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jueves, 9 de febrero de 2012

HOMILIAS: VI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. CICLO B. 12 DE FEBRERO, 2012.

HOMILIAS: VI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. CICLO B. 12 DE FEBRERO, 2012. 1.- "SEÑOR, SI QUIERES PUEDES LIMPIARME" Por Antonio García-Moreno 1.- LEPROSOS.- El Levítico da una serie de normas para aquellos que, de una u otra forma, contraigan una impureza legal. Aquí se refiere a las enfermedades de la piel, y en especial a la lepra. El que contrajera alguna de esas dolencias, en su mayoría contagiosas, tenía que presentarse al sacerdote para que viese si realmente existía aquella enfermedad y, en su caso, tomar una serie de medidas de tipo terapéutico y preventivo. De ese modo se evitaba, dentro de lo posible, que la enfermedad se extendiera. Pero al mismo tiempo se consideraba al enfermo como castigado por Dios, culpable de un pecado, quizá oculto, que en definitiva era la causa de aquel mal. Así, el pobre leproso no sólo tenía que sufrir su dolencia física, sino que además tenía que padecer la humillación y la vergüenza de ser considerado un hombre empecatado. Con el tiempo esa concepción se fue suavizando, pero siempre quedó en pie la idea de que quien padecía alguna enfermedad, sobre todo de la piel, era una persona impura cuyo contacto manchaba y transmitía su propia impureza. De ahí que siguiera siendo obligatorio acudir al sacerdote, para que incluyera al enfermo en la lista de los impuros. Luego, cuando la enfermedad se curase, debía volver otra vez al sacerdote, para que lo reconociera y lo borrara de la fatídica lista. El leproso tenía que llevar los vestidos rotos, rapada la cabeza y cubierta la barba. Además debía gritar cuando alguien se acercaba diciendo "tamé, tamé", es decir, "impuro, impuro". Tenía su morada fuera de la ciudad. Unas veces en cuevas y otras en chozas. Eran poblados miserables en los que aquella pobre gente se pudría poco a poco, sumidos en la soledad y el desamparo, cuando no en la desesperación. Desde siempre, esa triste situación se ha considerado como un símbolo del alma en pecado, que es en realidad la lepra del alma, el mal terrible que corroe y mancha al hombre. Una lepra mucho más dañina, pues sus consecuencias no terminan con la muerte, sino que con ella empiezan para no terminar jamás. Consecuencias indescriptibles que superan infinitamente el sufrimiento y las penas de aquellos tiempos. Hemos de reaccionar, hemos de luchar con alma y vida para evitar el pecado, para salir de él si lo hemos cometido. Vayamos al sacerdote como aquellos pobrecitos leprosos para que nos cure, para que perdone nuestros pecados y nos ayude a huir de nuestra soledad y tristeza, devolviéndonos la salud y la paz. 2.- SEÑOR, SI QUIERES... Otro leproso aparece de nuevo en las páginas bíblicas, donde se recoge la vida misma, tan llena a menudo de dolor y de calamidades. Un leproso que acude confiado y audaz al joven Rabí de Nazaret, que tanto poder tiene y tanta compasión muestra ante las penas del hombre. Y el Señor atiende su petición y le cura. Nosotros contemplamos hoy este pasaje y tratamos de aprender algo de lo mucho que un relato evangélico siempre contiene. Por lo pronto nos sentimos identificados con el pobrecito leproso. También nuestra carne está enferma y podrida. Muchas veces notamos su dentellada en nuestra vida, sentimos que nos tira hacia abajo a pesar de querer volar hacia arriba. El corazón se inclina con frecuencia al orgullo y a la vanidad, al egoísmo y la soberbia, a la pereza y la sensualidad. Sí, también nosotros, como le ocurría a San Pablo, llevamos metida en la carne una espina y experimentamos la bofetada del demonio en nuestro rostro. Aquel leproso del Evangelio viene hasta Jesús, se acerca a él. Esto es lo primero que hemos de hacer, si queremos ser curados de la lepra de nuestra alma, acercarnos a Cristo, llegar hasta donde está él, oculto, pero presente en el Sagrario. Venir también hasta el sacramento de la Penitencia para confesar nuestros pecados con humildad, para que él nos perdone y nos dé fuerzas para no ofenderle nunca más. El leproso se pone de rodillas y adopta una actitud suplicante. Con una gran fe y humildad, lleno de confianza, exclama: "Señor, si quieres puedes limpiarme". Ante esa manera de rogarle, ante esa sencillez, el corazón de Cristo se enternece con una compasión profunda y contesta: "Quiero: queda limpio". Y al instante desapareció la lepra y quedó limpio. Jesús no se hizo rogar, fue suficiente la humillación y la confianza del leproso para que actuara en su favor enseguida. Seguimos contemplando y nos llenamos de alegría y de esperanza. Contemplamos en silencio a Jesús y esperamos que nos mire y se compadezca también de nosotros, tan sucios y podridos quizás. Desde lo más hondo de nuestro ser repetimos la sencilla plegaria del leproso: "Señor, si quieres puedes limpiarme". Así una y otra vez. Podemos estar seguros de que Jesús volverá a enternecerse y nos dirá: "Quiero: queda limpio". ---------------------------------------------------------------------------------------------------------- 2.- JESUS CURA Y DEVUELVE LA DIGNIDAD Por José María Martin OSA 1.- Enfermedad y marginación. En el Libro del Levítico se relaciona la enfermedad con el pecado y la impureza. La enfermedad era consecuencia de las malas acciones, incluso repercutían en los hijos. Es lepra en sentido bíblico cualquier enfermedad de la piel. En principio, cualquier enfermedad que se manifestaba ostensiblemente en el cuerpo constituía una impureza que incapacitaba legalmente a los pacientes para tomar parte legalmente en el culto. Los leprosos tenían que habitar fuera de las ciudades y vivir al margen de la comunidad, llevaban barba tapada y se vestían de andrajos, avisaban de su presencia con una campanilla a cuantos sanos y "puros" se les acercaban... Estas medidas eran necesarias para evitar que la comunidad santa o "pura" se contaminase de impureza y se hiciera inhábil para el culto. La marginación de los leprosos y su reintegración, una vez curados, a la comunidad, constituía un proceso semejante al que ya en Israel, más tarde en la iglesia, se sometía a los penitentes. Aunque una cosa es la enfermedad y la impureza cultual y otra distinta el pecado y la impureza del corazón, se veía entre ambas realidades una cierta conexión. El estigma del leproso era doble: tenía que soportar el padecimiento físico de la enfermedad y el dolor moral de ser considerado pecador. Por eso se anunciaba como una de las grandes señales mesiánicas la curación de los leprosos, que debía ser la señal de una purificación del corazón. 2.- Jesús cura y rehabilita. Impresiona la descripción del Evangelio. Un leproso se acerca a Jesús. El hombre dice solamente: “Si quieres puedes limpiarme”. Reconoce su situación y al mismo tiempo, confiesa el poder de Dios. Es el grito de la humanidad que reconoce su verdadera situación, cuando admite que esta dividida y que se ha alejado de Dios. El leproso se siente rechazado por los hombres y por Dios. Tal vez, la lepra del tiempo que nos toca vivir sea el estrés, en cuanto a que nos aparta de nosotros, de Dios y de los demás. Es muy raro encontrar reflejados en los evangelios los sentimientos de Jesús. El relato de hoy es uno de los poquísimos casos en que éstos se traslucen: "sintiendo lástima". Casi sin dar tiempo al sentimiento, resuena la palabra de Jesús: "Quiero, queda limpio". Jesús no solamente no lo rechaza sino que también, lo toca. Podemos advertir la insistencia con que aparecen los verbos “limpiar” y “purificar”. Sin embargo, en ningún momento se habla de curar. Al autor del evangelio, le interesa el cambio de situación del que es considerado impuro, apartado y marginado. Esto es más importante que el milagro de haberse curado de la lepra. Jesús con su tocar y con su poner de pie, está resucitando a un muerto social. También, podemos actualizarlo para nosotros y para aquellos lugares de la sociedad donde hacen falta estas intervenciones que ponen de pie y ayudan a esperar tiempos mejores. 3.- “La salud, derecho de todos: ¡actúa!”. Este es el lema de Manos Unidas para la Campaña Contra el Hambre de este año 2012. El mensaje se centra en el 6º de los Objetivos de Desarrollo del Milenio: combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades. El Cartel de la campaña que lleva por título ‘Latidos de esperanza’ quiere transmitirnos el objetivo de la campaña: la detección y reducción de las graves enfermedades que azotan a las zonas del mundo menos favorecidas que ha de ser el resultado de un proyecto común de toda la sociedad. Una sociedad solidaria basada en el apoyo y la cooperación de cada individuo. La aportación de cada uno de nosotros supone una inyección de vitalidad al proyecto. La utilización en el póster del estetoscopio como símbolo de la prevención en la salud, unido a la representación gráfica de la tierra, subraya la idea de que todos nuestros esfuerzos funcionan como uno solo, como un gran latido que aporta vida a nuestro mundo. Si no sumamos todos, el latido será débil y se apagará, igual que se apaga una vida. Pensar que con solo 20 euros se puede curar un enfermo de lepra o con 54 un enfermo del SIDA nos hace despertar de nuestro adormecimiento y es una llamada a nuestra conciencia. A pesar de la crisis económica que estamos viviendo, en nuestras manos está salvar vidas concretas. ---------------------------------------------------------------------------------------------------------- 3.- LA VALENTÍA DEL LEPROSO Por Ángel Gómez Escorial 1.- Si hemos escuchado atentamente el relato de Marcos en el Evangelio de hoy vemos muchas cosas dignas de ser tomadas en línea a las prescripciones en torno a los leprosos. Es el enfermo quien se acerca a Jesús. Eso significa que el mismo Jesús le autorizó a romper la distancia de seguridad que marcaba la Ley. Y le permite asimismo que hable. Expresa el leproso su deseo de ser curado por Jesús. El Maestro lo acepta pero además toca al leproso, lo cual estaba completamente prohibido. Es cierto que podría haberle curado sin rozarle, con solo una palabra. Pero le toca y eso en presencia de todos, de las multitudes que le seguían cotidianamente. Para que no quepan dudas de que su gesto es humano y humanitario. Rompe así el aislamiento del leproso. 2.- Jesús cumple la Ley de Moisés y por ese le pide al leproso que haga lo que manda la religión y que se presente al sacerdote. A lo que se opone Jesús es a lo inhumano de una parte de esa ley, al aislamiento, a la soledad y a la pobreza obligados del enfermo de lepra. Todo el enfrentamiento de Jesús de Nazaret con la religión oficial reside en la exageración de unas normas que se habían convertido en auténtica esclavitud. Esas normas habían creado una imagen falsa de Dios, convirtiéndole en un ser lejano y justiciero. Y es lo que el Maestro quiere evitar. Y comunica algo completamente revolucionario para esos tiempos… y para los de ahora: que Dios es amor y que el prójimo merece nuestro cariño y ayuda, nuestro roce, nuestras caricias y las necesarias palabras de aliento. 3.- Merece la pena, por tanto, describir la muralla de desamor que marcaba la ley judía respecto a los leprosos. Y ciertamente nos llenan de espanto, hoy por hoy, las normas que se incluían en el Levítico sobre la prevención de la lepra. Considerado impuro –no simplemente enfermo—el leproso tenía que abandonar la sociedad e irse a lugares apartados. No le era posible, ni siquiera, dejarse ver. Tampoco podía vestirse con un cierto decoro. El enfermo de lepra tenia que ir lleno de harapos y no tanto porque su problema --su extrema pobreza o por su alejamiento-- le llevará a portar andrajos. La ley marcaba que fuera así Y todas esas prescripciones –religiosas y legales—llegaron con toda su crudeza a los tiempos de Jesús. La combinación de un sentido religioso de la enfermedad llevaba a condenar al leproso a un auténtico infierno en este mundo. De todas formas esas prescripciones no eran exclusivas de los judíos. Otras religiones orientales mantenían la misma dureza. Sin duda el problema social era la lepra, pero su sistema de prevención superaba cualquier principio de humanidad. 3.- En estos primeros momentos de la predicación de Jesús de Nazaret, Él no quiere revelar, todavía, su poder y la naturaleza exacta de su misión. Prohíbe al leproso que divulgue su curación, sólo que cumpla con su deber religioso. También impide a los demonios que una vez expulsados de los cuerpos enfermos le reconozcan como el Hijo de Dios. ¿Por qué sería esto? Pues tal vez Jesús quisiera convencer a todos de su “pasar el tiempo haciendo el bien” por amor y no por poder. Es más que obvio que si Nuestro Señor Jesucristo hubiese llenado la Palestina de entonces de prodigios y milagros –como los de la multiplicación de alimentos—hubiera sido proclamado Rey. Y habría, igualmente, fomentado la idea que sus contemporáneos tenían del Mesías como triunfador político, como libertador de la ocupación romana y como agente directo de la vuelta a la hegemonía del Estado de Israel sobre las naciones cercanas y las no tan próximas. Pero Jesús traía un reino de paz y de amor y los enfermos eran curados para mitigar el sufrimiento humano, no para demostrar su poder sobrehumano. Nunca hizo un milagro en su beneficio, ni nunca emprendió cosa alguna que se alejara de la obediencia a su Padre y del amor a sus hermanos. 4.- San Pablo se está refiriendo, en el fragmento que hemos escuchado hoy de su primera carta a los fieles de Corinto, al problema de comer o no comer las carnes sacrificadas a los ídolos. El apóstol no da importancia a ese hecho, pues en realidad dicha carne es sólo carne. Pero algunos cristianos, sobre todo los más cercanos a las creencias judías, repudiaban totalmente tal práctica. Pablo consigue con su exhortación dar una normal general importantísima para la conducta del cristiano: “Hacedlo todo para gloria de Dios”. Y la clave está en que todas nuestras acciones, posturas ante la vida, prácticas generales y hasta pensamientos todos sean para mayor gloria de Dios. Pero no es fácil. Hay una tendencia a encerrar en el templo algunas cosas y cuestiones, haciendo en la calle lo que hace la mayoría o está más de moda. Es decir solo queremos al prójimo en la Iglesia, entregando unas monedas en las colectas, pero al salir fuera seremos capaces de explotar o humillar a nuestros hermanos. Y si no lo hacemos directamente colaboraremos con empresas o situaciones que lo hacen. 5.- Esa especie de esquizofrenia de vida y comportamiento es una constante de los cristianos ahora y en todas las épocas. Y contra eso ya Pablo hace casi dos mil años llamaba la atención sobre el problema. Y además es que dicha posición de hacer todo por la gloria de Dios, plantea que todo lo creado es bueno, pero no hay maldad en la gran mayoría de nuestras acciones y de nuestras necesidades y deseos. Que no hay oposición entre lo material y lo espiritual, ni en lo llamado bueno, ni en lo llamado malo. Y es que Jesús nos enseñó que todo lo que hacía era para Gloria de su Padre. Somos los hombres y mujeres de todos los tiempos quienes marcamos fronteras y divisiones innecesarias. Los que decretamos la bondad o la maldad de algunos de nuestros semejantes. Pero eso Dios no lo hace ni lo dice. Y es que el fondo de lo que dice Pablo hay una invitación a la unidad de todos, dentro del amor y en comunión con Dios. Y Pablo de Tarso no hace otra cosa que imitar a Jesús. Así es el Señor Jesús quien nos lo enseña mediante la palabra inspirada de Pablo. 6.- Dediquemos esta semana que empieza a meditar sobre esos caminos de amor a Dios y a los hermanos. Tenemos un “pretexto” excelente. El domingo celebramos la jornada contra el hambre. Y, también, Manos Unidas, benemérita ONG de origen español nos comunica en el lema de su campaña para 2012 un lema muy claro: “La salud, derecho de todos: ¡actúa!”. Y es que las acciones –por ejemplo—contra las hambrunas de Somalia demuestran que tras remediar lo más urgente de padecer hambre, se abre un tiempo de enfermedades producidas por la desnutrición severa que sufren los que han pasado episodios de ausencia de alimentación. Es una advertencia bella y sabia que hemos de tener en cuenta. Seamos lo más activos posible en esta llamada de atención de la Iglesia contra el hambre en el mundo, problema mucho más extendido de lo que piensan muchos y que se está acercando a nuestras puertas de “países desarrollados” por efecto de la severa crisis económica que sufrimos. Hoy Jesús de Nazaret nos ha enseñado que hemos romper las barreras que nos separan del prójimo y no inventar –o favorecer-- leyes que nos separan de él o que traigan desigualdad y odio entre nosotros. Los hebreos habían legislado con dureza enorme contra los leprosos, pero hay muchas disposiciones en estos tiempos y en todo el mundo que favorecen la desigualdad y la penuria. El ejemplo de leproso, en el relato evangélico de hoy, tuvo un acto de valentía y se acercó, contra todos y todo, a Jesús. Y Él le dio la felicidad. No detengamos a ninguno de aquellos que intentan vivir mejor entre nosotros. Si ellos son valientes –ahí están las pateras—nosotros hemos de ser generosos… ¡Siempre!

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