Buscar este blog

sábado, 2 de abril de 2011

Homilias: Domingo IV Semana de Cuaresma. Ciclo A. 03 de abril 2011

1.- ES NUESTRA LUZ
Por José María Martín OSA
1.- Renovar nuestro compromiso bautismal. Hoy es el domingo “laetare”. Dios nos dice: “alegraos”. Toda la liturgia nos invita a experimentar una alegría profunda, un gran gozo por la proximidad de la Pascua. Las lecturas de los domingos de Cuaresma del ciclo A tienen un marcado carácter bautismal. Nosotros somos consagrados, ungidos como lo fue el rey David. Debemos abandonar las tinieblas y vivir como hijos de la luz, nos pide la segunda lectura de la Carta a los Efesios. Las palabras del apóstol san Pablo nos estimulan a recorrer este camino de conversión y renovación espiritual. En virtud del bautismo, los cristianos somos «iluminados»; ya hemos recibido la luz de Cristo. Por tanto, estamos llamados a conformar su existencia con el don de Dios: ¡a ser hijos de la luz! Abandonar las obras estériles es producir frutos de luz.
2.- Cristo es nuestra luz. Como ocurrió el domingo pasado con la samaritana, el ciego de nacimiento nos representa a todos. Jesús fue causa de una gran alegría para aquel ciego a quien otorgó la vista corporal y la luz espiritual. El ciego creyó y recibió la luz de Cristo. En cambio, aquellos fariseos, que se creían en la sabiduría y en la luz, permanecieron ciegos por su dureza de corazón y por su pecado. Cristo es nuestra luz. ¡Qué necesaria nos es la luz de Cristo para ver la realidad en su verdadera dimensión! Sin la luz de la fe seríamos prácticamente ciegos. Nosotros hemos recibido la luz de Jesucristo y hace falta que toda nuestra vida sea iluminada por esta luz. Más aun, esta luz ha de resplandecer en la santidad de la vida para que atraiga a muchos que todavía la desconocen. Todo eso supone conversión y crecimiento en el amor, especialmente en este tiempo de Cuaresma.
3.- Es necesario, en primer lugar, querer ver. Sólo una cosa nos puede apartar de la luz y de la alegría que nos da Jesucristo, es el desamor, el querer vivir lejos de la luz del Señor. La Pascua está cerca y el Señor quiere comunicarnos toda la alegría de la Resurrección. Dispongámonos para acogerla y celebrarla. Jesucristo nos da su medicina, el barro de su gracia, pero necesita nuestra colaboración: «Vete, lávate», nos dice Jesús…Nos invita a lavarnos en las aguas purificadoras del sacramento de la Reconciliación. Ahí encontraremos la luz y la alegría, y realizaremos la mejor preparación para la Pascua. “Al hombre que busca la vida, Cristo -nos dice San Agustín- se le presenta como verdad y vida; y una vida que conseguiremos en plenitud cuando le veamos cara a cara. Hasta entonces, Cristo es el camino; por esa senda todos podemos caminar y él mismo está dispuesto a ayudarnos de mil maneras. Hemos sido creados para la vida y todos, de un modo u otro, la buscamos. Pero, en medio de esa búsqueda, podemos equivocar la senda, equivocar la libertad. Y en esta situación de posible ruina, él se nos propone como camino. Nos corresponde a nosotros emplear «el colirio de la fe» para no equivocar la senda. Sin ella nos hallaremos habitualmente inmersos en nuestros planes de ciudadanos de la torre de Babel”. La Cuaresma es un tiempo idóneo para renovar nuestra condición de ciudadanos del cielo. Reconozcamos nuestra ceguera y dejémonos guiar por “el Buen Pastor”, que nos lleva por sendas de luz y de vida.
________________________________________

2.- EL CIEGO DE NACIMIENTO
Por Gabriel González del Estal
1. Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Los judíos pensaban que toda desgracia física era consecuencia de un pecado. Cuando el pueblo de Israel pecaba, Dios le retiraba su favor y los enemigos le vencían. La penitencia era una condición necesaria para volver a obtener el favor y la protección de Yahvé. Lo mismo ocurría con las personas individuales: cuando una persona tenía una enfermedad, o le sobrevenía una desgracia, era por haber pecado contra Dios. Así pensaban los judíos del tiempo de Jesús, pero Jesús no pensaba así, sino que interpretaba de una manera muy distinta las desgracias, las enfermedades, y todos los acontecimientos que acompañan a la vida de una persona. Todo lo que nos ocurre está permitido por Dios, para su mayor gloria. Así debió entenderlo también San Ignacio de Loyola, cuando recomendaba a sus frailes que todo lo hicieran “ad mayorem Dei gloriam”, a la mayor gloria de Dios. La enfermedad del ciego de nacimiento no era, pues, según nos enseña Jesús, consecuencia de algún pecado, sino para que en él se manifestara la obra de Dios. Me parece maravillosa y llena de buenas consecuencias esta enseñanza del Maestro. Dios nos ha regalado la vida para que, con nuestra vida, glorifiquemos a Dios, para que nuestra vida sea un reflejo de la gloria de Dios. Debemos intentar ser espejos donde se refleje la bondad y el amor de Dios. No sólo nuestras buenas obras, sino hasta nuestros defectos y nuestras enfermedades deben hacer visible la grandeza de Dios en nosotros. El que lucha con humildad para corregir sus defectos y el que no se deja abatir por sus debilidades físicas y espirituales, si lo hace con el alma llena de confianza en Dios, está dando gloria a Dios, está permitiendo que la obra de Dios se manifieste en él.
2. Este no viene de Dios, porque no guarda el sábado. El que no quiere ver, encuentra siempre razones para no ver. Los fariseos no querían ver a Jesús como Mesías y Maestro y, por eso, buscaban cualquier razón, o pretexto, para desacreditarle. ¡No hay peor ciego que el que no quiere ver! A los fariseos no les interesaba ver la verdad, porque la Verdad de Dios, su Mesías, dejaba al descubierto sus hipocresías y falsedades. Lo mismo nos pasa a cada uno de nosotros en la vida ordinaria: cuando no nos interesa que una cosa sea como es, buscamos mil razones para verla de otra manera. La verdad de la política, el deporte, y la misma religión, es vista por cada uno de nosotros según el color del cristal con que miramos. Por eso, es necesario siempre hacer un gran ejercicio de sinceridad para purificar nuestra mirada. Hasta nuestros intereses más egoístas y recónditos pueden servirnos de cristal para desfigurar la realidad. El ciego de nacimiento quería ver y no ocultó la verdad de lo que veía, a pesar de lo difícil que se lo estaban poniendo los fariseos. Hagamos nosotros lo mismo: purifiquemos nuestra mirada para ver la verdad tal como es, y no como a nuestros intereses les interesa que sea.
3. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón. ¡Las apariencias engañan!, decimos frecuentemente nosotros, y es verdad. Si uno es buen actor puede aparentar fácilmente que es lo que no es. Por eso es tan difícil juzgar y entender a los demás: porque todos somos un poco actores de nuestra propia vida, ante los demás. Pero ante Dios no es así: Dios mira a nuestro corazón y escudriña todas nuestras acciones. Esto debe ser un consuelo para nosotros, cuando obramos con un corazón puro. Los demás podrán juzgarnos por las apariencias, o por sus intereses, pero Dios siempre nos juzgará por la bondad o maldad de nuestro corazón. Pidámosle hoy al Señor, con humildad: dame, Señor, un corazón puro, que nunca me falte tu santo Espíritu.
________________________________________
3.- JESÚS NOS ABRE LOS OJOS, NOS LIMPIA LA MIRADA
Por Pedro Juan Díaz
1.- La Palabra de Dios siempre es muy rica, pero en este tiempo de Cuaresma está llena de imágenes que nos ayudan a relacionarla con nuestra vida. El primer domingo era la imagen del desierto como lugar de revisión, el segundo domingo la montaña como lugar de oración, la semana pasada el agua como símbolo de una vida llena de sentido que da Dios, y hoy la luz, ese “abrir los ojos” que Dios nos propone siempre para descubrirle cerca de nosotros, pero con otros parámetros distintos a los que rigen nuestra sociedad.
2.- Desde siempre Dios se ha manifestado a las personas de manera sencilla, callada, muy respetuosa, casi sin hacer ruido, pero ha provocado en esas personas el testimonio, el júbilo, la alegría, la acción. Y si no fijaos en David, todo un rey de Israel, recordado, admirado, elogiado, pero para llegar ahí comenzó siendo un humilde pastor, el más pequeño de todos sus hermanos, el de apariencia más débil. En él se fijo Dios, porque “daba el perfil”, el de Dios, claro, no el nuestro, porque como bien le dice el Señor a Samuel: “la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón”.
3.- Otro que se convirtió en TESTIGO y se postró a los pies de Jesús fue aquel ciego de nacimiento del que nos habla el Evangelio. Un hombre incapacitado por la sociedad en la que vivía para cualquier cosa, por ser enfermo (ciego) y pecador, pero al que Jesús se acerca “para que se manifiesten en él las obras de Dios”. Jesús se fija en él, lo elige, lo llama y le encomienda una misión. Y el ciego empezó a dar testimonio, pero le pasa un poco como a la Samaritana, que al principio no sabe quién es el que tiene delante, pero poco a poco se va dando cuenta, hasta que acaba reconociéndole como Mesías.
4.- Primero da testimonio entre sus paisanos: “ese hombre que se llama Jesús…”. Después ante los fariseos, obsesionados con el cumplimiento milimétrico de la ley, y que buscaban acusar a Jesús porque había curado en sábado. Delante de ellos reconoce a Jesús como “un profeta”. De nuevo otra vez ante los fariseos, pero ya se reconoce como “discípulo” de Jesús, y les propone serlo a los fariseos (“¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?”), cosa que estos rechazan y acaban expulsando al ciego de la sinagoga. Y finalmente ante Jesús, que le hace la pregunta definitiva: “¿Crees tú en el hijo del hombre? ¿Y quién es? Lo estás viendo (porque ya no eres ciego, ni física ni espiritualmente), el que te está hablando. Creo, Señor”.
5.- La Cuaresma es toda una catequesis que nos ha de llevar a “caminar como hijos de la luz, buscando lo que agrada al Señor”, como dice San Pablo hoy a los cristianos de Éfeso. Jesús es la LUZ, con mayúsculas, esa que nos ayudará a verle a Él cerca de nosotros, y a vernos a nosotros mismos, y reconocernos como sus discípulos, invitados a dar testimonio de lo que Dios ha hecho con nosotros y en nuestras vidas. No somos “súper-hombres”, ni “súper-mujeres”, tampoco David y el ciego lo fueron, pero con la fuerza de Dios llegaron a ser “como una luz” en medio de las personas con las que convivían, y eso si que está a nuestro alcance.
6.- Cada vez que nos acercamos a la Eucaristía, Jesús nos abre los ojos, nos limpia la mirada, para que podamos descubrirle aquí, y también ahí fuera, en los hermanos, especialmente entre los que sufren, entre los necesitados, entre los pequeños, entre los abandonados, siempre entre los más pobres. Ojala que podamos abrir nuestro corazón para que Él sea nuestra LUZ. “Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz”.

No hay comentarios: