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viernes, 25 de noviembre de 2011

HOMILIAS: I DOMINGO DE ADVIENTO. 27 DE NOVIEMBRE, 2011

HOMILIAS: I DOMINGO DE ADVIENTO. 27 DE NOVIEMBRE, 2011
1.- DIOS VA A VENIR A NUESTRAS VIDAS
Por Pedro Juan Díaz
1.- Comenzamos un nuevo Adviento, un tiempo de esperanza, un recorrido espiritual, interior, para vivir con intensidad la presencia de Dios en medio de nosotros. Eso es la Navidad. Y el Adviento nos prepara, nos ayuda a tomar conciencia, a romper el ritmo ordinario y ponernos en alerta, en vigilancia, porque Dios va a venir a nuestras vidas, una vez más, a ver si de una vez por todas consigue hacerse un hueco en nuestro duro corazón. Y no queremos que nos encuentre dormidos, ¿verdad? Por eso la primera invitación del Adviento que nos hace el evangelio es “velad”, es una vigilancia activa, que va dando calidad a lo que hacemos cada día. Velar es la mejor manera para trabajar nuestro interior, purificando nuestro corazón y limpiándolo de malas intenciones, para que Dios “tome posesión” de nuestras vidas, de nuestras familias, de nuestros pueblos, de nuestras comunidades cristianas.
2.- ¿Por qué velar? La razón primera es nuestra confianza en Dios. Así lo hemos dicho en la primera frase de la primera lectura de hoy: “Tú, Señor, eres nuestro padre”. Y más abajo lo hemos vuelto a repetir: “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano”. No es habitual atribuirle a Dios el título de “padre” en el AT, pero la situación de destierro del pueblo requiere una confianza total en un Dios Padre que se va a hacer responsable de su pueblo. Esa confianza es la fe. Confiamos porque creemos. Y en el Salmo responsorial, ese Dios que va a hacer brillar su rostro y nos va a salvar, se convierte en “Pastor de Israel”, que visita “su viña” y la protege, para que el pueblo no se vuelva a desviar del camino que le marca Dios. Esa es nuestra gran esperanza. Velamos porque confiamos, confiamos porque creemos y creemos porque somos personas de esperanza, porque no nos conformamos, ni queremos dejar las cosas como están. Velar, en el fondo, es esperar, pero una espera activa, una espera de conversión, de ser conscientes de nuestros fallos, de nuestros pecados, y ponerles remedio, “no sea que el Señor venga inesperadamente y nos encuentro dormidos”.
3.- Si esto lo aplicamos a la situación actual en la que vivimos, necesitamos un Adviento para que se haga presente una nueva realidad, y la vigilancia es la actitud fundamental. El evangelio insiste: “Mirad, vigilad… velad… lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡velad!”. Si permanecemos dormidos, no tenemos futuro. Hay que intensificar nuestra relación con Dios, como exige nuestra vocación cristiana, para que nuestras comunidades sean más vivas, para que nos revitalicemos, como dicen nuestro plan diocesano. “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases – dice el profeta Isaías – porque “jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él”. “A pesar de que “nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti”, a pesar de que no se cuente con Dios en nuestro mundo, nosotros seguiremos siendo LUZ, y seguiremos diciendo con el Salmo: “Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”.
4.- Vigilar es vivir atentos a la realidad. Escuchar los gemidos de los que sufren. Sentir el amor de Dios a la vida. Vivir más atentos a su venida a nuestra vida, a nuestra sociedad y a la tierra. Sin esta sensibilidad, no es posible caminar tras los pasos de Jesús. Por eso nuestra vigilancia pasa por una escucha más atenta de la Palabra de Dios, una vivencia activa de los sacramentos y un ejercicio práctico y esperanzador de la caridad hacia los hermanos que más sufren.
5.- Hace falta el Adviento, hay mucho que esperar y mucho que hacer. Dios nos brinda de nuevo la oportunidad de esperarle, de acogerle. En cada Eucaristía que celebramos se hace presente la Navidad, porque Dios “baja”, se encarna, se hace hombre, pan, alimento, para que no perdamos la esperanza. Que nuestra comunidad parroquial sea un lugar para aprender a vivir despiertos, sin cerrar los ojos, sin escapar del mundo, sin pretender amar a Dios de espaldas a los que sufren. Puede ser un buen propósito para comenzar el Adviento.
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2.- ES PRECISO VIVIR PREPARADOS
Por Antonio García-Moreno
1.- CAMINO DE LA DICHA.- Como todos los años, al comenzar el ciclo litúrgico, la Iglesia nuestra Madre nos recuerda que este mundo ha de tener un final. Con ello nos va preparando a rememorar la venida a la tierra del Hijo de Dios hecho hombre, su nacimiento en Belén que inicia la Redención. A primera vista pudiera parecer que son dos hechos, el del fin del mundo y el de la Navidad, que no tienen conexión alguna entre sí.
Y, sin embargo, sí que la tienen, pues se trata en ambos casos de la venida del Señor. En efecto, cuando todo termine vendrá de nuevo Jesús hasta nosotros, para juzgar a vivos y muertos. En el tiempo precedente a la venida de Cristo es preciso prepararse con penitencias y ayunos, con la enmienda de la vida, avivando el deseo de su llegada. El profeta Isaías nos dice que al final se alzará firme el monte Sión y los hombres se dirán: Venid, subamos al monte del Señor. Sí, subamos por la escarpada senda de las dificultades cotidianas, ascendamos entre peñas y rocas hasta la cima serena del monte de Dios.
En ocasiones conocemos cuál es el término de nuestro viaje, pero ignoramos cuál es el camino adecuado para llegar pronto y seguros. Todos estamos persuadidos que el fin de nuestra existencia es la eterna felicidad. Es cierto que muchos no son plenamente conscientes de ello, y que otros lo olvidamos con frecuencia, pero en el fondo lo que todos anhelamos es ser felices, dichosos para siempre. Esa dicha es, por tanto, el término del viaje que iniciamos al nacer. Sin embargo, es difícil saber bien el camino, y una vez sabido, también cuesta recorrerlo. Ante esta situación el Señor se nos brinda como guía experto y seguro, buen conocedor del corazón humano, experimentado en los mil sufrimientos y pesares del hombre, sabedor de los deseos más íntimos de los hijos de Adán, ya que somos hechura de sus manos.
Jesús nos ha dicho que Él es el camino. Lo cual quiere decir que sólo si procuramos ser como Él fue, lograremos llegar a nuestra meta. Y Él fue primordialmente amor, pasó por la vida haciendo el bien. Ahí está el secreto. Por esto el profeta, aludiendo a los tiempos mesiánicos dice que de las espadas forjarán arados y de las lanzas podaderas. Es decir, si queremos llegar a nuestro feliz destino, hemos de convertir el odio y la guerra en amor y paz.
2.- EL FIN DEL MUNDO.- El tema del fin del mundo ha preocupado siempre al hombre. Y siempre se han hecho cálculos, por cierto que fallidos hasta ahora, acerca de ese terrible momento. Cuando los Apóstoles preguntan al Señor sobre ese día, reciben una respuesta evasiva. Acerca de dicho acontecimiento, sólo el Padre sabe cuándo será. Es cierto que Jesús, por ser Dios, también sabía el momento. Pero, según los planes divinos, no debía ser revelado, y por eso puede decir que ni él mismo lo sabe para revelarlo. De ahí que lo único que podemos afirmar es que ocurrirá un día, aunque no sabemos cuándo.
Quizás antes de la invención de las armas atómicas había que pensar en una intervención particular de Dios, algo que provocara tal cataclismo de magnitudes universales. Y en realidad, de una forma o de otra, Dios intervendrá. Sin embargo, es una cuestión que cada día se nos hace menos difícil de entender, menos inverosímil. Bastaría un simple accidente, una transmisión equivocada, para que se desencadenase todo el montaje bélico de índole atómica, capaz de destruir diez mundos como el nuestro. Dicho así, de modo tan simple, como quien no dice nada, nos puede dejar casi insensibles. No obstante, un poco sí que deberíamos preocuparnos. Al menos, para pedir a Dios que tenga entonces misericordia de nosotros, y para vivir una vida más acorde con su Ley.
Quizá para esto ha querido el Señor que sea un suceso imprevisible. Por eso las señales que se nos dan en los Evangelios son, en cierto modo, ambiguas. Circunstancias que de alguna manera se han dado y se están dando ahora. Sobre todo en lo referente a las guerras y a las revoluciones. De todas formas, esas señales podríamos decir que son más bien inmediatas, ya que según el texto evangélico ocurrirá como en tiempos de Noé, cuando nadie se creía lo que iba a ocurrir, a pesar de que veían al patriarca y a sus hijos preparar una barcaza de magnitudes colosales. Será tan repentino que cuando uno quiera guarecerse, ya habrán llegado las aguas, o el fuego, a niveles insalvables.
Por tanto, la enseñanza inmediata que de todo esto se desprende es la necesidad de estar siempre en vela. Es preciso vivir preparados para recibir al Señor, para rendir cuentas de nuestras acciones ante él. Hay que convertir la vida en un perenne Adviento, estar siempre con la guardia levantada, para que nunca el enemigo nos aseste un golpe imprevisto. Hay que estar de modo habitual en gracia de Dios, hemos de vivir como quien en cualquier momento pudiera morir. Lo cual, por otra parte, es algo real y no una mera suposición, inventada para tener a todos metidos en un puño. Entre otras cosas, porque Dios no quiere que vivamos angustiados de continuo. Al contrario, se trata de vivir seremos y alegres, muy cerca siempre de Dios, dispuestos a recibirle con los brazos abiertos, en cualquier instante.

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