (cf. Hb 13,17).
Por su parte, los sagrados Pastores reconozcan y promuevan la dignidad y responsabilidad de los laicos en la Iglesia. Recurran gustosamente a su prudente consejo, encomiéndenles con confianza cargos en servicio de la Iglesia y denles libertad y oportunidad para actuar; más aún, anímenles incluso a emprender obras por propia iniciativa. Consideren atentamente ante Cristo, con paterno amor, las iniciativas, los ruegos y los deseos provenientes de los laicos [119]. En cuanto a la justa libertad que a todos corresponde en la sociedad civil, los Pastores la acatarán respetuosamente.
Son de esperar muchísimos bienes para la Iglesia de este trato familiar entre los laicos y los Pastores; así se robustece en los seglares el sentido de la propia responsabilidad, se fomenta su entusiasmo y se asocian más fácilmente las fuerzas de los laicos al trabajo de los Pastores. Estos, a su vez, ayudados por la experiencia de los seglares, están en condiciones de juzgar con más precisión y objetividad tanto los asuntos espirituales como los temporales, de forma que la Iglesia entera, robustecida por todos sus miembros, cumpla con mayor eficacia su misión en favor de la vida del mundo.
38. Cada laico debe ser ante el mundo un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y una señal del Dios vivo. Todos juntos y cada uno de por sí deben alimentar al mundo con frutos espirituales (cf. Ga 5, 22) y difundir en él el espíritu de que están animados aquellos pobres, mansos y pacíficos, a quienes el Señor en el Evangelio proclamó bienaventurados (cf. Mt 5, 3-9). En una palabra, «lo que el alma es en el cuerpo, esto han de ser los cristianos en el mundo» [120].
SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS
JUNTAMENTE CON LOS PADRES DEL CONCILIO
PARA PERPETUO RECUERDO
CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA SOBRE LA IGLESIA*
LUMEN GENTIUM
CAPÍTULO IV
EL MISTERIO DE LA IGLESIA
CAPÍTULO IV
LOS LAICOS
30. El santo Concilio, una vez que ha declarado las funciones de la Jerarquía, vuelve gozoso su atención al estado de aquellos fieles cristianos que se llaman laicos. Porque, si todo lo que se ha dicho sobre el Pueblo de Dios se dirige por igual a laicos, religiosos y clérigos, sin embargo, a los laicos, hombres y mujeres, por razón de su condición y misión, les atañen particularmente ciertas cosas, cuyos fundamentos han de ser considerados con mayor cuidado a causa de las especiales circunstancias de nuestro tiempo. Los sagrados Pastores conocen perfectamente cuánto contribuyen los laicos al bien de la Iglesia entera. Saben los Pastores que no han sido instituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión salvífica de la Iglesia en el mundo, sino que su eminente función consiste en apacentar a los fieles y reconocer sus servicios y carismas de tal suerte que todos, a su modo, cooperen unánimemente en la obra común. Pues es necesario que todos, «abrazados a la verdad en todo crezcamos en caridad, llegándonos a Aquel que es nuestra cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo, trabado y unido por todos los ligamentos que lo unen y nutren para la operación propia de cada miembro, crece y se perfecciona en la caridad» (Ef 4.15-16).
31. Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia. Es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde.
El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. Pues los miembros del orden sagrado, aun cuando alguna vez pueden ocuparse de los asuntos seculares incluso ejerciendo una profesión secular, están destinados principal y expresamente al sagrado ministerio por razón de su particular vocación. En tanto que los religiosos, en virtud de su estado, proporcionan un preclaro e inestimable testimonio de que el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas. A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor.
32. Por designio divino, la santa Iglesia está organizada y se gobierna sobre la base de una admirable variedad. «Pues a la manera que en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y todos los miembros no tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros» (Rm 12,4-5).
Por tanto, el Pueblo de Dios, por El elegido, es uno: «un Señor, una fe, un bautismo» (Ef 4,5). Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo; común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección: una sola salvación, única la esperanza e indivisa la caridad. No hay, de consiguiente, en Cristo y en la Iglesia ninguna desigualdad por razón de la raza o de la nacionalidad, de la condición social o del sexo, porque «no hay judío ni griego, no hay siervo o libre, no hay varón ni mujer. Pues todos vosotros sois "uno" en Cristo Jesús» (Ga 3,28 gr.; cf. Col 3,11).
Si bien en la Iglesia no todos van por el mismo camino, sin embargo, todos están llamados a la santidad y han alcanzado idéntica fe por la justicia de Dios (cf. 2 P 1,1). Aun cuando algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos doctores, dispensadores de los misterios y pastores para los demás, existe una auténtica igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos los fieles en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo. Pues la distinción que el Señor estableció entre los sagrados ministros y el resto del Pueblo de Dios lleva consigo la solidaridad, ya que los Pastores y los demás fieles están vinculados entre sí por recíproca necesidad. Los Pastores de la Iglesia, siguiendo el ejemplo del Señor, pónganse al servicio los unos de los otros y al de los restantes fieles; éstos, a su vez, asocien gozosamente su trabajo al de los Pastores y doctores. De esta manera, todos rendirán un múltiple testimonio de admirable unidad en el Cuerpo de Cristo. Pues la misma diversidad de gracias, servicio y funciones congrega en la unidad a los hijos de Dios, porque «todas... estas cosas son obra del único e idéntico Espíritu» (1 Co 12,11).
Los laicos, del mismo modo que por la benevolencia divina tienen como hermano a Cristo, quien, siendo Señor de todo, no vino a ser servido, sino a servir (cf. Mt 20,28), también tienen por hermanos a los que, constituidos en el sagrado ministerio, enseñando, santificando y gobernando con la autoridad de Cristo, apacientan a la familia de Dios, de tal suerte que sea cumplido por todos el nuevo mandamiento de la caridad. A cuyo propósito dice bellamente San Agustín: «Si me asusta lo que soy para vosotros, también me consuela lo que soy con vosotros. Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano. Aquel nombre expresa un deber, éste una gracia; aquél indica un peligro, éste la salvación» [112].
33. Los laicos congregados en el Pueblo de Dios e integrados en el único Cuerpo de Cristo bajo una sola Cabeza, cualesquiera que sean, están llamados, a fuer de miembros vivos, a contribuir con todas sus fuerzas, las recibidas por el beneficio del Creador y las otorgadas por la gracia del Redentor, al crecimiento de la Iglesia y a su continua santificación.
Ahora bien, el apostolado de los laicos es participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, apostolado al que todos están destinados por el Señor mismo en virtud del bautismo y de la confirmación. Y los sacramentos, especialmente la sagrada Eucaristía, comunican y alimentan aquel amor hacia Dios y hacia los hombres que es el alma de todo apostolado. Los laicos están especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos [113]. Así, todo laico, en virtud de los dones que le han sido otorgados, se convierte en testigo y simultáneamente en vivo instrumento de la misión de la misma Iglesia en la medida del don de Cristo (Ef 4,7).
Además de este apostolado, que incumbe absolutamente a todos los cristianos, los laicos también puede ser llamados de diversos modos a una colaboración más inmediata con el apostolado de la Jerarquía [114], al igual que aquellos hombres y mujeres que ayudaban al apóstol Pablo en la evangelización, trabajando mucho en el Señor (cf. Flp 4,3; Rm 16,3ss). Por lo demás, poseen aptitud de ser asumidos por la Jerarquía para ciertos cargos eclesiásticos, que habrán de desempeñar con una finalidad espiritual.
Así, pues, incumbe a todos los laicos la preclara empresa de colaborar para que el divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos los tiempos y en todas las partes de la tierra. De consiguiente, ábraseles por doquier el camino para que, conforme a sus posibilidades y según las necesidades de los tiempos, también ellos participen celosamente en la obra salvífica de la Iglesia.
34. Dado que Cristo Jesús, supremo y eterno Sacerdote, quiere continuar su testimonio y su servicio por medio de los laicos, los vivifica con su Espíritu y los impulsa sin cesar a toda obra buena y perfecta.
Pues a quienes asocia íntimamente a su vida y a su misión, también les hace partícipes de su oficio sacerdotal con el fin de que ejerzan el culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hombres. Por lo cual los laicos, en cuanto consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, son admirablemente llamados y dotados, para que en ellos se produzcan siempre los más ubérrimos frutos del Espíritu. Pues todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso de alma y de cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (cf. 1 P 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del cuerpo del Señor. De este modo, también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios.
35. Cristo, el gran Profeta, que proclamó el reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de la palabra, cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la Jerarquía, que enseña en su nombre y con su poder, sino también por medio de los laicos, a quienes, consiguientemente, constituye en testigos y les dota del sentido de la fe y de la gracia de la palabra (cf. Hch 2, 17-18; Ap 19, 10) para que la virtud del Evangelio brille en la vida diaria, familiar y social. Se manifiestan como hijos de la promesa en la medida en que, fuertes en la fe y en la esperanza, aprovechan el tiempo presente (Ef 5, 16; Col 4, 5) y esperan con paciencia la gloria futura (cf. Rm 8, 25). Pero no escondan esta esperanza en el interior de su alma, antes bien manifiéstenla, incluso a través de las estructuras de la vida secular, en una constante renovación y en un forcejeo «con los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos» (Ef 6, 12).
Al igual que los sacramentos de la Nueva Ley, con los que se alimenta la vida y el apostolado de los fieles, prefiguran el cielo nuevo y la tierra nueva (cf. Ap 21, 1), así los laicos quedan constituidos en poderosos pregoneros de la fe en la cosas que esperamos (cf. Hb 11, 1) cuando, sin vacilación, unen a la vida según la fe la profesión de esa fe. Tal evangelización, es decir, el anuncio de Cristo pregonado por el testimonio de la vida y por la palabra, adquiere una característica específica y una eficacia singular por el hecho de que se lleva a cabo en las condiciones comunes del mundo.
En esta tarea resalta el gran valor de aquel estado de vida santificado por un especial sacramento, a saber, la vida matrimonial y familiar. En ella el apostolado de los laicos halla una ocasión de ejercicio y una escuela preclara si la religión cristiana penetra toda la organización de la vida y la transforma más cada día. Aquí los cónyuges tienen su propia vocación: el ser mutuamente y para sus hijos testigos de la fe y del amor de Cristo. La familia cristiana proclama en voz muy alta tanto las presentes virtudes del reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada. De tal manera, con su ejemplo y su testimonio arguye al mundo de pecado e ilumina a los que buscan la verdad.
Por consiguiente, los laicos, incluso cuando están ocupados en los cuidados temporales, pueden y deben desplegar una actividad muy valiosa en orden a la evangelización del mundo. Ya que si algunos de ellos, cuando faltan los sagrados ministros o cuando éstos se ven impedidos por un régimen de persecución, les suplen en ciertas funciones sagradas, según sus posibilidades, y si otros muchos agotan todas sus energías en la acción apostólica, es necesario, sin embargo, que todos contribuyan a la dilatación y al crecimiento del reino de Dios en el mundo. Por ello, dedíquense los laicos a un conocimiento más profundo de la verdad revelada y pidan a Dios con instancia el don de la sabiduría.
36. Cristo, habiéndose hecho obediente hasta la muerte y habiendo sido por ello exaltado por el Padre (cf. Flp 2, 8-9), entró en la gloria de su reino. A El están sometidas todas las cosas, hasta que El se someta a Sí mismo y todo lo creado al Padre, a fin de que Dios sea todo en todas las cosas (cf. 1 Co 15, 27-28). Este poder lo comunicó a sus discípulos, para que también ellos queden constituidos en soberana libertad, y por su abnegación y santa vida venzan en sí mismos el reino del pecado (cf. Rm 6, 12). Más aún, para que, sirviendo a Cristo también en los demás, conduzcan en humildad y paciencia a sus hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a reinar. También por medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: «reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz» [115]. Un reino en el cual la misma creación será liberada de la servidumbre de la corrupción para participar la libertad de la gloria de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 21). Grande, en verdad, es la promesa, y excelso el mandato dado a los discípulos: «Todas las cosas son vuestras, pero vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios» (1 Co 3, 23).
Deben, por tanto, los fieles conocer la íntima naturaleza de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios. Incluso en las ocupaciones seculares deben ayudarse mutuamente a una vida más santa, de tal manera que el mundo se impregne del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia en la justicia, en la caridad y en la paz. En el cumplimiento de este deber universal corresponde a los laicos el lugar más destacado. Por ello, con su competencia en los asuntos profanos y con su actividad elevada desde dentro por la gracia de Cristo, contribuyan eficazmente a que los bienes creados, de acuerdo con el designio del Creador y la iluminación de su Verbo, sean promovidos, mediante el trabajo humano, la técnica y la cultura civil, para utilidad de todos los hombres sin excepción; sean más convenientemente distribuidos entre ellos y, a su manera, conduzcan al progreso universal en la libertad humana y cristiana. Así Cristo, a través de los miembros de la Iglesia, iluminará más y más con su luz salvadora a toda la sociedad humana.
Igualmente coordinen los laicos sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes. Obrando de este modo, impregnarán de valor moral la cultura y las realizaciones humanas. Con este proceder simultáneamente se prepara mejor el campo del mundo para la siembra de la palabra divina, y a la Iglesia se le abren más de par en par las puertas por las que introducir en el mundo el mensaje de la paz.
Conforme lo exige la misma economía de la salvación, los fieles aprendan a distinguir con cuidado los derechos y deberes que les conciernen por su pertenencia a la Iglesia y los que les competen en cuanto miembros de la sociedad humana. Esfuércense en conciliarlos entre sí, teniendo presente que en cualquier asunto temporal deben guiarse por la conciencia cristiana, dado que ninguna actividad humana, ni siquiera en el dominio temporal, puede substraerse al imperio de Dios. En nuestro tiempo es sumamente necesario que esta distinción y simultánea armonía resalte con suma claridad en la actuación de los fieles, a fin de que la misión de la Iglesia pueda responder con mayor plenitud a los peculiares condicionamientos del mundo actual. Porque así como ha de reconocerse que la ciudad terrena, justamente entregada a las preocupaciones del siglo, se rige por principios propios, con la misma razón se debe rechazar la funesta doctrina que pretende construir la sociedad prescindiendo en absoluto de la religión y que ataca y elimina la libertad religiosa de los ciudadanos [116].
37. Los laicos, al igual que todos los fieles cristianos, tienen el derecho de recibir con abundancia [117] de los sagrados Pastores los auxilios de los bienes espirituales de la Iglesia, en particular la palabra de Dios y les sacramentos. Y manifiéstenles sus necesidades y sus deseos con aquella libertad y confianza que conviene a los hijos de Dios y a los hermanos en Cristo. Conforme a la ciencia, la competencia y el prestigio que poseen, tienen la facultad, más aún, a veces el deber, de exponer su parecer acerca de los asuntos concernientes al bien de la Iglesia [118]. Esto hágase, si las circunstancias lo requieren, a través de instituciones establecidas para ello por la Iglesia, y siempre en veracidad, fortaleza y prudencia, con reverencia y caridad hacia aquellos que, por razón de su sagrado ministerio, personifican a Cristo.
Los laicos, como los demás fieles, siguiendo el ejemplo de Cristo, que con su obediencia hasta la muerte abrió a todos los hombres el dichoso camino de la libertad de los hijos de Dios, acepten con prontitud de obediencia cristiana aquello que los Pastores sagrados, en cuanto representantes de Cristo, establecen en la Iglesia en su calidad de maestros y gobernantes. Ni dejen de encomendar a Dios en la oración a sus Prelados, que vigilan cuidadosamente como quienes deben rendir cuenta por nuestras almas, a fin de que hagan esto con gozo y no con gemidos (cf. Hb 13,17).
Por su parte, los sagrados Pastores reconozcan y promuevan la dignidad y responsabilidad de los laicos en la Iglesia. Recurran gustosamente a su prudente consejo, encomiéndenles con confianza cargos en servicio de la Iglesia y denles libertad y oportunidad para actuar; más aún, anímenles incluso a emprender obras por propia iniciativa. Consideren atentamente ante Cristo, con paterno amor, las iniciativas, los ruegos y los deseos provenientes de los laicos [119]. En cuanto a la justa libertad que a todos corresponde en la sociedad civil, los Pastores la acatarán respetuosamente.
Son de esperar muchísimos bienes para la Iglesia de este trato familiar entre los laicos y los Pastores; así se robustece en los seglares el sentido de la propia responsabilidad, se fomenta su entusiasmo y se asocian más fácilmente las fuerzas de los laicos al trabajo de los Pastores. Estos, a su vez, ayudados por la experiencia de los seglares, están en condiciones de juzgar con más precisión y objetividad tanto los asuntos espirituales como los temporales, de forma que la Iglesia entera, robustecida por todos sus miembros, cumpla con mayor eficacia su misión en favor de la vida del mundo.
38. Cada laico debe ser ante el mundo un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y una señal del Dios vivo. Todos juntos y cada uno de por sí deben alimentar al mundo con frutos espirituales (cf. Ga 5, 22) y difundir en él el espíritu de que están animados aquellos pobres, mansos y pacíficos, a quienes el Señor en el Evangelio proclamó bienaventurados (cf. Mt 5, 3-9). En una palabra, «lo que el alma es en el cuerpo, esto han de ser los cristianos en el mundo» [120].
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