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martes, 14 de diciembre de 2010

Lectio Divina, Miércoles III Semana de Adviento. Ciclo A. 15 de diciembre 2010

Lectio: Lucas 7, 19-23
Lectio:
Miércoles, 15 Diciembre, 2010

Lectio
Se trata de un texto común para Mateo y Lucas, en este último ubicado entre el relato del milagro de la resurrección del hijo de la viuda de Naín (pasaje propio de Lucas) y el elogio que Jesús hace de Juan Bautista. Es en este contexto que se nos sugiere una especie de paso entre la imagen de Jesús que sana, incluso de la muerte, y la invitación a la conversión, hecha por Jesús mismo en los tres pasajes sucesivos: poner en plena luz la figura de Juan, juzgar a su generación y acoger el gesto de la pecadora en casa del fariseo. Este texto también se puede leer a la luz de un contexto más remoto: en todo el recorrido del Bautista y en la experiencia profética de Israel que espera y hace experiencia del Dios que escucha y visita.

Los discípulos de Juan tienen aquí un rol de primer plano; son ellos los que abren y cierran el pasaje; son ellos los que crean el vínculo comunicativo entre su maestro, detenido en la prisión de Herodes (cfr. Lc 3,19-20), y Jesús. Ellos informan al Bautista y dos de ellos son mandados de parte suya con una pregunta directa para el maestro de Nazaret: dos veces Lucas nos pone delante esta cuestión de capital importancia. Y la pregunta se enfoca en la espera. Juan sabe que alguien debe venir. El problema es entender si ese alguien es Jesús o si se necesita esperar a otro. El hecho que Juan mande a preguntarle explícitamente esto a Jesús, significa que él confía en él. Talvez él puede haber estado algo equivocado sobre el cumplimiento del balance judicial vinculado a la imagen bíblica del “día del Señor”, tema que se encuentra en el trasfondo de toda su predicación (cfr. Lc 3,7ss).

Es como si la narración aquí sufriese un salto: la pregunta parece que permanece como suspendida y, con la probabilidad de un evento instantáneo, se mencionan todas las obras de sanación realizadas por Jesús a favor de “muchos”. Como obra final se menciona el don de la vista a los ciegos. Y después de las obras, las palabras de respuesta. “Id”, dice Jesús a los discípulos de Juan: es una misión, respecto a aquél que ya había –con sus medios y sus perspectivas- evangelizado (cfr. Lc 3,18). Pero ahora la buena noticia está completa y realizada porque las obras que Jesús hace son justamente aquéllas mencionadas por los profetas (es como una “lectio” de varios pasajes del profeta Isaías; con la diferencia que esta vez la vista a los ciegos es la primera de las obras mencionadas). Un mensaje inequívoco para un hombre como Juan, sobre quien la Palabra de Dios había venido (cfr. Lc 3,2). Y, al final, el anuncio de una bienaventuranza que puede sonar extraña, porque aparece en forma negativa: bienaventurado el que no encuentra en Jesús ocasión de tropiezo, de obstáculo en el camino de la fe. ¿Cómo comprender esto? De hecho es una bienaventuranza que va más allá del mensaje para el Bautista, y que se dirige al que escucha la Palabra.


Meditatio
El contexto ya nos ha sugerido la circularidad entre la gracia y el compromiso, entre la iniciativa de Dios en Cristo y la necesaria correspondencia del hombre. Dios ama y llama en primer lugar, pero pide el asentimiento libre y responsable; este asentimiento es posible en cuanto Dios ama en primer lugar.

El hecho que entren en juego algunos discípulos demuestra que la pregunta de Juan es de interés no sólo en este momento, sino también de interés para la “descendencia espiritual” de los movimientos cuyo exponente es Juan. Ya al inicio del ministerio público de Jesús dos discípulos del Bautista se convierten en sus discípulos (cfr. Jn 1,37) e incluso Pablo, años después, encontrará individuos que habían recibido el bautismo de Juan (cfr. Act 19,1-7).

En el centro del pasaje esté el tema de la espera realizada, pero según el proyecto de Dios, anunciado por los profetas de Israel según coordinadas que no son simples. También la palabra de Jesús no hace descuentos y saber ser severa, pero el Dios que ama en primer lugar ha ofrecido en su Hijo un espacio inédito de acercamiento y misericordia. Una posibilidad de acoger con fe, como nos sugiere la prioridad dada en la ceguera sanada.

Y es justamente la fe que conduce a la bienaventuranza. Aquella fe proclamada por Jesús al final del pasaje se comprende solamente si se considera que el peso de la responsabilidad está de parte del observador, allí donde hay el riesgo de producir el escándalo; se necesita entonces deponer la mirada inquisidora, que proyecta las pretensiones humanas o los propios prejuicios, para abrirse con libertad y simplicidad a lo que Dios en Jesús está realizando. Es la lógica del Reino de Dios, que supera también la heroica coherencia de Juan (cfr. Lc 7,28).


Nos preguntamos:
• ¿Vivimos a la escucha de la Palabra como dinámica de conversión?
• ¿Sabemos acoger los signos de la presencia operante de Jesús también en nuestros tempo?
• ¿Sabemos confiarnos al Evangelio de manera activa, como verdaderos discípulos?

Oratio
Danos, Señor, ojos para ver y oídos para escuchar.
Danos, Señor, el coraje de buscar siempre tu verdad y de pedirte su revelación en la oración.
Danos, Señor, el saber caminar con todos, con quien ha comprendido más de cerca tu proyecto, con quien aún le cuesta ver tu cercanía.

Contemplatio
El pasaje evangélico nos invita a reconocer el estilo de Jesús: paciente, acogedor, iluminador. La escucha de la Palabra requiere de una visión inclusiva de lo que ha sido revelado, sin absolutizaciones: en cada caso la Escritura viene plenamente iluminada en Jesús.
Nos invita además a saber leer la acción de Dios en el mundo; lo que puede ser extendido a los “signos de los tiempos”.