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sábado, 6 de agosto de 2011

HOMILIAS: XIX DOMINGO T. O. CICLO A. 7 DE AGOSTO 2011

HOMILIAS: XIX DOMINGO T. O. CICLO A. 7 DE AGOSTO 2011
1.- CAMINAR SOSTENIDOS POR JESÚS Y SU PALABRA
Por Pedro Juan Díaz
1.- El Evangelio que acabamos de escuchar tiene un matiz muy eclesial y simbólico, ya que nos hace preguntarnos dónde están los discípulos y dónde está Jesús, es decir, donde está la comunidad (nosotros) y dónde vemos a Jesús. Mateo quiere ayudar a su comunidad a liberarse de sus miedos y de su poca fe. En este Evangelio, los discípulos están solos, es noche cerrada, Jesús no les acompaña, la barca ha sido arrastrada por los vientos contrarios que les impiden volver, y Jesús está a mucha distancia, rezando. ¿No se parece esto a la situación de muchas de nuestras comunidades cristianas? Y cuando Jesús se acerca para ayudar, los discípulos, atemorizados, creen ver un fantasma. El miedo, las dudas, nuestra falta de fe, nos impiden reconocer a Jesús, que camina a nuestro lado, de manera especial en los momentos de crisis.
2.- ¿Cómo hemos llegado hasta esta situación? ¿Por qué están tan lejos de Jesús nuestras comunidades cristianas? Por la fragilidad de nuestra fe, por nuestros miedos, por nuestras dudas. En la Iglesia, tenemos miedo al desprestigio, a la pérdida de poder, al rechazo, incluso a veces tenemos miedo a Dios (más que amor por Él). En el fondo, es un miedo a seguir los pasos de Jesús, y el mismo nos dice: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?”. Sin embargo, ahí vemos a Pedro, que se lanza al agua, se quiere comprometer, se atreve con lo que parece imposible, pero pueden más sus dudas y sus miedos. Las dificultades hacen que nos hundamos, los vientos son contrarios, necesitamos ser sostenidos por Jesús. Y Jesús no nos abandona, y menos cuando nuestra barca se hunde.
3.- El mismo Jesús en el Evangelio nos propone dos elementos para reforzar nuestra fe. En primer lugar, la fe se afianza en la debilidad, sintiéndonos humanos y con miedos, porque es entonces cuando ponemos nuestra confianza en Dios. Esta fue también la experiencia de Pablo: “cuando soy débil, entonces soy fuerte”. Una palabra de Jesús suscita la fe de los discípulos: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”. Frente a las dudas, el miedo y los vientos contrarios, está la Palabra de Jesús y su mano extendida. En la primera lectura también aparece como, ante una situación difícil del pueblo de Israel, en la que está en juego la propia Alianza que Dios hizo con Moisés, el profeta Elías, sostenido por Dios, anuncia de nuevo paz, bienestar, esperanza… Dios está en la brisa. Jesús calma los vientos y pone paz en la barca, en la Iglesia, en nuestras comunidades, en nuestros corazones, en nuestras vidas.
4.- En segundo lugar, es curioso el juego de miradas entre Jesús y Pedro. Pedro se mira a sí mismo y se hunde, pero cuando levanta la mirada y ve a Jesús con la mano extendida, recupera las fuerzas y sale a flote. En el fondo, todo depende de la mirada. Cuanto más nos miramos a nosotros mismos, más nos hundimos. Será importante dejar de mirarnos a nosotros, a nuestros pies que se hunden, a nuestros fallos, a nuestras debilidades, a nuestra falta de fe, y poner nuestra mirada en Él. Sólo así Pedro y los discípulos consiguen salir a flote y confiesan su fe en Jesús: “Realmente eres Hijo de Dios”.
5.- San Pablo, en la segunda lectura, también manifiesta sus dificultades para entender porque el pueblo de Israel no acepta el Evangelio de Jesús. Él ha descubierto el “tesoro” (del que hablábamos semanas atrás) y no comprende cómo los demás no son capaces de verlo así, y eso le llena de tristeza. Es más, reconoce que Jesús es mejor acogido y aceptado entre los paganos, que entre su propio pueblo judío. Y es que las dificultades, cuando están “dentro de casa”, son más difíciles de llevar. Muchas veces nuestros miedos y dudas hacia el interior de nuestra Iglesia y de nuestras comunidades, impiden que anunciemos la Buena Noticia con alegría, y dificultan que otros puedan acercarse.
6.- La Palabra de Dios de hoy nos llama a releer constantemente nuestras vidas a la luz de estas experiencias: ¿Cuáles son nuestros vientos contrarios? ¿Cuáles son nuestras dudas, nuestros miedos? ¿Qué pedimos a Dios en esos momentos? ¿Cómo le descubrimos? ¿Cómo se nos manifiesta? ¿Cómo le buscamos? ¿Qué hacemos para crecer en confianza y en fidelidad a su proyecto de amor para con nosotros?
7.- La única experiencia que nos puede sostener siempre, pero de manera especial “en la tempestad”, es la de descubrir a Dios en nuestra vida, siempre cercano, ayudándonos a caminar y sosteniéndonos con la fe en Él y en su Palabra. Abramos nuestros ojos y descubramos a Cristo con su mano siempre tendida, que sostiene nuestra fe y nos anima a fortalecerla, a pesar de nuestras debilidades, que el Señor ya sabe cuáles son y cuenta con ellas. Caminemos por la vida sin miedo, sostenidos por Jesús y su Palabra.
8.- Creer es, en muchas ocasiones, caminar sobre el agua, como Pedro, apoyar nuestra fe y nuestra existencia en Dios, que nos sostiene, y no en nuestras propias fuerzas o argumentos, vivir sostenidos por nuestra confianza en Él. Recordémoslo ahora al proclamar juntos nuestra fe.
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2.- JESÚS NO ES UN FANTASMA
Por Gabriel González del Estal
1.- Se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. La situación en la que se encontraban los apóstoles, en la travesía del lago, era una situación comprometida. Estaban “muy lejos de la tierra”, la barca “estaba siendo sacudida por las olas” y “el viento era contrario”. En esta situación, en la tenue luz de la madrugada, no era difícil ver fantasmas. Dicen los entendidos en Biblia que, cuando Mateo escribe este relato, la comunidad de la Iglesia en la que él vivía estaba pasando por momentos de desconcierto y desánimo. Arreciaban las persecuciones, muchos cristianos estaban nerviosos y desconcertados porque la segunda venida del Señor no acababa de llegar y, en consecuencia, la fe primera, fuerte y vigorosa, se estaba debilitando y muriendo. Mateo ve en esta situación de la Iglesia de su tiempo mucho parecido con lo que les pasó a los discípulos en aquella famosa madrugada, después de la multiplicación de los panes. También nosotros podemos pensar que la situación en la que se encontraba la primitiva Iglesia, cuando Mateo escribe su evangelio, no es muy distinta de la situación en la que se encuentra nuestra Iglesia de hoy. El mar en el que navega hoy nuestra iglesia es un mar hostil y los vientos que hoy soplan más fuertes en nuestra sociedad son vientos que intentan hundir la barca de nuestra fe. En estas circunstancias es fácil entender que muchos cristianos se sientan tentados a pensar que Jesús es ya sólo un fantasma, un cuerpo sin vida que flota en el aire de nuestra débil creencia y que sirve ya más para asustar y amedrentar, que para consolar y dar ánimo. Por eso, debemos seguir leyendo el relato evangélico y escuchar con atención lo que Jesús dice a los discípulos.
2.- ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! Jesús no nos dice hoy esto a través de los grandes medios de comunicación, ni en los usos y costumbres de la sociedad en la que hoy vivimos. Pero sigue diciéndonoslo a través de muchísimos cristianos santos y comprometidos que, con su ejemplo y con su palabra, han sabido y saben hacer frente a las dificultades externas en las que les ha tocado y les toca vivir. Juan Pablo II, Teresa de Calcuta, Vicente Ferrer, son sólo unos nombres muy conocidos entre los miles de cristianos valientes que, en medio de dificultades tremendas, han sabido y saben mantener firme el testimonio de su fe. Es necesario que hoy todos los cristianos proclamemos con valentía nuestra fe, no una fe en fantasmas y en dioses tonítruos y amenazadores, sino en el único Dios verdadero que se manifestó y se encarnó en Jesús de Nazaret, un Dios santo y cercano, pródigo en misericordia y en amor. Este Dios es el que nos dice: ¡ánimo, yo estoy con vosotros y entre vosotros, no tengáis miedo!
3.- Subió al monte a solas para orar. Nadie nos va a quitar el miedo exterior, si antes no arrancamos cada uno de nosotros el miedo interior que paraliza nuestro corazón. Y esto sólo lo vamos a conseguir mediante la oración y la meditación serena y silenciosa, apartados del ruido exterior y de los vientos sociales que quieren hundir la siempre frágil barca de nuestra fe. Con humildad y con valentía pidamos todos los días a Dios, en el silencio de nuestro santuario interior, que nos salve. Comprobaremos que, en cuanto Jesús comience a dirigir él nuestra barca, amainará el viento.
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3.- NO HAY MIEDO NI DUDA SI JESÚS ESTÁ PRESENTE
Por José María Martín OSA
1.- Descubrir a Dios en el silencio. Amenazado de muerte por la impía Jezabel, Elías huye del país y se dirige al monte Horeb o Sinaí. Su marcha dura cuarenta días a través del desierto, durante los cuales revive la experiencia del éxodo de Israel. Dios le proporciona el agua y el pan que necesita y, al llegar al Sinaí, se refugia en la misma cueva en la que se escondió Moisés esperando el "paso del Señor". Elías, representante de los profetas, vuelve a las raíces del pueblo de Israel y a los orígenes de su historia. Con ello significa que su reforma religiosa, por cuya causa es perseguido, entronca directamente con la obra de Moisés: toda reforma autentica de Israel es una restauración de la alianza con Yahvé. Si el huracán, el terremoto y el fuego abrasador fueron señales de la presencia de Yahvé en el Sinaí cuando la promulgación de la ley ahora Yahvé se revela al profeta Elías en el susurro de una brisa. La teofanía es diferente y se acomoda a los nuevos tiempos que inaugura Yahvé por medio de los profetas. La brisa es el símbolo del espíritu de Dios y de la fuerza renovadora que ejerce por medio de los profetas. Dios nos habla a través de la naturaleza, podemos encontrarlo en el murmullo de las olas del mar, en el viento fresco de la montaña, en la paz de unos días de descanso en un ambiente rural.
2.- Superar nuestras nuestros miedos y nuestras dudas. En el episodio anterior, multiplicación de los panes, Jesús había tenido que animar a sus discípulos a implicarse con la multitud. Ellos querían dejarlos ir simplemente. Jesús les provocó: "Dadles vosotros de comer". Y aprendieron que cinco panes y dos peces bastaban cuando eran compartidos. En el relato del evangelio de hoy los discípulos ocupan también un puesto importante. Aprenden una nueva lección: la fe en El pasará por la superación y asimilación del miedo y de la duda: “Animo, soy yo, no tengáis miedo”. La fuerza del viento y el peligro de la vida son temas para dibujar la situación de dificultad que presupone el Reino de Dios y el esfuerzo necesario para superar la actitud de duda. Pero la idea dominante no es el peligro en el que se encuentran los discípulos, ni su inquietud. Mateo concentra su relato en la persona de Cristo, cuyos discípulos van a descubrir nuevamente, en el esfuerzo y la duda, su autoridad soberana y su voz tranquilizadora.
3.- Reconocer y confesar la presencia de Cristo en nuestra vida. El progresivo acercamiento a la realidad que es Jesús supone un continuo estar a la escucha de la Palabra en una actitud fuerte de superación. El diálogo de Pedro con Jesús, exclusivo de Mateo, parece presentar a Pedro como un prototipo de discípulo por su amor a Jesús y por la insuficiencia de su fe. No es aquí un líder que haya captado mejor que otros su relación con Jesús, sino que se hace portador de la situación en que se encuentra "todo" discípulo. La duda parece ser un integrante continuo y siempre presente en los que quieren vivir su fe día tras día. Pedro es aquí la figura del que confunde el entusiasmo un tanto presuntuoso con la fe, y no se da cuenta que debe su salvación más a un gesto salvador de Jesús, como lo hace observar el mismo Maestro. Si la fe conlleva una gran carga de duda, también contiene la promesa del apoyo de Jesús a todo el que cree. Dios no solamente rehabilita al hombre por la muerte de Jesús, sino que también lo salva, es decir, lo acompaña en su caminar diario. Aunque como expresión hay que situarla en una elaboración tardía, la confesión de Pedro encierra la confianza fundamental que el creyente y toda la Iglesia, pone en la persona de Jesús.

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