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viernes, 19 de noviembre de 2010

Homilías Domingo XXXIV Tiempo Ordinario. Ciclo C. Fiesta de Cristo Rey. 21 de noviembre 2010

1.- SU “TRONO” ES LA CRUZ
Por Pedro Juan Díaz
1.- En este último domingo del tiempo ordinario se nos presenta a Jesús como rey. Pero con una manera peculiar de reinar. Su “trono” es la cruz. Y su “vara de mando” es una toalla ceñida y una jofaina llena de agua. Cristo reina desde la cruz porque en ella entrego su vida por todas las personas, una vida que vivió desde una profunda actitud de servicio. Si durante el año litúrgico vamos recordando los momentos más significativos de la vida de Jesús, en este último queremos resumir esa vida diciendo que Jesús fue “servidor”, y que si queremos ser seguidores suyos, hemos de imitar su ejemplo y ponernos al servicio de nuestros hermanos, aunque eso muchas veces nos cueste esfuerzos, sufrimientos, cruces, compromisos, entregas, etc. Esa manera de vivir y de morir de Jesús nos “ganó” la salvación.
2.- San Pablo en la segunda lectura resume todo el plan de Dios en la historia haciendo referencia a la muerte y resurrección de Jesús, “por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados”. Jesús reina entregando su vida en la cruz. Nosotros también “reinaremos” en la medida en que nuestra vida sea servicial. Jesús reina saliéndose del perfil de rey que tenían los judíos. En la primera lectura aparece David como rey ungido y honroso. Pero Jesús lo hace entre dos ladrones, crucificado como un malhechor y acusado de blasfemo y de incitador de las masas.
3.- Jesús cumple las escrituras, es el Mesías, de la descendencia de David. Ya lo anunció en la sinagoga de Nazaret al principio de su ministerio. Aún así, es cuestionado en la cruz por las autoridades y el pueblo, por los soldados, por uno de los malhechores crucificado con él… pero así demostró que era verdaderamente EL REY.
Nuestro mundo necesita “servidores”. Los necesitamos entre nuestros políticos, por ejemplo. Pero también hacen falta en nuestros trabajos, en nuestra asociación de vecinos, en el grupo de amigos, en nuestra familia, en la Parroquia, en nuestra Iglesia Diocesana. Los hay que sirven en caritas, en la catequesis, pero también están en el sindicato, en las asociaciones civiles, en los colegios, en las fábricas. El servicio es la actitud del cristiano allá donde esté.
4.- La Eucaristía nos enseña a servir como Dios quiere. Le vemos con la jofaina y la toalla ceñida lavando los pies de sus discípulos y diciéndonos: “si yo, el maestro y el señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros”. Que esta sea nuestra actitud entre nosotros. Que nuestro servicio se convierta en luz, en “presencia significativa en la calle”, como nos propone nuestro plan diocesano. Que a los cristianos de El Altet nos conozcan por nuestro servicio y nuestro amor. Proclamemos juntos nuestra fe en Cristo que reina sirviendo a los más pobres.

2.- CONSTRUIR EL AUTÉNTICO REINO DE DIOS
Por José María Martín OSA
1.- El amor le ha llevado a la cruz. Hoy, en esta fiesta de Cristo Rey, ponemos nuestros ojos en Jesús y renovamos una vez más nuestra adhesión a él. En la segunda lectura, san Pablo nos ha recordado quién es Jesús: "nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados". Ha continuado, con gran entusiasmo: "Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura... Todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.". Palabras solemnes, palabras que nos quieren comunicar la gran verdad, la gran alegría de la fe cristiana: que cada hombre y cada mujer, toda la humanidad, estamos llamados a vivir una vida de paz, de perdón, de confianza, de novedad, unidos a Jesús. Una vida que supera el dolor, la división, el mal, la muerte. Una vida verdaderamente humana…. Y para que quede claro, san Pablo termina su himno entusiasta con unas palabras que de golpe nos encaran con la realidad: Dios ha querido por Jesucristo "reconciliar consigo todos los seres, los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz". No es una fiesta apoteósica lo que Dios ha organizado para llevarnos hacia El. Lo que Dios ha hecho ha sido venir a vivir nuestra vida por medio de su Hijo, entrar en nuestro mundo de pecado y de mal, caminar a nuestro lado sin avergonzarse de nosotros, y recibir todas sus consecuencias: su amor le ha llevado a la cruz. Su entrega, su sangre derramada, ha inaugurado algo nuevo: un hombre, uno de los nuestros, ha vivido la vida humana con un amor total, sin rastro de pecado, y así ha podido romper las cadenas del mal y de la muerte; y ahora, todos nosotros podemos unirnos a El, engancharnos a El, y entrar con El en su vida nueva.
2.- El “buen ladrón” entendió el auténtico significado del “reino de Dios”. David fue ungido como rey en Hebrón. Su reinado significó la época de más esplendor de Israel. Siglos después, los israelitas esperaban un Rey, un Mesías liberador. Jesús es el Mesías ungido y esperado, a pesar de las burlas de los que no supieron reconocerle. El ministerio de Jesús está en función del reino de Dios desde el comienzo (“el reino de Dios está cerca”) hasta el final (“hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”, le dice al buen ladrón tras pedirle éste: “Jesús, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino”). El diálogo de Jesús en la cruz con los dos ladrones muestra que el arrepentimiento humano y el perdón de Dios son condiciones fundamentales del reino de Dios. Jesús estuvo cerca de pobres, marginados, malhechores y ladrones. El buen ladrón fue el último en reconocer el señorío de Jesús y el primero en tomar posesión del paraíso o entrar en el reino (“Hoy estarás conmigo en el paraíso”). Las actitudes respectivas de los dos ladrones son diametralmente opuestas. La del mal ladrón es de odio y de desprecio; es la actitud de quien rechaza el reino de Dios y su justicia. La del buen ladrón, en cambio, refleja una fe sorprendente: su reconocimiento de la condición mesiánica de Jesús es una auténtica profesión de fe. El buen ladrón reconoce lo merecido de su castigo; se considera culpable. Expresa que Cristo “no ha hecho nada malo” o, lo que es lo mismo, que todo lo hizo bien. No basta con afirmar de palabra que Jesús es Señor, es preciso, además, confesar delante de Dios y de los hermanos nuestra conducta equivocada. Para alcanzar el reino de Dios son necesarias la conversión y la fe en la buena noticia, que es el evangelio vivido y realizado, es decir, el reino de justicia y de amor. Creer no consiste únicamente en afirmar que Dios existe: es seguir a Jesús como Señor, comunicar y edificar su reino ya en este mundo, acompañarle en los sufrimientos, reconocerle como crucificado entre malhechores y resucitado en el paraíso definitivo
3.- Ayudemos a Jesús a construir el reino. Jesús nos salva con su entrega total. Nuestra mirada se dirige hacia la cruz de Jesús. Mirando a la cruz entendemos lo que quiere decir que El va delante de nosotros, que El es nuestro camino y nuestra vida, nuestro rey. Su trono es la cruz…. Allí, sintiendo cómo se acerca amorosamente a aquel otro pobre crucificado que le pide ayuda, entendemos que su entrega es también un acto de amor hacia cada uno de nosotros. Cada uno de nosotros tenemos momentos, o épocas largas, o quizás toda la vida, en que nos sentimos mal, poca cosa, pecadores y débiles, incapaces de tirar adelante. Pues Jesús, siempre, y en estos momentos en especial, nos mira con el mismo interés y con el mismo amor con que miró a su compañero de suplicio, y nos invita a continuar, a confiar, a creer en El, a caminar a su lado. Porque todos estamos llamados a la vida, a la vida de su reino. Ahora celebramos la Eucaristía, que es unirnos a Jesús, y consolidar nuestra fe en su reino, que es vida nueva para cada uno de nosotros y para todos los hombres, más allá de cualquier división, injusticia, dolor, debilidad, desesperación. ¿Nos tomamos en serio la edificación del reino? Que nuestra oración hoy sea ésta:
“Quiero vivir en tu reino, el reino del “sí” a Dios,
El reino del “sí” al hombre,
El reino de la comunión de vida con Dios,
El reino de la solidaridad con los hombres, mis hermanos”

3.- COMIENZA EL REINADO DE PERDÓN Y DE MISERICORDIA
Por Antonio García-Moreno
1.- REY DE REYES.- A la muerte del rey Saúl la guerra se enciende en los campos de las tribus de Jacob. Unos se inclinan por David, otros por Isbaal, el hijo de Saúl. Pero la suerte estaba echada desde hacía tiempo. Dios había ungido a David por medio de Samuel. Entonces era un chiquillo, pero ahora es un guerrero con experiencia, un hombre curtido por la lucha, prudente y temeroso de Yahvé. Después de algunas escaramuzas, triunfa la causa de David. Y todas las tribus vinieron a Hebrón para proclamar al nuevo rey del pueblo escogido. Aclamación unánime y entrega sin condiciones.
Aquel rey valiente y sensible como un poeta será el prototipo del gran Rey que vendría al fin de los tiempos, Cristo Señor nuestro. Ante él todas las tribus de la tierra, todas las naciones, todos los pueblos inclinarán un día la cabeza en acatamiento total. Y nosotros, los que creemos en él, ya desde ahora lo proclamamos Rey de nuestros amores, Rey de nuestro pueblo.
Muchas veces en la Biblia se habla del pueblo como un rebaño: Hoy quizá esa comparación nos resulte inadecuada, pero en aquel tiempo no lo era. Ellos también eran pastores y sabían de amores por el rebaño. Por eso muchas veces Dios se ha llamado a sí mismo pastor de su pueblo, el que lo lleva a verdes praderas, el que lo conduce a través del desierto, el que lo defiende de los ataques enemigos, el que cura a la oveja herida, el que lleva sobre sus hombros a la oveja perdida.
Cristo encarnará de forma viva esa figura del Rey pastor. Y cuando contempla a su pueblo siente una profunda pena por él, porque es un rebaño cansino y descarriado, sin pastor. Nos dice también que dejará a las noventa y nueve del rebaño, para buscar la que se perdió. Y se llenará de alegría cuando la encuentre... Este es nuestro Rey, este nuestro Pastor. Hoy nos mira con amor, y al sentirnos mirados por él volvemos nuestros ojos hacia los suyos y prometemos ser dóciles a su llamada.
2.- REINO DE AMOR Y DE PAZ.- La crueldad del hombre llega en ocasiones a límites inauditos. Cuando Jesús agonizaba en la cruz, los que estaban alrededor mostraron sentimientos más de fieras que de hombres. No se contentaron con vencerlo y clavarlo vivo en una cruz como un vulgar malhechor, a él que es la misma inocencia, que sólo bien hizo a los que se cruzaron en su camino, a él que habló sobre todo de amor y de comprensión, de generosidad y de servicio. No tenían bastante, por lo visto, con tenerlo allí colgado, desangrándose poco a poco.
Se plantan delante de él y le insultan, le escarnecen, le recuerdan su antiguo poder de taumaturgo, sus palabras de Maestro único. No sólo eran los soldados, acostumbrados quizá a aquellos dramáticos trances. También se reían con sarcasmo los sacerdotes, al frente de la multitud que corea y ríe sus ocurrencias. Cómo dolería a Jesús todo aquello, cómo le recordaría los momentos en los que se compadeció hasta la ternura de la muchedumbre, de sus necesidades. Sí, le dolería y lastimaría la ingratitud del pueblo, que tanto recibió de su bondad y de su poder.
Sin embargo, en el palo vertical de la cruz se podía leer con claridad la causa de la condena: Jesús Nazareno, Rey de los judíos. Todos aquellos que deambulaban por Jerusalén y sus alrededores pudieron enterarse de lo ocurrido. Todos pudieron contemplar el patíbulo, colocado precisamente en un promontorio cercano a la ciudad. Los de habla aramea, así como los peregrinos llegados de los más remotos lugares para celebrar la Pascua, todos pudieron leer aquel "titlon", aquella especie de pancarta en donde se expresaba con brevedad la causa de la condena. En ella se proclamaba en arameo, griego y latín el delito de Jesús de Nazaret.
A los gerifaltes de Israel les molestó que Pilato lo escribiera en esos términos. Debería haber puesto que se hacía pasar por Rey de Israel, y no que era el Rey de Israel. Pero el Pretor, que tanto había cedido, no quiso ceder más y allí quedó para siempre la proclama de la verdadera condición del hijo de José, el carpintero de Nazaret. Sí, él era el Rey de Israel, es decir, el Mesías profetizado desde antiguo, el Redentor del mundo, el Salvador, el Hijo de Dios.
Los Apóstoles habían huido. Sólo estaba cerca Juan. También estaba la Virgen y las otras mujeres. Pero todos ellos callan y lloran. Es indudable que con su presencia reconocían y aceptaban la grandeza del Señor, aun en medio de su presente derrota y tremenda humillación. Sin embargo, no se atreven a decir nada. Quizás miraban con devoción y amor al Amigo, al Hijo, al Maestro, a Dios que se ahoga en su propia sangre...
Pero de improviso resuena una voz discordante. Alguien se pone abiertamente de parte de aquel ajusticiado. Es uno de la crucificados junto a Jesús. Primero recrimina al otro ladrón que también está en el suplicio, luego se vuelve al Nazareno y lo reconoce como Rey, suplicándole que se acuerde de él cuando esté en su Reino. La voz del Señor no tarda en oírse: "Esta misma tarde estarás conmigo en al Paraíso"... Comenzaba su reinado de perdón y de misericordia.

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