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viernes, 5 de agosto de 2011

Ordinario de la Misa Sábado XVIII Semana T. O. Ciclo A. 06 de Agosto, 2011

Ordinario de la Misa Sábado XVIII Semana T. O. Ciclo A. 06 de Agosto, 2011

Fiesta de la Transfiguración del Señor
Reina el Señor, alégrese la tierra
Este es mi Hijo muy amado, dice el Señor
Antífona de Entrada
El día de la Transfiguración apareció el Espíritu Santo en una nube luminosa y se oyó la voz del Padre celestial que decía: Este es mi Hijo unigénito, en quien he puesto todo mi amor.Escuchadlo.
Se dice Gloria.

Oración Colecta
Oremos:
Dios nuestro, que en la Transfiguración gloriosa de tu Hijo unigénito fortaleciste nuestra fe con el testimonio de Moisés y Elías y nos dejaste entrever la gloria que nos espera, como hijos tuyos, concédenos seguir el Evangelio de Cristo para compartir con él la herencia de tu Reino.
Por nuestro Señor Jesucristo...
Amén.

Primera Lectura
Lectura del libro del profeta
Daniel (7, 9-10. 13-14)
Yo, Daniel, tuve una visión nocturna: Vi que colocaban unos tronos y un anciano se sentó. Su vestido era blanco como la nieve, y sus cabellos, blancos como lana. Su trono, llamas de fuego, con ruedas encendidas. Un río de fuego brotaba delante de él. Miles y miles lo servían, millones y millones estaban a sus órdenes.
Comenzó el juicio y se abrieron los libros.
Yo seguí contemplando en mi visión nocturna y vi a alguien semejante a un hijo de hombre, que venía entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano de muchos siglos y fue introducido a su presencia. Entonces recibió la soberanía, la gloria y el reino. Y todos los pueblos y naciones de todas las lenguas lo servían. Su poder nunca se acabará, porque es un poder eterno, y su reino jamás será destruido.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial Salmo 96
Reina el Señor,
alégrese la tierra.
Reina el Señor, alégrese la tierra; cante de regocijo el mundo entero. Tinieblas y nubes rodean el trono del Señor que se asienta en la justicia y el derecho.
Reina el Señor,
alégrese la tierra.
Los montes se derriten como cera ante el Señor de toda la tierra. Los cielos pregonan su justicia, su inmensa gloria ven todos los pueblos.
Reina el Señor,
alégrese la tierra.
Tú, Señor altísimo, estás muy por encima de la tierra y mucho más en alto que los dioses.
Reina el Señor,
alégrese la tierra.

En los lugares donde se celebra con grado de Solemnidad se añade la Segunda Lectura

Segunda Lectura
Lectura de la segunda carta
del apóstol san Pedro (1, 16-19)
Hermanos: Cuando les anunciamos la venida gloriosa y llena de poder de nuestro Señor Jesucristo, no lo hicimos fundados en fábulas hechas con astucia, sino por haberlo visto con nuestros propios ojos en toda su grandeza. En efecto, Dios lo llenó de gloria y honor, cuando la sublime voz del Padre resonó sobre él, diciendo: “Este es mi Hijo amado, en quien yo me complazco”. Y nosotros escuchamos esta voz, venida del cielo, mientras estábamos con el Señor en el monte santo.
Tenemos también la firmísima palabra de los profetas, a la que con toda razón ustedes consideran como una lámpara que ilumina en la oscuridad, hasta que despunte el día y el lucero de la mañana amanezca en los corazones de ustedes.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Aclamación antes del Evangelio
Aleluya, aleluya.
Este es mi Hijo muy amado, dice el Señor, en quien tengo puestas todas mis
complacencias; escúchenlo.
Aleluya.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio
según san Mateo (17, 1-9)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve.
De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.
Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.
Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía:
“Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión:
La primera lectura del libro de Daniel nos recuerda que Israel como el mundo de aquel tiempo y lugar se encontraba en un proceso de helenización de Oriente. La fuerza de la cultura griega invadía todo y se extendía con rapidez. Toda una nueva forma de entender la vida. Esto trajo una crisis profunda en todos los que se encontraban con su cultura y su fe. Con la llegada de Antíoco IV Epífanes, lo que en un primer momento no era más que una mayor promoción de la cultura griega, va a dar paso a una persecución abierta de los judíos que siguen fieles a su fe. A la irracionalidad de la intolerancia se suma la irracionalidad de la violencia. La «cultura superior» lleva consigo la prepotencia y termina por masacrar a personas sencillas, inocentes, que lo único que pretenden es vivir en paz ¿quiénes son los bárbaros?. En este clima surge el libro de Daniel invitando a resistir, retomando acontecimientos del pasado anima a resistir también ahora. En su segunda parte cambia de género literario y ante la presión y la inestabilidad por lo absurdo de la fuerza... no puede expresarlo en lenguaje convencional y surge el género de la apocalíptica. Todo el capítulo al que pertenece el texto de este día hace de bisagra entre las dos partes del libro.
La segunda lectura es una de las pocas lecturas litúrgicas pertenecientes al último escrito, cronológicamente hablando, del Nuevo Testamento. No sólo por este motivo sino sobre todo por su contenido es claro que no fue obra del apóstol Pedro, primer Papa, aunque se le haya atribuido desde antiguo. Su intención es alentar a los cristianos de las generaciones siguientes a la primera a la permanencia y fidelidad, poniéndolos en guardia frente a posibles desviaciones. La certeza de la victoria total de Cristo se basa, entre otras cosas, en la Transfiguración, una especie de adelanto teológico de lo que Cristo es y representa para todos. Contrapone el autor esta realidad a mitos y leyendas poco de fiar. Y no es que la transfiguración haya de considerase, sin más, un hecho histórico. Se trata, mejor, de una aceptación y muestra de lo que el Señor Jesús, el Hijo atestiguado por el Padre, es y significa para todos los cristianos. Lo de menos es que se diera una voz perceptible por los testigos; lo realmente importante es que Jesús es el Hijo de Dios y ha de volver a culminar su obra comenzada. Es importante esta mención de Jesucristo como fundamento de la vida presente del cristiano, de su fe, de su realidad histórica en conjunto y, a la vez, la tensión hacia el futuro, hacia la realización completa.
Los símbolos que utiliza el profeta Daniel se inspiran en la apocalíptica judía del siglo III a. C. La apocalíptica intentaba presentar las grandes opciones de Dios para el presente mediante símbolos litúrgicos, cósmicos y sobrenaturales. El blanco representa la máxima santidad, la presencia divina. Los tronos simbolizan la capacidad para gobernar la historia. El hijo del hombre, aquel ser humano capaz de hacer realidad la voluntad de Dios.
El evangelio, el episodio de la Transfiguración, tiene una relación directa con el episodio del bautismo (Mt 3,13-17). En ambos descubrimos la experiencia filial como forma permanente de relación con Dios: “Éste es mi Hijo preferido; escúchenle”. La presencia de Moisés y Elías en la escena representan el encuentro con Dios en la Escritura. La voz que desciende del cielo muestra que nuestra relación filial con Dios determina todo nuestro ser. La escucha de Jesús se convierte de ahora en adelante en el gran imperativo cristiano. La experiencia de Jesús durante su bautismo (cf. Mt 3,17) se convierte en el patrimonio de toda la comunidad cristiana, aunque habrá que esperar a la experiencia pascual para descubrir cómo ese camino de ascenso al Padre pasa por la cruz. La vida cristiana es una vida transfigurada, esto es, una vida que se vive a plenitud desde la conciencia de ser hijos de Dios. Debemos abandonar la iniciativa de Pedro de vivir una vida dividida, desarticulada, simbolizada por el deseo de este personaje de levantar tres chozas e instalarse allí en la montaña.

Se dice Credo.
Oración de los Fieles
Celebrante:
Imploremos a Dios, que quiso revelarnos su Gloria en el monte de la transfiguración, y pidámosle que la manifieste a todos los hombres.
Digamos con fe:
Muéstranos tu gloria
y sálvanos.
Para que la Iglesia muestre al mundo del Tercer Milenio, con su compromiso, predicación y actitudes, el rostro glorioso de Jesucristo y haga que su luz y su verdad guíen a todos al encuentro con Dios.
Oremos al Señor.
Muéstranos tu gloria
y sálvanos.
Para que, mirando a Jesús, en quien el Padre se complace, aprendamos a hacer su voluntad y a amarnos los unos a los otros.
Oremos al Señor.
Muéstranos tu gloria
y sálvanos.
Para que Dios conceda a nuestros gobernantes trabajar con honestidad por la instauración de la paz, la justicia y el bien común.
Oremos al Señor.
Muéstranos tu gloria
y sálvanos.
Para que los que sufren, están tristes, desesperados o cansados, descubran a través del amor de sus hermanos el amor de Dios, que quiere ayudarlos y
manifestarles su gloria.
Oremos al Señor.
Muéstranos tu gloria
y sálvanos.
Para que nuestro mundo dividido por el odio, la guerra y el egoísmo encuentre la unidad, el amor y la solidaridad en Jesucristo y en su Evangelio.
Oremos al Señor.
Muéstranos tu gloria
y sálvanos.
Para que los que estamos reunidos en esta eucaristía, al contemplar a Jesucristo glorioso, nos llenemos de su claridad y la llevemos a nuestros hermanos.
Oremos al Señor.
Muéstranos tu gloria
y sálvanos.

Celebrante:
Señor Jesucristo, que hiciste resplandecer tu rostro sobre nosotros; haz que te reconozcamos como nuestro Dios y Señor, y que no temamos nunca levantar nuestros ojos al cielo para recibir de él la luz de la verdad, y vivirla hasta las últimas consecuencias. Tú que vives y reinas por los siglos de los
siglos.
Amén.

Oración sobre las Ofrendas
Santifica, Señor, los dones que te presentamos y, por la Transfiguración de tu Hijo, haz que esta Eucaristía nos purifique de todos nuestros pecados.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Prefacio propio
El misterio de la Transfiguración
El Señor esté con ustedes.
Y con tu espíritu.
Levantemos el corazón.
Lo tenemos levantado hacia el Señor.
Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
Es justo y necesario.
En verdad es justo y necesario es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Porque Cristo nuestro Señor reveló su gloria ante los testigos que él escogió; y revistió con máximo esplendor su cuerpo, en todo semejante al nuestro, para quitar del corazón de sus discípulos el escándalo de la cruz y anunciar que toda la Iglesia —su cuerpo—, habría de participar de la gloria, que tan admirablemente resplandecía en Cristo, su cabeza.
Por eso, con los ángeles que te cantan en el cielo, nosotros te alabamos en la tierra diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión
Cuando Cristo se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
Oración después de la Comunión
Oremos:
Que la comunión que hemos recibido nos asemeje, Señor, cada día más a tu Hijo, cuya gloria quisiste manifestarnos en su Transfiguración.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

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